Capítulo 7.3. La «tía»
– Es la mujer a la que amo y con la que planeo casarme –confirmó Vlad, sin dignarse siquiera a mirar a la mujer que se había atrevido a poner en duda las palabras de Lev Borísovich.
– Sasha, ven, te voy a hacer una visita guiada por la oficina antes de que lleguen nuestros socios –le propuso el abuelo, aunque Sasha se moría de ganas por averiguar quién demonios era aquella arpía dispuesta a tirarla por la ventana.
– ¿Pero al menos es mayor de edad? –preguntó con sazón y veneno una mujer cuyo rostro parecía una máscara de maldad pura.
– No se preocupe, tía, ya soy mayorcita –respondió Sasha, haciendo que a la mujer se le pusiera la cara de color remolacha.
– Vlad, ¿no me vas a presentar a la traductora? –intentó encañonarle el codo la autoproclamada «tía»–. Creo que tenemos unas cuantas cuentas pendientes que aclarar.
– Lo nuestro es una relación estrictamente laboral –le cortó las alas Vlad de inmediato sin dejar lugar a dudas–. Alejandra, te presento a Angelica Nesterova, una de las accionistas de nuestra compañía.
– ¿Y cómo se llama la accionista por su patronímico? Estoy acostumbrada a tratar a los mayores con nombre y patronímico –le devolvió la pelota Sasha, sacándole de quicio.
– Angelica Antónovna –respondió Vlad con una sonrisa disimulada.
– ¡Vlad! –estalló la mujer hecha una furia, mientras los demás bajaban la vista, conscientes de que Angelica babeaba por Vlad y soñaba con pasar por el altar con él. Sasha le había dado donde más le dolía. Angelica le llevaba tres años a Vlad y se había sometido prácticamente a un lifting anual para rejuvenecer, hasta el punto de que se había operado tanto que ya ni ella misma se reconocía en el espejo.
– Sasha, ven a mi despacho. Aunque ya conoces de sobra a Irina Petróvna y a Víktor, te presentaré al resto del equipo –anunció Vlad, guiando a la joven fuera de allí.
– ¡Ni se te ocurra meterte en medio! –le advirtió severamente Lev Borísovich a Angelica en cuanto la pareja dobló la esquina–. Se quieren de verdad.
– ¡Si es una mindundi con la que se entretendrá dos días y a la que mandará a paseo! –bufó ella.
– Ya están hablando de boda. Vlad ha estado en casa de la familia de Sasha; lo suyo va muy en serio. Asume de una vez por todas que mi nieto pasa de ti –zanjó Lev Borísovich, dándole la espalda.
– Vaya, así que Irina Petróvna sabe algo... –se mordió los labios Angelica antes de encaminarse a zancadas hacia el despacho de Vlad–. A ver cómo le saco información a esa momia.
Angelica llegó a la zona de dirección antes que la pareja.
– Hola, Irúsenka –canturreó Angelica con voz empalagosa, provocando un respingo instantáneo en Irina Petróvna. No tragaba a aquella mujer.
– ¡Buenas tardes! Vladislav Víktorovich todavía no ha llegado –respondió la secretaria con voz seca, volviendo a fingir que estaba abrumada de trabajo.
– Oye, Írochka, ¿quién es esa chiquata de pelo rosa que se ha traído Vlad hoy? –intentó pescar a río revuelto Angelica.
– No estoy al tanto de esos asuntos. Tendrá que preguntárselo a Vladislav Víktorovich –contestó la secretaria impertérrita, regocijándose por dentro de que Sasha le hubiera plantado cara a semejante furia.
En cuanto Sasha y Vlad despuntaron por el pasillo, Irina Petróvna se levantó de la mesa y se acercó a la chica.
– Me alegra ponerle cara al fin –le dijo tendiéndole la mano, todo un gesto de máximo respeto viniendo de ella.
– Vaya zorra... –masculló Angelica por lo bajo, furiosa porque la secretaria guardaba mejor los secretos que ella.
– ¿Le apetece un café? –ofreció Irina Petróvna.
– Gracias, pero prepáreteme uno cuando se lo haga para usted –respondió Sasha–. Oiga, ¿sería tan amable de imprimirme la lista con los nombres de los socios coreanos que asistirán a la reunión? Quiero repasar la pronunciación de los nombres.
– En un momento se lo tengo todo listo. ¿Cuántos azúcares? –preguntó la secretaria con total hospitalidad.
– Uno –contestó Sasha antes de entrar en el despacho de Vlad sin dignarse a mirar a Angelica, que echaba chispas.
– ¡Así que lo sabías todo! –saltó Angelica en cuanto cerraron la puerta tras la pareja.
– ¿A quién se refiere? ¿A la prometida de Vladislav Víktorovich? –le soltó la secretaria a propósito.
– ¡Pues claro que no es su prometida! Solo se la ha traído a la oficina para darme celos.
– No lo creo. Conviven bajo el mismo techo –apostilló Irina Petróvna, y saboreando el poema de estupefacción que se le había quedado a Angelica, se marchó a preparar el café.
Irina Petróvna tardó poco y nada en llevar el café y los expedientes al despacho.
– Le sienta de maravilla ese traje –le halagó la secretaria a Vlad, dejándolo ojiplático, pues consideraba que Irina Petróvna era más bien seca y parca en cumplidos con los recién llegados.
– Gracias. Y el café está buenísimo –sonrió Sasha.
– O sea, ¿que el que te preparé yo en casa no te gustó? –bromeó Vlad.
– Estaba rico, pero aquello fue por la mañana –se defendió ella, mientras Irina Petróvna se alegraba por su jefe; al fin y al cabo, una chica con tanta chispa era exactamente lo que necesitaba, y no un cardo borriquero como Angelica.
– Irina Petróvna, ¿me indica dónde está el servicio, por favor? –preguntó Sasha tras echarle un vistazo a los papeles.
– Al fondo del pasillo, la puerta de al lado –indicó la secretaria.
– Es una chica encantadora y con mucha clase. Me alegro mucho por ustedes –dejó caer con doble sentido Irina Petróvna en cuanto Sasha salió del despacho.
– Ya lo sé –sonrió Vlad.
Sasha encontró el baño en un santiamén y empuñó la puerta.
– ¡Vaya, al fin apareces! –resonó la voz desagradable de Angelica.
– ¡Vaya, tía Angela! –saludó Sasha con sorna, cruzando el umbral. A ella no la asustaba nadie.
– ¡A mí no me llames tía! ¡Y me llamo Angelica, no Angela!
– No grite tanto, que le van a salir arrugas. Aunque con las que ya lleva... –terminó de pincharla Sasha.
– ¡Maldita sabandija! –se le lanzó al cuello Angelica dispuesta a saltarle a la yugular–. ¡Te voy a arrancar hasta el último pelo!
– Mire, señora, por norma general tengo el principio de no levantarle la mano a la tercera edad, pero oiga, siempre se puede hacer una excepción.
Sasha dio un portazo rápido al cubículo del baño y Angelica se estrelló de bruces contra la madera con toda la napia. La sangre empezó a manarle a borbotones.
– ¡Aprenda a mirar por dónde camina! Aunque claro, los años no perdonan –le soltó Sasha a modo de epitafio antes de salir escopetada del baño. Tampoco era el único servicio de la planta; ya buscaría otro.
– ¿Se encuentra bien, Sasha? –le preguntó Irina Petróvna al enterarse de que Angelica se la había querido jugar en los lavabos.
– Sí. La que va a necesitar asistencia médica es Angelica –se encogió de hombros la joven.
– Bueno, a ella lo que le vendría bien es una visita al psiquiatra –replicó Irina Petróvna, confirmándole a Sasha que la secretaria iba a muerte con ella.