Capítulo 14.2. Enfermos
En el restaurante todo estaba precioso. La administradora se había esmerado al máximo. Sasha y Vlad estaban prácticamente solos. Vlad no habría soportado que nadie se quedara embobado mirando el escote de Sasha y la pierna que asomaba con descaro por la abertura del vestido. Por poco se quita la americana para envolver a su acompañante y protegerla de las miradas babosas de los hombres al salir del coche. Sasha se percató de las miradas asesinas que Vlad dedicaba a diestro y siniestro y no pudo evitar una sonrisa. ¡Menudo celoso patológico estaba hecho! La chica era consciente de que aquella no era una cena cualquiera; el ambiente rezumaba demasiada solemnidad y les habían reservado la mesa más apartada e íntima del local. Tras estudiar la carta, hicieron el pedido.
— Te sugiero que pidamos algo de cava —propuso Vlad.
— Hombre, pues como que el cava no pega mucho con mi ensalada —replicó Sasha.
— El cava pega con todo —contestó Vlad, dándose mentalmente una colleja por no haber previsto ese pequeño detalle. ¿Cómo narices iba a ver Sasha el anillo dentro de una copa de vino tinto? ¡No! ¡Esa noche se bebía cava! Ahora solo le faltaba ingeniárselas para soltar el anillo en la copa sin que ella se diera cuenta. Pero ¿cómo? Vlad ya tenía ensayado el discursito; solo necesitaba que Sasha reparara en la sortija en el fondo del vaso en el momento oportuno. A su juicio, aquello era una genialidad de película romántica. Y hombre, por algo esas escenas triunfaban en la gran pantalla y a las chicas se les derretía el corazón con tanta cursilería. A su Sasha, por supuesto, no era tan fácil impresionarla, pero... ¡joder, que era una mujer! Tenía que surtir efecto por fuerza.
Vlad le dedicó varios piropos a Sasha y, de paso, aprovechó para acordarse del Pepinillo un par de veces. Quedaba más que patente que declararse a la mujer de tu vida no era moco de dar.
— Por fin llega la comida —exclamó Sasha cuando el camarero depositó los platos en la mesa—. Huele de maravilla, pero que sepas que te voy a robar un trozo de carne.
— De acuerdo, te lo cedo todo si hace falta —murmuró Vlad sintiendo la garganta completamente seca.
— Todo no hace falta, pero probar un cacho sí —respondió Sasha hincándole el diente a su plato.
— Que aproveche —dijo Vlad sirviendo el cava en las copas.
El hombre le hizo una seña discreta a la administradora y, al instante, las notas de un violín empezaron a flotar en el aire. Era una melodía dulce, sensual y arrebatadoramente romántica. Vlad, a punto de derramar el vino por culpa del tembleque en las manos, aprovechó que Sasha había cerrado los ojos entregada por completo a la música. Con la precisión de un cirujano, deslizó la sortija pegada a la pared de cristal de la copa. Cayó al fondo con un repiqueteo apenas audible, aunque el violín se encargó de enmascarar el ruidito por completo.
El violinista terminó su pieza, se acercó a Sasha —que aplaudía embelesada— y le besó la mano con galantería. ¡A ver, Vlad no le había pedido semejante despliegue de besamanos! ¿A qué venía ese exceso de iniciativa? ¡Y encima le regaló una flor a Sasha! ¡Menudo imbécil!
— Gracias, ha sido una auténtica maravilla —gorjeaba Sasha deshaciéndose en elogios hacia el músico, mientras Vlad se ponía como un tomate al ver que el violinista se demoraba al lado de su chica demasiado tiempo y encima la colmaba de cumplidos. ¡Vaya idea la de contratar a un músico para una pedida de mano! ¡Nunca mais! ¡Lo único que conseguía uno era un estrés de mil demonios!
A continuación, aparecieron tres enormes cestas repletas de rosas. La iluminación general se atenuó casi por completo. Solo un par de focos cenitales recortaban las siluetas de la pareja.
— ¿Todo esto es para mí? —preguntó Sasha con los ojos como platos.
— Sí. Todas estas flores son para ti —respondió Vlad, preparándose mentalmente para el gran momento.
A causa de la penumbra, uno de los camareros tropezó torpemente y se dio un porrazo de campeonato contra el suelo. Se escuchó un taco amortiguado y Sasha soltó una carcajada. ¡Menudo romanticismo de pacotilla, joder!
— Échale un ojo a ver si sigue vivo —le pidió Sasha.
— Bah, ya se apañarán para ayudar al pobrecito —intentó capear el temporal Vlad.
— No quiero que nadie se quede sin dientes por culpa de mi ramo. Por favor, asómate a ver si está bien —insistió Sasha.
Necesitaba un segundo a solas sin Vlad, pues un instante antes había divisado el destello de una piedra preciosa en el fondo de su copa bajo el tenue reflejo de las luces indirectas. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Sabía de sobra que lo siguiente iba a ser la pedida, pero decidió introducir sus propias modificaciones en el guion para garantizar que aquello fuera auténtico y se grabara a fuego en su memoria para el resto de sus días. ¡No iba a ser ella si todo transcurría de manera milimétrica según los planes de Vlad!
En cuanto Vlad se levantó y se dirigió hacia donde se había oído el estrépito, Sasha trasvasó el cava con disimulo a un vaso vacío, rescató el anillo, se lo plantó en el dedo anular y volvió a verter el líquido espumoso en la copa. Todavía le sobraron un par de segundos para recrearse en la belleza de la sortija antes de que Vlad regresara con la firme intención de comprobar que el accidentado se encontraba bien. Menos mal que no se había caído él también, porque de haber sido así, aquella pedida habría batido todos los récords de esperpento.
— Está todo en orden. Ha tropezado con una silla, pero conserva la dentadura intacta —informó Vlad al volver a sentarse a la mesa. Ya no cabía mayor margen de maniobra. Entre el violinista con sus piropos y las rosas con camareros kamikazes de por medio, el desenlace dependía única y exclusivamente de él.
El hombre arrastró su silla un poco más cerca de Sasha y le atrapó la mano con delicadeza. Su intención inicial era atrapar las dos, pero Sasha había metido prudentemente la otra debajo de la mesa. Tampoco era cuestión de spoilearle a Vlad la sorpresa de que el anillo ya lucía en su dedo. Que hiciera el favor de terminar con su número del cava.
— Sasha, desde el preciso instante en que nos conocimos supe que eras alguien excepcional —arrancó Vlad.
— Ya, tanto que lo supe que no parabas de exigir que se presentara un hombre ante ti —le pinchó la chica con sorna.
— Bueno, iba ciego perdido y fui incapaz de ver el tesoro que tenía delante a la primera de cambio —admitió Vlad con el corazón en la mano, consciente de que a él le iba a costar Dios y ayuda soltar el discurso comparado con el pobre del Pepinillo; Olya al menos callaba, pero con Sasha aquello era imposible.
— En eso te doy la razón —le concedió Sasha.
— Desde que estamos juntos, he comprendido que lo único que me faltaba era precisamente tú. Tus ocurrencias, tus sonrisas, tus canciones, tus ideas disparatadas... —iba enumerando Vlad sin soltarle la mano—. Me di cuenta de que eres única. Tan buena, tan tierna...
— ¿De verdad estás hablando de mí? —le interrumpió Sasha. A ver si iba a haberse arrepentido de sacar el anillo de la copa; el pobre chaval se estaba esforzando de lo lindo.
— De ti, sí. Eres una fuerza de la naturaleza, y no solo por el color del pelo, sino por las emociones que transmites, por tus salidas de tono y por tu risa —prosiguió Vlad notando cómo la voz empezaba a quebrársele.
— Ya, hay quien dice que relincho como una yegua —le recordó Sasha las palabras de su hermano.
— Esas no son palabras mías. A mí tu risa me chifla, es contagiosa —replicó Vlad.
— O sea, ¿que me estás llamando bicho viviente, que estoy enferma y contagio a la gente? —le dio la vuelta a las palabras Sasha con picardía.
— Sí... —respondió Vlad, y al instante vio cómo los ojos de Sasha se dilataban y una chispa traviesa prendía en su interior. ¡Menuda criatura de cuidado!—... Sí, estás enferma y me has contagiado tu enfermedad.
Con tus ganas de estar a mi lado, de escuchar tu voz, de contar los minutos para vernos, de pensar en lo suave que tienes el pelo, de acordarme del café exacto que te gusta y de guardar en la memoria la forma tan mona que tienes de entrecerrar los ojos cuando te da el sol... Sí, estoy irremediablemente enfermo de ti, Sasha, y no sabes lo rematadamente feliz que me hace...