Capítulo 7.5. Jimin tenía que aparecer
– Queremos firmar un contrato a largo plazo –soltó el socio coreano, dejando a todos de una pieza.
– Es una noticia inesperada, pero fantástica –respondió una Sasha todavía ojiplática–. Hablando a calzón quitado, ¿es por habernos cantado esa canción?
– No me han cantado una canción cualquiera; me han cantado el tema que interpreta mi hijo –afirmó el hombre con orgullo.
– ¿Que Jimin es su hijo? ¡No me lo puedo creer! ¡Guau! Tiene un talento increíble –exclamó Sasha con total efusión.
– Gracias, me alegra oírlo –contestó el hombre.
La mayor parte de los presentes, prácticamente todos salvo los coreanos, no entendían ni jota de lo que estaba pasando. Vlad intentaba descifrar el rumbo de las negociaciones a través de los gestos de Sasha y de los rostros de los extranjeros. Sabía perfectamente que en ese momento todo dependía de ella. Sasha intercalaba explicaciones breves, pero con el empresario coreano hablaba mucho más de lo que traducía. Vlad le cogió la mano con delicadeza, un detalle de complicidad que el abuelo no pasó por alto y que le arrancó una sonrisa. Sasha terminó traduciendo que los coreanos planeaban lanzar un proyecto a gran escala y de larga duración en tándem con la empresa de Vlad, que estaban listos para estampar la firma y que ahora mismo estaban perfilando los detalles de la campaña publicitaria. Sasha les preguntó cómo visualizaban la estrategia y qué solía dar resultados en su mercado. El director creativo explicó que intentaban abarcar diferentes grupos de edad, ya que sus productos estaban pensados para un público muy amplio, y que para el sector más joven contaban con la imagen de Jimin. Su padre había invertido una fortuna en lanzar y promocionar al grupo, y ahora el hijo les devolvía el favor prestando su rostro.
– ¡Es una idea genial! En nuestro país hay muchísima juventud que adora a Jimin. Estoy convencida de que la campaña será un éxito rotundo –le aconsejó Sasha.
Además, Sasha señaló que los clientes más recurrentes en las farmacias solían ser mujeres de una edad elegante, por lo que consideraba un acierto incluir al sector de los jubilados en la estrategia. Al fin y al cabo, el método del «boca a boca» era el más infalible. Los socios coreanos escucharon con el máximo interés todas las propuestas de Sasha y manifestaron estar listos para llevarlas a la práctica.
Todo el mundo celebraba el acuerdo, ya que se abría un abanico de perspectivas inmejorables para la colaboración y el crecimiento mutuo. Los coreanos incluso se mostraron muy interesados en las plantas medicinales ucranianas que podían aprovecharse en la industria farmacéutica.
Ambas partes salieron encantadas de la reunión. Resultaba que Sasha no solo había roto el hielo con su número musical y su baile improvisado junto a Vlad, sino que había dado un vuelco absoluto al transcurso de las negociaciones. Angelica echaba humo de la rabia, pues a nadie le había importado lo más mínimo ninguna de sus ideas, a pesar de que la publicidad era su negociado directo.
Tras concluir la parte oficial, se acordó firmar todo el papeleo y ratificar las propuestas la semana próxima. En ese momento, el jefe de la delegación coreana se acercó a Sasha y le ofreció hacer una videollamada con Jimin.
– ¿De verdad? ¡No me lo toques! ¡Qué pasada! ¡Claro que quiero! –saltaba de alegría Sasha, mientras a Vlad le cambiaba el gesto por completo. ¡Maldito Jimin y maldita la hora en que se les había cruzado en el camino!
El hombre marcó el número de su hijo y activó la videollamada. A Sasha se le cortó la respiración. ¡Iba a contárselo a todo el mundo y no se lo iban a creer ni hartos de vino! En Corea ya era bien entrada la noche; Jimin apareció al otro lado de la pantalla enfundado en una bata de seda que dejaba al descubierto su torso esculpido en el gimnasio. Vlad, de pie a espaldas de Sasha, rechinaba los dientes. ¡Menuda gracia le hacían los socios coreanos de repente! Ya no estaba tan seguro de que la visita hubiera salido tan redonda.
Sasha parloteaba animadamente con Jimin mientras Vlad guardaba un silencio de plomo a su lado con cara de pocos amigos. ¡Menudos numeritos se traían los coreanos!
Sasha, radiante tras la charla, le devolvió el móvil al dueño con una sonrisa de oreja a oreja y le dio las gracias de corazón. Terminaron de pulir algunos detalles sobre la firma del contrato y la cena de gala posterior, y los socios se marcharon. Fue entonces cuando Lev Borísovich se abalanzó sobre la chica para envolverla en un abrazo.
– ¡Nieta, eres una fuerza de la naturaleza! ¡Tienes madera de empresaria nata! –la colmó de cumplidos el hombre.
– Muchas gracias –contestó Sasha con falsa modestia. Por supuesto que le halagaba, pero lo que más le divertía era ver de reojo cómo a Angelica le daban los siete males.
– Quería invitaros a Vlad y a ti a pasar el fin de semana a casa. ¿Me deleitarás con un buen plato de borsch? –le propuso Lev Borísovich, haciendo que las orejas de Angelica se pusieran como antenas. ¿Qué historia era esa del borsch?
– Lo siento, pero este fin de semana ya tenemos planes –se disculpó Sasha.
– Ah, ya entiendo. Cosas de la juventud, claro –asintió el hombre con una sonrisa comprensiva.
– Nos vamos a pasar el fin de semana a casa de los abuelos de Sasha –se adelantó Vlad a dar explicaciones.
– Hacéis muy bien. De todos modos, os espero por casa en cuanto podáis –concluyó él.
Tras perfilar la estrategia a seguir, Vlad dio la orden de salir de la oficina antes de lo habitual —algo insólito en él— y se dispuso a marchar con Sasha rumbo a la cena familiar. Sin embargo, al llegar al coche, se encontraron con que Angelica rondaba por el aparcamiento.
– Vlad, hoy no he venido en coche. ¿Podrías acercarme a casa, por favor? –le rogó con voz almibarada.
– Angelica, no soy ningún taxista. Los servicios de taxi de la ciudad funcionan de maravilla –contestó Vlad secamente antes de abrirle la puerta del copiloto a Sasha–. Y ni lo intentes. Amo a mi prometida y nos casaremos muy pronto.
Sasha no alcanzó a oír las dos últimas frases que le soltó Vlad porque ya se había metido en el habitáculo, mientras Angelica se negaba en rotundo a aceptar la cruda realidad.
Vlad se puso al volante y, de repente, se dio cuenta de una cosa: no le había mentido a Angelica ni una sola sílaba. En ese instante, era incapaz de concebir su vida sin la chica que iba sentada a su lado tarareando por lo bajo la canción de Jimin.