Mujer de alquiler

Capítulo 8.3. Amor fraterno

Capítulo 8.3. Amor fraterno

A continuación, a todos les esperaba el postre y una animada charla sobre la inminente boda.
– Ay, tengo que llamar a mamá y contarle lo vuestro, porque me come viva si se entera por otra persona –comentó la mujer con total sinceridad. Ya no sentía ninguna clase de reparo con Vlad y lo había acogido en el seno de la familia con el corazón abierto. Le caía bien. Y no precisamente por tener dinero, sino por ser un buen hombre.
La conversación viró hacia los preparativos de la boda, lo que puso a Sasha en tensión al instante. Vlad se dio cuenta al vuelo.
– Prometí que celebraríamos la boda cuando Sasha estuviera preparada. Todavía tiene los estudios por delante –intervino el hombre, ganándose una mirada llena de gratitud por parte de Sasha. La entendía con media palabra.
– ¡Ay, y eso de «cuando esté preparada» qué es! –se apresuró a agitar las manos la madre–. Las niñas llevan soñando con el vestido blanco y una gran boda desde la cuna. Yo misma me casé con diecinueve años y no me arrepentí ni un solo día. Compaginaba los estudios y los críos. Y nosotros os ayudaremos con los niños. Yo ya estoy mentalmente preparada para ser una abuela joven –soltaba Alla Stepánovna, dejando a Sasha ojiplática con cada frase.
– ¡Mamá, la que está preparada eres tú, yo no! ¿Y por qué tengo yo que encarnar tus planes de «abuela joven»? Si tengo nada menos que tres hermanos. ¡Y mayores, por cierto! Ya va siendo hora de casarlos, porque si no se van a quedar solterones hasta que les salga canas. Sobre todo a Alekséy –intentó desviar la atención Sasha, comprendiendo que en ese plan su madre no solo la iba a entregar en matrimonio, sino que además se la iba a encasquetar a Vlad en las costillas con tal de largar de casa a su hija predilecta y acaparar nietos cuanto antes. ¡No, si aquello era demencial!
– A nosotros ni nos mientes –protestó Alekséy.
– Sí, claro, ¡a ti te sacan de casa con una excavadora! –encontró rápida respuesta Sasha.
– En realidad, el mayor de todos es Ostap. ¿Qué te metes conmigo? –replicó Alekséy.
– Oye, Ostap, veo que sin mí nuestro Pepino se ha crecido demasiado. Ya podéis ir haciendo piña en casa para meterlo en cintura –le pidió Sasha a su hermano mayor.
– No te preocupes, hermanita, nos apañamos solos. Ostap hace tiempo que compró todo lo necesario. Hace tres noches que el Pepino ya no duerme en nuestra habitación –comentó Oleg con una sonrisa de oreja a oreja.
– ¿En la mía?! –se indignó Sasha.
– Qué va, monta una cama plegable en la cocina. Y se arma cada mañana un numerazo cuando mamá entra a preparar el desayuno y Alekséy no hay Dios quien lo levante –explicó Ostap.
– Qué bien os lo pasáis –comentó Vlad con cierta mezcla de nostalgia y envidia sana. Siempre había soñado con una familia numerosa, pero creció siendo hijo único bajo la tutela de su abuelo. Contemplaba al clan Sribny, asimilaba sus piques afectuosos y sus bromas, y comprendía lo sincera y unida que era aquella familia. Sería inmensamente feliz convirtiéndose en una parte de ella.
– Entonces, ¿cuándo? –retomó la mujer su pregunta, clavando los ojos en Vlad, quien se dio cuenta de que se había perdido algo por andar en Babia.
– Disculpe, ¿el qué? –preguntó Vlad perplejo.
– ¿Cuándo es tu cumpleaños? –inquirió Alla Stepánovna.
– En otoño. El diez de octubre –contestó él–. ¿Por qué lo pregunta?
– Bueno, ahora ya eres parte de la familia. Así tenemos tiempo de prepararte un regalo en condiciones –respondió con calidez la madre de Sasha.
– Créeme que un jersey tan llamativo no lo has visto en tu vida –añadió Alekséy.
– Aleksa, veo que la vida no te escarmienta a mantener la lengua quieta. Mira que puedo decidir no echarle una bronca a tus hermanos por las trastadas que te hacen. Últimamente te las has ganado a pulso –frunció el ceño la madre.

– ¿Pero qué he dicho?
– ¡Cierra el pico ya! –lo cortó en seco ella–. ¡Le has reventado la sorpresa al muchacho!
Cuando terminaron de cenar y salieron a la calle, el padre mandó a todos sus hijos y a su mujer subirse al coche familiar para que la pareja pudiera regresar sola. Había visto de sobra cómo trataba Vlad a su Frambuesita, cómo la miraba con devoción, y eso le trajo a la memoria su propia juventud. ¡Si aquello no era amor, que bajaran los dioses y lo vieran!
Ya entrada la noche, Sasha estaba de pie en el balcón del salón, contemplando las estrellas.
– Es precioso –dijo Vlad, acercándose sigilosamente para echarle un ligero chal sobre los hombros.
– ¡Qué va! ¡Tendrías que ver el cielo estrellado en el pueblo de mis abuelos! –soltó una risita burlona Sasha.
– Bueno, mañana lo comprobaré con mis propios ojos –sonrió Vlad.
– Ujum, si sobrevives para contarlo –murmuró Sasha para sus adentros, pues conocía muy bien a su abuela. ¡A saber qué milongas le habría soltado aquel Pepino verde por teléfono!
En plena madrugada sonó el móvil de Sasha con un mensaje. Lo abrió de inmediato, ya que el desvelo no la dejaba en paz mientras revivía los acontecimientos del día. La foto que le había mandado Oleg mostraba a Alekséy con la cara completamente embadurnada de pasta de dientes.
Sasha esbozó una sonrisa, le dio a «me gusta» y escribió:
«Supongo que la pasta es mentolada, ¿no?»
«¡Ofú, por quién me tomas! ¡Claro que sí! Termonuclear. Mañana tendrá «efecto huevo frito»
en la cara al despertar», le contestó el hermano.
«Buenas noches. Y no me lo ahoguen ahí sin mí, eh. Dejadme esa misión a mí».
«La bronca por su largaria ya se la ha llevado de mamá. Buenas noches, hermanita».

«Lo que le espera no está escrito. A dormir», tecleó Sasha antes de quedarse dormida al instante con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Menudo poder terapéutico tenían las buenas noticias!




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