Capítulo 13.5. Una pareja digna
— Es una acusación muy grave —dijo uno de los miembros del consejo de administración, mirando con lupa a Timur para evaluar si sería capaz de semejante atrocidad.
— Juzguen ustedes mismos. Ayer me secuestraron directamente en el aparcamiento. Me metieron una bolsa negra en la cabeza y me tiraron al coche. Desperté en el hospital enfundado en un camisón blanco, sin teléfono y claramente bajo los efectos de algún fármaco. Cada dos horas venían las enfermeras a obligarme a tragar unas pastillas que yo escupía a escondidas. Y mientras tanto, Timur convoca a toda prisa al consejo de administración y se adjudica todos los méritos de mi nieto —relató Lev Borísovich.
— Es cierto que de momento no tenemos todas las pruebas físicas aquí, pero la policía se encargará de esclarecerlo todo —añadió Vlad, haciendo una señal con la cabeza para que dejaran pasar a los agentes a la sala de conferencias.
Dos hombres de uniforme saludaron formalmente e inquirieron sobre el motivo de la llamada de emergencia.
Irina Petróvna no había perdido el tiempo y, mediante sus contactos, se las había apañado para conseguir las grabaciones de las cámaras de seguridad, donde se veía claramente a Timur coordinando detalles sobre la clínica «Nadiya» y cómo metían a Lev Borísovich con la bolsa en la cabeza en su propio vehículo.
Tanto para los agentes como para los presentes, aquello fue más que suficiente.
— Ahora sí que vas a dar con tus huesos en la cárcel. Y por una buena temporada, porque esto no es solo un secuestro, sino una tentativa de homicidio y falsedad documental ante la junta —sentenció Vlad.
— ¡Yo no he sido! —empezó a gritar Timur fuera de sí cuando los agentes procedieron a doblarle los brazos a la espalda para ponerle las esposas—. ¡Ha sido todo cosa de Angélica! ¡El secuestro fue idea suya!
— ¡Cállate la boca, imbécil! —estalló de inmediato la mujer a alaridos.
— Vaya, o sea que no tenemos a un delincuente solitario, sino a una banda organizada. Eso agrava considerablemente los cargos. Nos los llevamos a los dos —declaró el policía, dando un paso firme hacia Angélica.
— ¡No me ponga las manos encima! ¡Todo ha sido cosa de él! ¡Yo soy inocente! ¡Está mintiendo! —chillaba Angélica fuera de sí, con un volumen tan estruendoso que los presentes se tapaban los oídos.
— En comisaría lo aclararemos todo —zanjó el agente mientras escoltaba a Timur y a Angélica fuera de la sala de conferencias.
— Todo esto ha sido tan imprevisto como... —se trancó un consejero—. Como repugnante.
— Yo exigiría la compra forzosa de las acciones de Timur y Angélica para no volver a verles el pelo jamás entre los socios. Con semejante calaña, está claro que pondrían en riesgo el negocio —opinó un hombre perteneciente al grupo de accionistas.
— No estoy seguro de que podamos ejecutar una compra forzosa de forma automática. Habrá que consultarlo primero con el equipo jurídico —puntualizó Vlad.
— Pues yo considero que lo ocurrido hoy ha dejado las cosas muy claras —tomó la palabra una de las consejeras—. Lev Borísovich ha demostrado ser un hueso duro de roer al que todavía le queda mucha cuerda, pero además nos ha demostrado que tiene un sucesor extraordinario. Vladislav Vasílievich no solo ha hecho gala de una gran brillantez ejecutiva, sino también de una agudeza de recursos encomiable. Todavía sigo maravillada de cómo consiguieron ganarse el favor de los socios coreanos. Yo jamás habría votado a favor de Timur, porque habría sido el primero en hundir esta empresa.
— Totalmente de acuerdo.
— Amén a eso —empezaron a respaldar a la mujer desde todos los rincones de la mesa.
La reunión concluyó con una votación unánime. Se ratificó formalmente que Vladislav asumía el cargo de Director General con plenos poderes ejecutivos y toma de decisiones unilateral. El quórum de los accionistas presentes era más que suficiente para validar la resolución sin necesidad de contar con Timur ni con Angélica.
En dependencias policiales se examinaron todas las pruebas existentes y se recabaron nuevos indicios que incriminaban directamente a Timur en el secuestro de Lev Borísovich. Con el fin de acogerse a la exención de declarar el uno contra el otro, Timur y Angélica decidieron pasar por la vicaría de manera fulminante. Ay, desde luego que no era así como Angélica se había imaginado su boda, desde luego que no. Timur, en cambio, estaba encantado: se ahorraba un dineral en banquetes.
El dinero lo mueve todo, y una cantidad ingente de billetes logró sacar a Timur y a Angélica del calabozo a la espera de juicio. Eso sí, salieron de allí con el certificado de matrimonio en la mano.
— Así que voy a hacer las maletas y me mudaré a tu casa —no preguntó, sino que sentenció Angélica nada más cruzar la puerta.
— Quedamos bien claros en que cada uno haría su vida de forma independiente. Bastante me has salpicado ya con tu mierda —replicó Timur con rabia.
— ¿Y la culpa es mía? ¡Si hubieras tenido la boca cerradita y no hubieras largado como una verdulera de mercado, no estaríamos metidos en este atolladero! —se encaró Angélica.
— Se acabó, no pienso perder ni un segundo más discutiendo contigo ni aguantando tu voz de pito —zanjó Timur dirigiéndose hacia un taxi que acababa de estacionar en la acera. Se acomodó en el asiento trasero e iba a cerrar la puerta cuando Angélica se abalanzó hacia el vehículo.
— ¿Acaso este es el trato que le das a tu legítima esposa, pedazo de caballero? —intentó hincarle el diente la mujer.
— Deja el teatro de una vez, que estoy molido —respondió Timur e intentó dar un portazo, pero Angélica frenó la puerta con la mano.
— ¿Es que ni me vas a abrir la puerta? —soltó ella con tono sugerente, albergando la vana esperanza de que surgiera efecto.
— Déjate de milongas. Pídete otro taxi, que ya estás grandecita, doña —soltó Timur, pegando un portazo tremendo al aprovechar el shock en el que se quedó Angélica al oír lo de «doña». El vehículo arrancó a toda prisa, dejando a una Angélica furiosa y atónita tirada en mitad de la calle.