Mujer de alquiler

Capítulo 13.4. Métodos eficaces

Capítulo 13.4. Métodos eficaces

Capítulo 13.4. Métodos eficaces

​Quizá el hombre de la bata blanca no se habría percatado de que el «cadáver» de la camilla había estornudado, pero el «pasajero» al que llevaba camino de la morgue soltó un segundo estornudo. El hombre de la bata blanca cayó redondo al suelo, perdiendo el conocimiento.
— ¿De dónde saldrá tanto asustadizo? —se encogió de hombros Sasha—. Venga, Pepinillo, levántate, que ya hemos llegado.
— ¡Por fin! —exclamó Alekséi, quitándose de encima la sábana blanca.
— Ayudadme a quitarle la bata a este valiente y a subirlo a la camilla —pidió Sasha.
​Entre todos le quitaron rápidamente la bata blanca al hombre y le birlaron la tarjeta de acceso que llevaba en el bolsillo. Por suerte, Sasha logró meter la camilla dentro de la morgue a tiempo y allí no había un alma. Así que dejaron al miedica sobre la camilla, tapándolo de cualquier manera con la sábana.
​Sasha le escribió un mensaje a Irina Petróvna indicándole que fuera saliendo hacia la puerta exterior junto con Oleg. La chica entreabrió la puerta y divisó a varios guardias de seguridad y médicos de charleta a poca distancia. Salir por ahí directamente era un riesgo innecesario. No le cabía duda de que Vlad y el Pepinillo tumbarían a los guardias en un santiamén, pero no hacía falta llamar la atención.
— Hay que distraerlos como sea —dijo Sasha.
— Anda, acuérdate de cómo distrajiste a los profesores en el instituto cuando no te habías estudiado la lección de matemáticas —recordó el Pepinillo.
— ¿Se puede saber por qué tienes que dar tantas precisiones? —protestó Sasha, poniéndose colorada.
— ¿Y cómo los distrajo exactamente? —curioseó el abuelo.
— De manera espectacular —resumió Sasha en pocas palabras.
— Con efectos especiales incluidos —sonrió Alekséi.
— De acuerdo, vamos por el método clásico y probado. ¿Tenéis cerillas? —preguntó Sasha.
— Yo llevo una vida sana y no fumo —rebufó el Pepinillo, mientras Vlad se encogía de hombros, pues tampoco probaba el tabaco.
— Yo tampoco llevo —añadió Lev Borísovich.
— En mi maletín de herramientas tengo —recordó Alekséi, sacando una caja de cerillas.
​Sasha encontró una escoba en un rincón y le enrolló en un extremo un trapo mugriento que había tirado por allí.
— ¡Enciende! —ordenó Sasha, y el Pepinillo rascó una cerilla que prendió al instante y le pegó fuego al trapo.
​Sasha se encaramó a una silla y acercó la escoba envuelta en llamas al sensor del sistema contra incendios. De inmediato empezó a tronar la sirena y comenzaron a parpadear las luces rojas con la palabra «Incendio».
— Un método más viejo que el hilo negro, pero sigue funcionando de maravilla —comentó Alekséi.
— Conque eras una estudiante ejemplar, ¿eh? —sonrió Vlad.
— ¡Oye, que al menos no le pegué fuego al instituto! —puso los ojos en blanco Sasha.
​Al oír la alarma de incendios, los hombres de fuera irrumpieron a toda prisa en el recinto donde se encontraban. Entraron corriendo en la morgue. Pero el estridente sonido no solo los sobresaltó a ellos; también hizo reaccionar al hombre que yacía sobre la camilla tapado con la sábana blanca, que recuperó el conocimiento de golpe.
— ¡Aaaaaah! —resonó el alarido desgarrador de uno de los hombres al ver al «muerto viviente» erguirse.
— ¡Tomad magnesio para los nervios, culos inquietos! —musitó Sasha por lo bajo, haciéndoles un gesto a todos para que salieran pitando.
​Se desató un caos monumental. La gente comenzó a evacuar el edificio a la carrera, lo que les permitió cruzar la puerta del recinto médico sin llamar la atención antes de que nadie se percatara de la fuga de Lev Borísovich.
— Vámonos directos a la oficina —ordenó Vlad.
— Justo a tiempo, porque Timur Serguéievich está intentando ganarse al consejo de administración argumentando que usted es un irresponsable con el trabajo y que Lev Borísovich está gravemente enfermo —informó Irina Petróvna.
Oleg y Alekséi subieron a su vehículo para ir al trabajo, mientras Vlad ponía rumbo a la oficina a toda velocidad. Y así, enfundadas en batas blancas Sasha e Irina Petróvna, y Lev Borísovich con el mono de fontanero, irrumpieron de lleno en la sala de conferencias.
​— ¿Conque estabas diciendo, Timur, que me encuentro gravemente enfermo? —preguntó Lev Borísovich al cruzar el umbral—. ¿Y no se te ha pasado por la cabeza que por secuestrar, retener contra su voluntad a una persona en una clínica privada y atiborrarla a fármacos te puede caer una condena de cárcel importante?
​Timur no contaba con volver a ver a Lev Borísovich a corto plazo. Se quedó petrificado y con la boca abierta.
​Irina Petróvna había alertado a la policía cuando ya estaban llegando al edificio y avisó a la recepción para que escoltaran a las fuerzas del orden directamente a la sala de juntas.
— ¿Pero a qué viene todo este circo? —saltó Angélica, descubriendo el pánico en los ojos de Timur. Él sabía de sobra que podía dar con sus huesos en la cárcel por mucho tiempo.
— No es ningún circo, es la ropa que hemos tenido que pedir prestada para rescatar al abuelo de la clínica privada y cerrada «Nadiya» —sentenció Vlad con aplomo.
— ¿Y qué tiene que ver Timur en todo esto? —quiso saber Angélica.
— No creo en semejantes casualidades —replicó Vlad—. Aquí se ha estado especulando sobre la decrepitud de mi abuelo y sobre mi supuesta incompetencia, pero se os olvida que el fundador de esta empresa es mi abuelo y que el último contrato internacional de gran envergadura con los socios extranjeros lo he firmado yo —afirmó Vlad con rotundidad.
​— Eso no ha sido un mérito exclusivo tuyo, ha trabajado todo el equipo —intervino Timur a la desesperada—. ¡El contrato con los coreanos se ha firmado gracias a mí!
— ¿Gracias a ti? ¿Y nuestros socios coreanos están al tanto de semejante hazaña? —le acorraló Vlad.
— Todos los acuerdos han sido rubricados formalmente entre la parte coreana y Vladislav Korol —aportó los datos oficiales Irina Petróvna.
— Un momento, no me estoy enterando de nada —interrumpió uno de los miembros del consejo de administración—. ¿Se puede saber por qué vienen vestidos de esa guisa?
— Porque Timur pretendía quitarme de en medio. Encerrarme en una clínica privada para dejarme hecho un vegetal —dijo fríamente Lev Borísovich, haciendo que en la sala se hiciera un silencio sepulcral—. Así que piénsenlo bien, señores consejeros: ¿de verdad quieren hacer negocios con alguien que está dispuesto a quitaros de en medio a la primera de cambio?




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