Mujer de alquiler

Capítulo 6.4 ¡Patrulla en posición!

Capítulo 6.4 ¡Patrulla en posición!

Sasha le pidió que la dejara no muy lejos de su casa.
– Te estoy esperando. Llámame –le dijo Vlad, consciente de que necesitaba darle un respiro para que se le bajara el enfado.
– ¡Y un rábano te llamaré! –soltó Sasha de mal modo al salir del coche, dando un portazo tan fuerte que se encogió de hombros al oír el estruendo.
Vlad pensó que tenía un rato libre y se dirigió al hospital para que le quitaran de una vez la maldita escayola, que no solo le estorbaba para caminar, sino que le provocaba un picor insoportable bajo la venda.
– ¡Vaya, mirad quién viene! –exclamó una señora de edad distinguida desde su puesto de vigilancia junto al portal donde vivía Sasha al ver aparecer a la chica.
– Ahora mismo le vamos a sacar toda la verdad –dijo otra.
– Habrá que preguntarle cuándo habrá descuentos para jubilados en las farmacias –aportó otra vecina.
– Buenas tardes, Sachunia –la saludó una de las mujeres con una amabilidad exagerada.
– Buenas tardes –contestó Sasha, confiando en colarse en el portal a la carrera, ¡pero ni hablar! Le cortó el paso una vecina de complexión robusta que no tenía ninguna intención de dejarla pasar.
– ¿A dónde vas con tanta prisa? ¿Ya se te han subido los humos a la cabeza? ¿Ahora nos vas a poner mala cara a nosotras? –empezó a indagar la segunda mujer.
– Voy a casa. No le pongo mala cara a nadie, es que tengo prisa –intentó zafarse la joven.
– ¿Qué pasa, que ya te has escapado del novio?
– ¿Qué, te ha salido un panarra?
– ¡Son todos iguales! ¡Unos golfos con rabo!
– ¡Eh, un momento! ¿De quién están hablando? Yo no me he escapado de nadie, y mi novio no es ningún golfante. Nos queremos de verdad –dijo Sasha con la mayor seguridad posible, intentando esquivar a la vecina. ¡Pero qué va!
– ¿Es verdad eso que dicen de que es un pez gordo metido en el negocio de los medicamentos?
– Vladislav es el director de una farmacéutica –respondió Sasha–. Su empresa fabrica suplementos para deportistas olímpicos y pastillas para la potencia. ¿Acaso sus maridos necesitan Viagra? –improvisó Sasha sin tener ni idea de cuáles eran los productos reales de la empresa de Vlad.
– Ah, ¿pero es que te ha salido impotente? –le soltó de sopetón la vecina.
– No, de eso va más que servido. Pero esas pastillas ayudan a todo aquel cuyo amor se haya marchitado a sentir una nueva gama de sensaciones. ¿A que a ustedes les vendría bien renovar la paleta? –preguntó Sasha, haciendo un esfuerzo titánico por no reírse.
– Qué va. Con que nos dure el abuelo como sea nos conformamos –suspiró con tristeza una de las señoras, apartándose y dejándole vía libre.
– ¡Madre mía en lo que se gasta la gente el dinero! ¿A que no se les ocurre inventar unas pastillas para la tensión o la migraña? ¡A quién le importa la dichosa potencia! –bufaba otra vecina al caer en la cuenta de que no iban a poder sacarle gratis ningún remedio milagroso al novio de Sasha. ¡Vaya racha llevaba!
– ¡Ya estoy en casa! –anunció Sasha a voz en grito al cruzar la puerta.
– ¿Tú por aquí? ¿Te ha echado a patadas? ¿Tu flamante novio no te ha aguantado ni un día? –le preguntó Alekséy.
– ¡Y que tengas un buen día tú también, Pepino! A que te meto un vial de bótox a la fuerza –le contestó de uñas Sasha.
– Vaya, ¿a qué viene tanta agresividad? ¿Cómo está el prometido? –intentó apaciguar el terreno Alekséy.
– El que ha empezado has sido tú. ¡Mi novio está estupendo! ¿Y tú, has llamado a Olya? Es que te da por preguntar demasiado por los hombres últimamente, y eso da que pensar –le devolvió el golpe Sasha, antes de añadir–: ¿Qué haces en casa a estas horas?
– Con esta cara –Alekséy se señaló el rostro teñido de verde–, ¿a dónde vas a salir? La patrulla de la puerta es capaz de tomarnos por una plaga de contagio internacional o una enfermedad exótica, no me dejan entrar y me entierran vivo en el jardín.

– A mí me ha costado la misma vida cruzar el cordón de seguridad del portal –comentó Sasha.
– ¿Qué les has contado? Porque cuando mamá soltó que Vlad trabajaba en el sector farmacéutico, la patrulla de la entrada se presentó aquí a primera hora con unas listas interminables de medicinas que necesitan urgentemente, preferiblemente gratis –informó Alekséy.
– Les dije que la empresa de Vlad fabrica estimulantes para la potencia –respondió Sasha.
– Bien jugado. La tía Katia, la del cuarto, es capaz de aguantar que le llamen de todo a sus espaldas con tal de que no se enteren de que en realidad es médica de cabecera. Pero a todo esto, ¿a qué has venido? Si la cena en el restaurante es mañana –se extrañó Alekséy.
– ¿Qué pasa, que no te alegra verme? –le miró con reproche su hermana–. Solo vengo a por un par de cosas.
– ¿O sea que todavía no te has mudado del todo? –insistía el hermano.
– A otra preguntita más y duermes en el felpudo o en el balcón –le amenazó la joven.
– ¡Ay, qué tiquismiquis nos ponemos, ya ni preguntar se puede! –bufó Alekséy y se metió en la cocina.
Sasha recogió lo indispensable, sabiendo muy bien que tarde o temprano, si no hoy, tendría que volver con su «novio». ¿Cómo iba a salir de este lío?
A la hora de salir del trabajo llegaron los hermanos y los padres.
– Oye, Sasha, ¿a qué viene la tía Gorpyna preguntándome si el tónico de la potencia sirve también para los gatos? Es que quiere sacar descendencia de su Barsik, que ya tiene una edad –preguntó la madre.
– Bueno, yo le dije que la empresa de Vlad se especializa en fórmulas muy concretas –sonrió Sasha.
– Habrá que avisar a Petróvich para que ni se acerque por aquí, no vaya a ser que la patrulla de vecinas lo secuestre y lo ponga a base de pastillas azules –bromeaba el padre.
– ¿Y Vlad dónde está? ¿Viene a cenar? ¡Dios mío, si no hay nada preparado! ¡A ver dónde está el pato! –empezó a agobiarse la madre.
– No, Vlad no viene a cenar, tiene asuntos que atender. Si total, mañana vamos al restaurante –la frenó Sasha.
– Bueno, vale. ¿Y qué le vas a preparar de cenar a él? –inquirió la madre.
A Sasha se le cayó el alma a los pies; ella ni por asomo pensaba cocinarle nada, ya que su plan era quedarse a dormir en su propia casa.
– Aún no lo sé –respondió escuetamente.
– Acuérdate de esto: el camino hacia el corazón de un hombre pasa por el estómago, ¡y no por esas moderneces de las que hablan ahora! Un hombre con el estómago lleno es un hombre bondadoso. ¡Es una ley universal! –sentenció la madre con firmeza–. ¡Mira a tu padre, cuántas iban detrás de él! ¿Y qué pasó? ¡En cuanto probó mi caldo casero, no volvió a mirar a ninguna otra!
– Y tanto que no –añadió su granito de arena el padre–. Cariño, deja que los jóvenes se apañen solos.
– Nikolái, vete a enseñarles cosas a los chicos, que de la niña ya me encargo yo –zanjó la mujer–. Si quieres, te doy el recetario que me pasó tu abuela.
– Gracias, mamá, pero no hace falta. Ya me sé de memoria todos tus platos estrella –contestó Sasha antes de retirarse a su habitación.
«¡Hola! Ya te echo de menos. ¿Cuál es tu dirección?», le llegó un mensaje de Vlad, y a Sasha le quitó un peso de encima. No había sido ella la que le había pedido que fuera; se había ofrecido él solito.
Sasha le mandó la dirección y siguió recogiendo sus cosas. ¡Si es que al final iba a mudarse de verdad!
Vlad se había cambiado de traje. Sin la pesada escayola, se sentía un hombre libre. Pasó por una floristería y compró dos ramos: uno de rosas rojas para Sasha y otro de margaritas silvestres para Alla Stepánovna. Después entró en una licorería y se hizo con una botella de coñac prémium para el padre de ella.
Aparcó su flamante coche deportivo cerca del portal y, tarareando los compases de la canción coreana que le había enseñado Sasha, cargó con el coñac y los dos magníficos ramos. Dio un par de pasos hacia la entrada y se detuvo en seco. Le acababa de cortar el paso un comando de abuelas que no tenían la menor intención de apartarse...




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