Capítulo 7.2. ¿Cómo que prometida?
– Soniechka, despierta –dijo Vlad con dulzura a Sasha, que dormía plácidamente en la cama. Desde luego, no se esperaba semejante despertar.
Vlad había cumplido su palabra y le había preparado el desayuno.
– Sasha, despierta –insistió Vlad.
– Uuuuf... –murmuró Sasha, estirándose en la cama antes de abrir los ojos–. ¡¿Pero qué haces aquí?! –chilló de inmediato, acurrucándose bajo las sábanas.
– Te he traído el desayuno, como habíamos quedado –respondió Vlad–. ¿Te has olvidado?
– No he olvidado que acordamos no invadir el espacio personal del otro –replicó Sasha, terminando de espabilarse y evaluando al hombre que sostenía la bandeja con el desayuno. ¡Qué bien olía, por Dios! Pero ¿quién iba a dárselas de rendida tan pronto?
– Si yo no pensaba invadir nada –contestó Vlad con calma, dejando la bandeja sobre la cama.
– ¿Y qué tenemos para desayunar?
– Bueno, como no sabía qué te gusta por las mañanas, te he preparado varias opciones: tortilla con verduras, salchichas de caza a la parrilla, tostadas, ensalada César, un cruasán con frambuesas, café y zumo de naranja.
– Si es que eres un chef hecho y derecho. A ver, tendré que probar algo, pero es que hay tanto... Yo sola no me lo acabo. La tortilla es para ti, y las salchichas y las tostadas son mías –dividió Sasha el botín antes de darle una palmada al colchón a su lado–. No te vas a comer el desayuno de pie, digo yo.
– Buen provecho –sonrió Vlad, sentándose junto a ella.
– Delicioso. ¡Hasta diría que demasiado! –admitió Sasha con total sinceridad mientras le hincaba el diente a una salchicha–. Oye, ¿puedo robarte un trozo de tortilla?
– A cambio de que me dejes probar tu salchicha –le retó Vlad.
Sasha le tendió justo la misma que se estaba comiendo, con la curiosidad de ver si le daba un bocado por el extremo contrario o por donde ya había marcado ella. Vlad mordió exactamente por su sitio.
– ¡Eh, un momento! ¡Te lo vas a tragar todo! ¡A mí no me va a dejar ni las migas! –protestó Sasha indignada–. Oye, ¿y este olor? Huele a quemado... –empezó a olisquear la joven.
– ¡Las tostadas! –gritó Vlad, saliendo escopetado hacia la cocina. Como no se esperaba que Sasha lo invitara a desayunar con ella, había metido una segunda tanda de pan que ya había empezado a arder.
– ¡Abre la ventana! –le pidió Sasha mientras la cocina se iba llenando de humo. Las tostadas se habían pasado de rosca.
Vlad rescató los cascotes carbonizados y encendió el extractor.
– ¡Pues ya nos hemos despertado del todo! –se rio Sasha, a la que por algún motivo se le habían quitado las ganas de vacilarle. Al fin y al cabo, Vlad le había preparado un desayuno riquísimo, aunque la segunda hornada hubiera terminado chamuscada.
Sasha se fue a su habitación y volvió con su bandeja. El extractor despejó el aire en un santiamén y terminaron de desayunar en la cocina.
– Gracias, ha estado todo buenísimo –le agradeció Sasha.
– Vístete. Dentro de una hora tenemos la reunión con los coreanos. Irina Petróvna ya ha llamado para avisar de que en la oficina está todo listo.
– Entendido –respondió Sasha, y se retiró a su cuarto. Vlad volvió a encargarse de recoger y fregar los platos. ¡A este paso, una se terminaba malacostumbrando!
Sasha se puso el conjunto de falda con aquella abertura tan sugerente y lo combinó con un top coral. Se maquilló de forma discreta y salió de la habitación.
Vlad, por su parte, lucía un traje clásico de color azul oscuro.
– Sasha, te lo ruego, cámbiate de ropa. Por favor –le suplicó Vlad nada más verla. ¿Para qué iba a regalarle la vista a la competencia? ¡Si con ese modelito todas las hienas de la oficina se le iban a echar encima como buitres!
– ¿Pero qué le pasa? Si es un traje de chaqueta como cualquier otro –protestó ella, aunque muy en el fondo le halagaba la reacción de celos de Vlad.
– En nuestra oficina las mujeres llevan trajes de pantalón –mentía descaradamente Vlad.
– Bueno, vale, me cambio. Pero a condición de que tú también te quites ese traje de luto y te pongas otra cosa –le impuso su propia regla Sasha.
– ¿Qué tal el azul aciano?
– Hecho. Tengo un pañuelo frambuesa que le va que ni pintado –respondió ella.
Y así, pactaron cambiar de modelito.
– ¡Ahora sí que sí! –exclamó Sasha al salir de su cuarto enfundada en el traje de pantalón frambuesa y ver a Vlad con el traje azul aciano.
Aun así, Vlad seguía sin las de ganar, porque el conjunto de chaqueta y pantalón marcaba a la perfección cada curva de la silueta de Sasha. Pero bueno, mejor ir con un sastre cerrado que con la dichosa falda provocativa.
Sasha se metió el pañuelo frambuesa en el bolsillo de la solapa. Parecían una pareja de auténtica revista que hubiera planeado su estilismo al milímetro.
De camino a la oficina volvieron a entonar canciones coreanas y, en cada semáforo en rojo o retención, hasta se atrevieron a marcarse unos pasos de baile dentro de lo que el espacio les permitía.
Al llegar a la oficina, Lev Borísovich salió a recibirlos. Al verlos tan bien combinados, se le dibujó una amplia sonrisa en el rostro.
– ¡Mis queridos amigos, bienvenidos! –los saludó el hombre antes de volverse hacia el resto de los empleados–. Quiero presentaros a todos a mi futura nuera. Ella es Alejandra, la prometida de mi nieto. Será nuestra intérprete oficial durante la reunión con los socios.
– ¡¿Cómo que prometida?! –saltó una mujer dando un paso al frente. Sus ojos destilaban un odio visceral y parecía dispuesta a quemar a Sasha viva allí mismo.