Capítulo 13.1. Esperanza
Tras la cena familiar en el restaurante, a Sasha y Vlad les aguardaba una mañana de lo más convulsa y emotiva.
— Vladislav Vasílievich, buenos días —se escuchó la voz de Irina Petróvna a través del altavoz del teléfono mientras él y Sasha tomaban el café mañanero—. Noticias importantes. Lev Borísovich fue ingresado anoche en el hospital por causas que aún no están claras. Timur Serguéievich está exigiendo desde primera hora de la mañana convocar una reunión del consejo de administración y de los accionistas con el objetivo de redistribuir el poder. He logrado echar un vistazo al orden del día. Timur Serguéievich pretende formar una coalición con varios pequeños accionistas, entre ellos Angélica Antónovna.
— ¿Qué le pasa al abuelo? —fue lo primero que preguntó Vlad, mientras Sasha se ponía en alerta al instante—. ¿En qué hospital está?
Vlad se culpaba internamente. Antes solía llamar a su abuelo casi a diario, pero desde la irrupción de Sasha en su vida, el anciano había quedado en un segundo plano. ¡Sin ir más lejos, ayer tampoco lo llamó, cuando debió haberlo hecho!
— Aún no lo sé, estoy llamando a todos los hospitales para verificar la información, pero por ahora no lo he localizado. Tengo la corazonada de que Timur Serguéievich lo tiene metido en alguna clínica privada y le han requisado el teléfono.
— Esos son exactamente los métodos de Timur —apretó los dientes Vlad—. Entendido, salgo para allá ahora mismo; usted siga buscando.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó Sasha, que había captado cada palabra de Vladislav y comprendía que la situación era grave.
— El abuelo está ingresado en un hospital, pero no sé en cuál, y Timur con Angélica planean dar un golpe de mano y hacerse con el control de la empresa —le informó Vlad.
— Vístete, nos vamos a buscar al abuelo —estableció las prioridades Sasha sin dudarlo un segundo.
Vlad esbozó una leve sonrisa. Una vez más, ella tenía toda la razón. ¡Al diablo la empresa! El abuelo era lo primero.
Sasha y Vlad se pusieron lo primero que encontraron a mano y salieron pitando hacia la oficina. Durante todo el trayecto, Sasha estuvo llamando sin parar a distintos centros médicos preguntando si anoche había ingresado un paciente con el apellido Korol. Por desgracia, todas las respuestas eran negativas.
Vlad se preguntaba de dónde habría sacado la información Irina Petróvna. Sabía que antes había trabajado como investigadora y que en más de una ocasión le había dado pistas clave.
La pareja entró como una exhalación en la oficina y, cuando se acercaban a la mesa de Irina Petróvna, el teléfono de Vlad empezó a sonar. Un número desconocido. Vlad descolgó de inmediato.
— Nieto, soy yo —se oyó la voz apagada de Lev Borísovich—. Estoy en la clínica «Nadiya». Me trajeron anoche. No me dejan salir de la habitación bajo ningún concepto y me han quitado el móvil. Dijeron que tenía que tomarme unas pastillas. Hago como que me las trago, pero lo escupo todo en cuanto la enfermera se da la vuelta. Le he birlado el teléfono a una de ellas. Menos mal que me sabía tu número de memoria. Por la ventana veo que es un recinto cerrado. Hay guardias de seguridad en la puerta y rejas en las ventanas. Esto no es «Nadiya» (Esperanza), esto es desesperanza pura... —suspiró el abuelo con tristeza.
— No se preocupe, ahora mismo invento algo —respondió Vlad—. Haga como que se ha quedado dormido, ponga el teléfono en silencio o devuélvalo a donde lo cogió.
Para cuando Vlad terminó la llamada, Sasha e Irina Petróvna ya estaban rastreando en sus móviles cualquier clínica que llevara por nombre «Nadiya».
— ¡Encontrada! —exclamaron Sasha e Irina Petróvna casi al unísono.
A través de las cristaleras de la oficina, Vlad veía cómo los socios, directivos y accionistas empezaban a congregarse en la sala de juntas. Sabía que ese iba a ser el minuto de gloria de Timur.
— ¡Nos vamos! —sentenció Vlad con determinación. Que se atragante con el cargo.