Capítulo 7. El estratega
– Mañana por la tarde pasaremos a buscaros –dijo Vlad, cargando con las cosas que Sasha había estado empaquetando.
Evidentemente, ella no planeaba pasar la noche allí, pero ¿cómo le iba a explicar a su madre que se iba a dormir a su casa después de que Vlad le hubiera llevado semejante ramo de rosas? Y es que la mujer ya se estaba frotando las manos pensando en volver a llamar a todas sus conocidas para presumir del regalazo que le había hecho su flamante yerno.
– Hasta mañana, hija –se despedía su madre agitando la mano–. Aquí os estaremos esperando.
Apenas habían salido del piso de los Sribna cuando, en pleno descansillo, se tropezaron con una vecina de estilismo bastante ligerito de ropa que devoraba a Vlad con la mirada.
– ¡Hola! ¿Así que tú eres el famoso prometido de Sasha? –preguntó la chica mientras se pasaba la lengua por los labios con descaro.
– ¡Lo que me faltaba por ver! –Sasha cerró los ojos un instante–. Hola, Ilona.
– ¿Y dónde habrás pescado a este potro salvaje? –siguió interrogando Ilona.
– Vete por donde has venido.
– ¿A qué viene tanta inquina? ¿Es que no te satisface como debiera? –Ilona recorría a Vlad de arriba abajo con una miradita de lo más lasciva.
– Ojalá te satisficiera a ti todo el mundo por igual –le espetó Sasha–. Ilona, haz el favor de desaparecer, no sea que me dé por contarle a las vecinas del banco del portal que trabajas como bailarina de gogó en una discoteca y no de enfermera a domicilio.
– ¡Qué mal genio tienes! –soltó la joven a regañadientes.
– Y lo que me sobra de habladora, así que ábreme paso –zanjó Sasha.
– ¿Te crees que vas a atar en corto a este bombón? En cuanto le apetezca, se soltará de la cadena y volará libre –susurró Ilona, clavándole a Vlad unos ojos de cordero degollado.
– No soy ningún perrito faldero para andar con cadenas –intervino Vlad con voz firme–. Vámonos, mi amor. Parece que por aquí corre demasiada corriente.
A Ilona se le cayó la mandíbula hasta el suelo. Jamás la habían rebajado de esa manera.
– Oye, ¿y la escayola? Ya veo que te la has quitado –reparó Sasha en el detalle ahora que estaban a solas, pues antes en casa no había tenido ocasión.
– Me la quitaron hoy, porque mañana nos espera una jornada muy ajetreada –contestó Vlad.
– Todavía nos queda sortear el comité de vigilancia del banco –le recordó Sasha.
– Dame un segundo –pidió Vlad, sacando el móvil del bolsillo.
Mientras bajaban en el ascensor, tecleó un par de cosas en la pantalla y, con una sonrisa de satisfacción, salió junto a Sasha a la calle. Como era de esperar, todo el cotarro de señoras —que esta vez casi doblaba el número habitual— se abalanzó sobre ellos al unísono.
– ¿A estas horas y tan arreglados? ¿A dónde vais? –inquirió una de las vecinas, escudriñando a la pareja de arriba abajo.
– ¡Al cine! –contestó Sasha.
– Ay, madre... ¿Y qué clase de películas pondrán en el cine a estas horas?
– ¡Pues seguro que pura indecencia! –se escandalizó otra.
– No se alarme tanto, que le va a dar un pico de tensión.
– Por cierto, si alguna necesita medirse la presión, acaban de llegar unos tonómetros nuevos a la farmacia que está a dos calles. Es parte del protocolo de atención ciudadana y el servicio es totalmente gratuito –soltó Vlad las palabras mágicas.
En cuestión de segundos, la piara de abuelas salió disparada hacia allí como si las hubieran abducido.
– Eres un mago –le sonrió Sasha, admirada.
– Gracias.
– Aunque me dan pena las farmacéuticas. A partir de ahora van a tener que medirles la tensión a diario –bromeaba Sasha con compasión.
– No te preocupes. Allí las chicas abrirán un historial médico para cada vecina y les harán el control una vez al día. Mandarán a un par de becarias para que atiendan el mostrador, y así conseguimos descongestionar un poco este puesto de observación –explicó Vlad su maquiavélico plan.
– ¡Si es que eres un estratega! –lo elogió Sasha.
– ¿Directos a casa o pasamos por un restaurante? –preguntó Vlad mientras abría el coche.
– No voy vestida para ir de restaurantes –se excusó ella.
– Estás preciosa lleves lo que lleves –le regaló los oídos Vlad.
– Gracias –contestó Sasha sintiendo un vuelco en el estómago. Joder, qué bien se le daba ser detallista cuando quería–. Vámonos a casa, que para algo nos hemos gastado una fortuna en la compra.
– Como mandes.
– Oye, me asusta lo rápido que le dices a todo que sí –frunció el ceño Sasha.
– Es que me muero de hambre y tengo muchas ganas de echarte una mano.
– Me da a mí que si me ayudas, vamos a tardar el doble en cenar.
– Me ofende profundamente que dudes de mis dotes culinarias.
– Vi cómo te defendiste el otro día pelando una cebolla.
– Aquello fue un pequeño contratiempo sin importancia –se defendió Vlad–. Mañana te prometo prepararte el desayuno en la cama.
– En la cama va a ser que no.