Mujer de alquiler

Capítulo 7.4. Los socios coreanos

Capítulo 7.4. Los socios coreanos

– La delegación llegará en diez minutos –anunció Vlad al salir de su despacho.
– Perfecto. En la sala de conferencias ya está todo a punto. Alejandra, ven, te acompaño al servicio que hay en la otra ala de la oficina –le propuso Irina Petróvna, y Sasha la miró con sincero agradecimiento.
– Te esperaré en el despacho –le dijo Vlad antes de desaparecer de nuevo tras la puerta.
– ¡Me ha roto la nariz! –berreaba Angelica, irrumpiendo a troche y moche en el despacho de Vlad.
– ¿Con qué derecho te crees que puedes entrar aquí a gritos? –le espetó Vlad con severidad.
– ¡Tu niñata de moco de pavo! Es que ella... Es que ella... –Angelica boqueaba como un pez fuera del agua, buscando a la desesperada qué decir.
– ¡Sasha no es ninguna niñata! ¡Y mucho menos una loca! Angelica, ¡entre nosotros jamás ha habido nada ni lo habrá jamás! Métetelo en la cabeza –zanjó Vlad con voz gélida, sin la menor compasión. Estaba convencido de que aquello era otra de sus provocaciones, aunque bien sabía que Sasha era perfectamente capaz de haberle roto la tabique de un porrazo.
– ¡No puedes hacerme esto! ¡Tú sabes perfectamente que te amo! Te he sido fiel todo este tiempo y no he dejado que se me acerque ningún otro hombre, a pesar de que los pretendientes me llueven –empezó su repertorio habitual Angelica.
– Te lo he dicho mil veces y te lo repito: ¡entre los dos no puede haber nada! ¡No te amo! ¡Lo nuestro es estrictamente profesional!
– ¡Me estás matando en vida! He consagrado mi existencia a ti y me estás destrozando el corazón –recitó Angelica con un melodramatismo insoportable.
– Por favor, guárdate el numerito para otro momento, no me interesa lo más mínimo. Los socios están al caer, ten un mínimo de decencia. A nadie le importa tu teatrero –contestó Vlad con total indiferencia.
– Muchas gracias, ya está –decía Sasha mientras abría la puerta del despacho de Vlad, volviendo de los servicios.
– ¡Tú! ¡Tú me has roto la nariz! –saltó Angelica en cuanto vio aparecer a Alejandra.
– Yo no he sido. Hay que mirar por dónde se camina, mujer. Si tiene problemas de visión, cómprese unas gafas –le soltó Sasha con desparpajo antes de acercarse a Vlad.
– Se acabó la conversación –le indicó Vlad a Angelica con frialdad. Esta le lanzó a Sasha una mirada cargada de bilis, pero se tragó el resto de las palabras.
Angelica salió dando un portazo que retumbó en toda la planta.
– Por favor, no le hagas caso a Angelica. Te juro que entre nosotros jamás ha habido nada –quiso aclararle Vlad.
– Tranquilo, si lo entiendo perfectamente –le restó importancia Sasha, cambiando de tercio al fijarse en el escritorio–. Tienes un despacho muy acogedor.
Sasha se acercó a la mesa y reparó en tres portafotos. En uno aparecía un niño de unos cinco años flanqueado por sus padres; en el otro, un Vlad de diez años posaba junto a su abuelo; y en el tercero se le veía vestido con la toga académica y sosteniendo el diploma universitario. Saltaba a la vista que el hombre pasaba mucho más tiempo en el trabajo que en su propia casa. Solo en aquel momento Sasha comprendió hasta qué punto aquella empresa era su vida entera. ¿Cómo no iba a echarle una mano con la farsa de la boda? ¿Cómo no iba a respaldarlo?
– Los coreanos ya están en la sala de juntas –asomó la cabeza Vitaliy por el umbral.
– ¿Estás lista? –le preguntó Vlad a Sasha.
– Lista.
Se encaminaron a la sala de conferencias, donde ya aguardaban los socios extranjeros, el abuelo, Angelica y un par de directivos a los que Sasha no conocía de nada.
Al ver entrar a Vlad y a Sasha, los socios coreanos esbozaron una amplia sonrisa. Uno de ellos no pudo contener la curiosidad y les preguntó en broma si ya habían conseguido arreglar la avería del grifo. Sasha no se achicó y respondió con desparpajo que ella era una manitas capaz de apañar cualquier cosa. Los coreanos se lo tragaron con patatas, ya que habían llegado a ver una parte de la faena aquel día antes de que Irina Petróvna cortara la retransmisión.
La reunión discurrió entre charlas distendidas y los socios accedieron a firmar una colaboración a corto plazo, condicionado a someter antes a la empresa de Vlad a una auditoría de solvencia y fiabilidad financiera. En un momento dado, el director de la delegación coreana sacó del bolsillo un bolígrafo decorado con la cara de un ídolo del K-pop.
– ¡Oh, Dios mío! ¡¿Pero si tienes el boli de Jimin?! –exclamó Sasha con tanta euforia que casi hace saltar a todos de las sillas.
– ¿De modo que conoces su música? –preguntó el hombre, tendiéndole el bolígrafo con simpatía.
– ¡Vaya que si la conozco! ¡Me sé todas sus canciones de memoria! –presumió Sasha.
– ¿De verdad? –dijo el coreano con cara de no creérselo del todo.
Lejos de acobardarse, Sasha arrancó a tararear y cantar un estribillo. Para sorpresa de todos, Vlad se sumó de inmediato y hasta se marcaron un par de pasos de baile prácticamente sincronizados.
Los socios coreanos contemplaban la escena ojipláticos, mirando de hito en hito al mismísimo director general, que lucía una sonrisa de oreja a oreja.
– ¡Pues va a ser que rechazo la colaboración a corto plazo! –soltó de repente el coreano, dejando a Sasha helada.
– ¿Pero por qué? –logró articular Sasha con un hilo de voz. ¿A ver si con su numerito iba a haber mandado al traste meses de trabajo de Vlad?




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