Capítulo 6.3 Reciprocidad
– Ups... –fue lo único que acertó a decir Sasha al caer en la cuenta de que su comentario sobre los calzoncillos con trompa lo habían escuchado todos los asistentes a la reunión.
Vlad tomó aire en los pulmones, pero en vez de apagar el micrófono, cogió la bolsa con la lencería que Sasha le había comprado. Ya puestos, que fuera hasta el final. ¿Acaso no era un ser humano? ¿No tenía derecho a su vida privada?
– ¿Unos calzoncillos con patitos? ¡¿Con una cabra?! –se echó a reír Vlad al abrir la bolsa con sus nuevas adquisiciones.
En la reunión se hizo un silencio sepulcral. En un momento dado, uno de los veteranos del equipo se aclaró la garganta y soltó:
– Vladislav Vasílievich, reconozco que no sigo las últimas tendencias de la moda, pero me ha dejado usted intrigadísimo con lo de los patos y las cabras. ¿Se puede saber qué clase de calzoncillos lleva puestos?
Vlad miró a Sasha, que tras las palabras de su jefe se había tapado la cara con las manos, dispuesta a que la tragara la tierra. ¿Por qué demonios acababa siempre metida en estas situaciones cuando estaba con Vlad?
Vlad encendió la cámara.
– Diría que esto es un momento publicitario. Perdonen, es que mi chica y yo hemos estado de compras, y miren qué preciosidad me ha elegido –anunció Vlad, enseñando a la cámara los calzoncillos con la cabra.
Irina Petróvna y la contable Sofía Lvovna fueron las únicas mujeres de la reunión; se limitaron a bajar la vista, mientras que todos los hombres rompieron a elogiar la prenda y a preguntar dónde se podían comprar unos iguales.
Sasha se quedó sentada sin atreverse a mover un músculo. Tras terminar con la broma de la ropa interior, acordaron convocar otra reunión para el jueves y dejar la cita con los socios coreanos para el viernes.
– Perdóname, por favor –susurró Sasha en cuanto Vlad colgó el teléfono.
– ¿Por qué? Si la lencería me ha encantado, ¡y los compañeros la han aprobado por unanimidad! –sonrió Vlad.
Aquella había sido su primera reunión de este tipo, en la que no se había comportado como el director severo, pedante y minucioso de siempre, sino como un hombre capaz de reírse de sí mismo, sin miedo a hacer el ridículo y dispuesto a responder a preguntas incómodas. Esa inusual junta le sumó muchos puntos a Vlad ante los ojos de su equipo; al fin y al cabo, no era un trozo de corcho tan seco como creía la mayoría. Irina Petróvna, por su parte, se quedó pensando en otra cosa: recordó que ya había oído antes la voz de la chica que había mencionado lo de los calzoncillos con trompa. La secretaria reconoció a la traductora y comprendió que el director iba a asegurarse de que estuviera presente en las negociaciones. El incidente avivó la curiosidad en torno a la figura del jefe, y ahora toda la plantilla cuchicheaba sobre él en los pasillos. ¡Desde luego, el tío sabía cómo levantar expectación!
– Qué vergüenza tengo –dijo Sasha con total sinceridad.
– No digas tonterías. No ha pasado nada. No sé tú, pero yo me muero de hambre. ¿Vamos a un restaurante? –preguntó el hombre.
– ¡Al McDonald's! –respondió Sasha sin vacilar.
¿Qué iba a hacer con ella? ¡Pues aguantarla!
Vlad condujo directo al McAuto mientras tarareaba la canción que Sasha había puesto en el móvil.
– ¡Lo estás cantando mal! –se burlaba del galimatías de su voz la chica.
– ¡Pues enséñame tú!
– ¿Y eso no va en contra de tus sagradas normas de oficina? –le retó Sasha, sacándole la lengua.
– Bah, me da a mí que tú serías capaz de encontrar una excepción en cualquier reglamento –replicó Vlad.
En ese momento sonó el teléfono de Sasha; en la pantalla brillaba el nombre de «Mamá».
– Hola, ma –contestó la llamada la chica.
– Hola, hija, ¿cómo estás? –preguntó la mujer.
– Todo bien. Hoy pasaré por casa a recoger algunas cosas.
– Bien. Pero ten cuidado con las vecinas si te quieren felicitar –le advirtió su madre–. Y déjales claro desde el principio que tu marido no les va a hacer ningún descuento en las farmacias.
– ¿Qué marido? ¡Dios, pero ¿se lo has contado a todo el mundo?! –cayó Sasha en la cuenta.
– ¡Hombre, tenía que compartir mi alegría! –respondió la madre–. Faltaría más que se quedara Zinochka pavoneándose con su Ilonochka. ¡Mira qué pedazo de novio te has buscado!
– ¿Así que la tía Zina ya lo sabe? –preguntó Sasha con un hilillo de esperanza.
– ¡Por supuesto! Ha sido a la primera a la que se lo he dicho.
– ¿Pero a qué hora la has llamado? Si apenas es la una de la tarde.
– ¿Y para qué está la noche si no?
– ¿A que la has llamado de madrugada? –Sasha se tapó la cara con la palma de la mano, imaginándose a su madre recorriendo la agenda del móvil a altas horas de la noche.
– Ay, si ella misma me dijo el otro día que sufría de insomnio –se justificó la mujer con aire inocente–. Por cierto, te manda saludos tu antigua tutora del colegio.
– ¿También la has llamado a ella?
– Sí. Ah, y se me olvidaba comentárselo a tu profesora de párvulos; creo que todavía sigue viva. Venga, te dejo que tengo faena –zanjó Alla Stepánovna deprisa y corriendo y colgó.
– ¿Qué pasa? ¿Algo grave? –preguntó Vlad al verle la cara a Sasha.
– En una noche y medio día, mi madre se las ha apañado para contarle a todo Dios que me voy a casar –admitió Sasha con resignación. Prefería que se enterara por ella antes de que se lo soltara cualquier vecina.
– ¿Con quién? –intentó bromear Vlad, pero Sasha le clavó una mirada capaz de fulminarlo en el acto–. ¿Quién es el afortunado?
– ¡Pues el que va a ir por ahí luciendo unos calzoncillos con una cabra! –masculló Sasha entre dientes–. Tú te lo has buscado por armar este circo.
– ¿Y qué querías que les dijera a tus padres? ¿«Ella solita se vino a mi piso» o «Nos conocemos de hace exactamente un día»? Sasha, no te agobies tanto, todo saldrá bien. O a lo mejor es que te doy tanta repulsión... –se hizo el ofendido Vlad, tirando de manipulación barata.
– ¡No me das repulsión, es que eres insoportable! –se cruzó de brazos Sasha.
– ¡Pues estamos en paz, mi amor! –replicó Vlad con sorna.
– ¡Esta noche duermo en mi casa! –afirmó Sasha muy convencida.
– Como mandes, preciosa –contestó Vlad, sabiendo de antemano que acabaría durmiendo en su piso.