Capítulo 13.2. ¿Robin Hoods?
Vlad, Sasha e Irina Petróvna se dirigieron a toda prisa hacia el coche.
— ¿Y qué pasa con la junta? —preguntó Vlad.
— No se preocupe, nos enteraremos de todo; tengo a mi propia gente allí dentro —respondió Irina Petróvna mientras se acomodaba en el vehículo.
— Aleksa, ve urgentemente a la clínica «Nadiya». Ahora mismo te mando la ubicación. Te cuento los detalles cuando nos veamos —grabó Sasha un mensaje de voz para su hermano. Envió notas similares a Oleg y a Ostap. Para cuando el coche de Vlad aparcó cerca de la clínica, Oleg y Alekséi ya estaban montando guardia junto a los portones de entrada.
— ¿Y cómo pensamos entrar ahí? —inquirió Vlad, consciente de que no sería tarea fácil dado el alto muro perimetral coronado con espino electrificado y el puesto de control con guardia.
— Se me ha ocurrido algo. Mis hermanos nos van a echar una mano, pero tú ve quitándote la americana —dijo Sasha con total aplomo.
La chica llamó a sus hermanos y, en cuestión de segundos, ya estaban sentados en el interior del coche de Vlad.
— Alekséi, pásale tu chaqueta de fontanero a Vlad, se va con vosotros. En el puesto de control decís que vais por una llamada de urgencia, que habéis recibido un aviso de que se ha reventado una tubería en el sótano y tenéis que reparar la avería sin falta.
— Buenísima idea —sopesó Irina Petróvna.
— En caso de que se pongan tontos, enseñáis la acreditación de la empresa "Marido por horas". Tiene que colar —aconsejó Sasha.
— Dejen un teléfono encendido en el bolsillo; así oiremos todo lo que pasa dentro y, por si acaso, pondré la grabadora en marcha —añadió Irina Petróvna.
A los hombres los dieron el alto en el puesto de control. Uno de los guardias estuvo haciendo unas llamadas, pero al poco tiempo les permitieron el paso.
— A ver, en el maletero tenía que haber alguna garrafa con lubricante o algo parecido —comentó Sasha bajándose del coche para registrar la parte trasera. Regresó enseguida mostrando dos recipientes plásticos.
— ¿Pasa algo con el coche? —se extrañó Irina Petróvna.
— No. Pero no vamos a dejar a los hombres solos. Propongo organizar una campaña urgente de desratización y desinfección en la clínica «Nadiya» —le guiñó un ojo Sasha.
— ¿También quiere colarse dentro? —captó al vuelo las intenciones de Sasha Irina Petróvna.
— Claro. Confío plenamente en ellos, pero siempre es mejor contar con un plan B —sostuvo Sasha—. ¿Tiene carné de conducir?
— Sí, pero hace años que no cojo el coche —admitió Irina Petróvna.
— ¡Perfecto! A mí es a la que no se lo dieron —protestó Sasha indignada mientras se encaramaba al asiento del conductor. Aquellos alcornoques de examinadores no tenían ni idea de la vida; Sasha sabía conducir de sobra, aunque fuera sin papeles.
Sasha aparcó el coche lo más cerca posible del puesto de control. ¡No iba a cruzar Lev Borísovich todo el recinto a pie!
— ¿Cuál es nuestra historia? —inquirió Irina Petróvna.
— Somos representantes del servicio exterminador de plagas y desinfección. Nos han llamado porque el sótano y el desván están minados de ratas y cucarachas, ¡y esto es una clínica! ¡Y encima privada! —remarcó Sasha alzando el dedo.
Saliendo del coche, caminaron decididas hacia el puesto de control. Ni un atisbo de nerviosismo; en sus rostros no había ni rastro de inquietud. ¡Menudas actrices estaban hechas!
— ¿Se puede saber por qué no fumigan a las ratas de una vez? —soltó Sasha a modo de reclamo a los guardias en lugar de saludar, en cuanto salieron a pedir la documentación—. Las pacientes y las enfermeras no paran de quejarse de que corretean como caballos por mitad de los pasillos.
— ¡Pues es la pura verdad! Petróvich dijo que vio una rata del tamaño de un gato. En el turno anterior le robó el bocadillo del mostrador —admitió uno de los guardias saliendo al paso.
— Menos beber el Petróvich ese y menos ratas se le aparecerían en visiones —le espetó el otro guardia.
— A ver, voy a llamar dentro para avisar de que han llegado.
— Pero que sea rápido, por favor, porque el producto diluido solo tiene una efectividad de dos horas. Si no lo pulverizamos a tiempo, pierde la concentración y no le hace nada a los roedores —mintió Sasha sin pestañear.
— A los humanos, en cambio, sí que les puede afectar —añadió Irina Petróvna.
Los guardias las dejaron pasar de inmediato sin molestarse en comprobar las acreditaciones, en parte porque Sasha llevaba los recipientes destapados y el tufo a lubricante que desprendían era bastante penetrante.
Nada más poner un pie en el recinto de la institución, Sasha e Irina Petróvna se enfundaron dos batas blancas que unas enfermeras habían dejado amontonadas cerca de la entrada y dejaron las garrafas junto a la puerta. Llegaron justo a tiempo: los hombres estaban parlamentando en ese mismo instante con un médico.
— ¡Conque aquí estaban! Tienen medio pabellón inundado. Suban echando leches a la segunda planta antes de que empiece a chorrear agua por los techos —intervino Sasha.
— ¿Pero qué ha ocurrido? —preguntó desconcertado el facultativo.
— ¡Pues las tuberías de nuevo, maldita la hora! Por mucho que las remienden, siguen teniendo fugas por todas partes —soltó Sasha de forma dramática.
— En eso tiene toda la razón —asintió el médico, alejándose a toda prisa en dirección opuesta.
— Nos dividimos —propuso Sasha—. Son tres plantas. Irina Petróvna y Oleg buscan en la primera; Alekséi y yo en la segunda; y Vlad en la tercera. En contacto permanente por móvil —repartió las zonas Sasha. Una pena que Ostap no hubiera podido venir, pero seguro que Vlad se las apañaba.
Todos eran conscientes de que debían actuar a la velocidad de la luz si no querían que los descubrieran, pues había cámaras por todos los rincones.
— ¿Pero qué demonios está pasando? —inquirió Alekséi apresurando el paso tras Sasha.
— No hay tiempo para explicaciones, luego te enteras de todo.
— Tendré derecho a saber en qué fregado me estoy metiendo, digo yo —mormulló Alekséi.
— Bueno, considéralo como el secuestro de un secuestrado —le resumió Sasha.
— ¿O sea que somos como Robin Hood? —sonrió Alekséi.
— Ajá, sobre todo tú —le respondió Sasha y, de pronto, atisbó a través de la rendija de la puerta de una de las habitaciones a Lev Borísovich.
¡Asunto arreglado! ¡Ahora los Robin Hood iban a dar una lección magistral!