Capítulo 9. El Bandido
– Abuela, preséntate, este es Vladislav, mi prometido.
– Qué va a ser tu prometido ni qué niño muerto. Antes las cosas se hacían como Dios manda: el pidredocenas y la presentación oficial a los padres. ¡Si tus propios padres ni siquiera lo han visto el pelo! –resopló la abuela.
– Pues ya ha habido de todo: presentación y petición de mano –le aseguró Sasha con firmeza–. Estuvimos cenando en un restaurante ayer y repasamos todos los detalles. Mis padres están encantados de que estemos juntos.
– ¡Tu madrecita bien que me llamó por teléfono, vaya si me llamó! –replicó la mujer con suficiencia–. Me estuvo contando lo de las ostras, que si sabían a asquerosidad, que si vaya pánico. ¿A que el señorito no fue capaz de pedir algo que se pudiera comer? –inquirió la anciana clavando en Vlad una mirada de reojo de lo más suspicaz.
– ¡Si las pidió ella solita solo para fardar ante las amigas con que había comido ostras! Las acabó rematando papá –apostilló Sasha recordando la escena del restaurante.
– Aquí no hay restaurantes que valgan, así que comeréis lo que hay. Bueno, lo de comer es un decir, porque primero hay que cazar el almuerzo. Id a cambiaros de ropa, que el tiempo no espera. En la ciudad os tocaros la papada, pero aquí el campo no perdona –zanjó la abuela.
Sasha le hizo una seña a Vlad y este bajó todo el equipaje del maletero. Los regalos para la abuela decidieron dejarlos a la vista en plena calle; querían dejarla con la mosca detrás de la oreja y con ganas de cotillear. ¡Ya veríamos quién le ganaba el pulso a quién!
– ¡Abuelo! –chilló Sasha al ver aparecer al abuelo ya cambiado y enfundado en su traje de apicultor.
– ¡Sánechka! –respondió el hombre con los brazos abiertos, y la chica se le colgó de los cuellos dando saltos como una cría.
– ¡Qué ganitas tenía de verte!
– Ya, tanta gana que al final no me enteré del novio por ti, sino por Aleksa –le recriminó el abuelo con retranca.
– ¡Si lo he traído expresamente para que lo conozcáis! No iba a presentaros a cualquiera. Mira, este es Vladislav –lo señaló Sasha indicando al chico, que también se había cambiado de ropa.
– Encantado, Stepán Mijáilovich –le tendió la mano Vlad con educación.
– Igualmente, muchacho. ¿Así que tú eres el valiente que ha decidido domesticar a nuestra Frambuesita? –sonrió el abuelo con media boca.
– ¿Cómo que «domesticar»? ¿Acaso soy una yegua? –saltó Sasha como un resorte, ofendida.
– ¡Qué yegua ni qué yegua, si eres una cabra malencara! –la abrazó el abuelo tirándole de los carrillos.
– ¡Ya decía yo que era una cabra! –le secundó Vlad sin cortarse un pelo.
– Y yo que te iba a tener en cuenta. Anda, rinoceronte, que ya te pasaré factura –le devolvió el recado Sasha a su estilo.
– ¿A qué viene tanto hacer el statue? ¡Abrid los ojos y ponéos a buscar el almuerzo! Sasha, vete a recoger los huevos al gallinero. Y que tu maromo atrape un gallo para la comida, que lo asaré bien crujiente –mandó María Vasílievna.
– Ven, que te hago un tour rápido –le tendió la mano Sasha a Vlad. Conocía de sobra el gallinero de su abuela y al gallo de turno, que pegaba unos picotazos que ya los quisiera para sí cualquier boxeador profesional–. Vlad, entra en el gallinero, pero anda con pies de plomo. Allí vive el Bandido. Es un gallo blanco gigantesco con una cresta roja de infarto. Está más arisco que las piedras, pero la abuela se niega a echarlo a la olla porque canta divinamente al alba. Ten cuidado, porque es un bicho de mucho cuidado.
– Sasha, que te llama Olya por el móvil –se oyó la voz del abuelo a lo lejos. La chica se había dejado el aparato sobre la mesa; total, no iba a cargar con el teléfono para meterse entre gallinas.
– ¡Voy volviendo! –gritó ella, echando a correr hacia la casa y dejando a Vlad solo ante el peligro.
El joven dirigió los ojos hacia el cercado del gallinero y localizó al instante al dichoso Bandido. Visto lo visto, el mote le venía como anillo al dedo.
Vlad jamás en su vida había tenido contacto directo con una gallina ni con un gallo; ni siquiera de crío, cuando iba a los ecozoológicos, se había acercado jamás a la zona de aves de corral. ¿Qué diferencia había entre un gallo y una gallina? Eran todos iguales (por no decir idénticos del pico para abajo). Del único del que se acordaba con pelos y señales era del tal Bandido.
– Bueno, Bandido, te ha llegado la hora –murmuró Vlad abriéndose paso al interior del cercado.
Ay madre, lo que se armó a continuación...