Capítulo 6.1. De compras
Vlad aparcó el coche ante un gran centro comercial lleno de boutiques de ropa de marca. De nuevo, le abrió la puerta a Sasha con toda la galantería. ¡Pero bueno, qué se ha creído! ¡Así cualquiera se acostumbra!
Vlad guio a Sasha hasta una tienda donde los maniquíes lucían trajes de chaqueta femeninos tan bonitos como elegantes.
– ¡Buenas tardes! Necesitamos varios trajes sobrios para esta preciosidad. Pero que sean estilosos y bonitos –le soltó de sopetón Vlad a las dependientas en cuanto se acercaron a ofrecerles ayuda. Las chicas le tomaron la talla a Sasha y salieron zumbando en busca de las mejores opciones. Al cabo de un rato volvieron cargadas con una veintena de trajes.
– Vamos al probador –le sugirió una de las dependientas, y Sasha la siguió.
– ¿Le apetece un café? –le preguntó otra de las chicas a Vlad, intentando coquetear con él.
– Gracias, no. No me voy a aburrir, quiero embelesarme mirando a mi prometida –zanjó Vlad, ganándose unos cuantos puntos más.
En el probador colgaban más de veinte trajes, tanto de pantalón como de falda. Sasha descartó de inmediato los modelos de aspecto totalmente «funerario».
– Con estos estoy de acuerdo, pero este de aquí con un top de encaje en amarillo chispeante o coral es una pasada. Pruébatelo. Tiene que sentarte como un guante. ¿Quieres que te traiga más tops llamativos? –le preguntó la chica con soltura.
– Sí, te lo agradezco un montón –respondió Sasha y empezó a probarse el traje de color frambuesa. Dicho sea de paso, ¿por qué no se podía llenar la oficina de colores vivos?
Apenas se enfundó el conjunto y se miró en el espejo, alguien carraspeó al otro lado de la cortina.
– ¡Ejem, ejem! ¿Se puede echar un vistazo? –preguntó Vlad.
– Sí –contestó Sasha abriendo la cortina y mirándole con suficiencia. ¿Acaso no quería un traje? ¡Toma traje! ¿Y qué si era de color frambuesa?
– Te sienta de miedo –dijo Vlad–. Te propongo que elijas unos cuantos más, porque con los coreanos nos va a tocar vernos más de una vez. Eso sí, te pediría que desfiles un poco para mí.
– Pues entonces a ti te tocará desfilar para mí también –puso su condición Sasha.
– ¡Piedad! ¡Si tengo la escayola! –juntó las manos Vlad en gesto de súplica–. Me eliges tú dos trajes y yo te elijo otros dos a ti. Aunque para ti puedes escoger los que te den la gana.
– ¿No te da miedo arruinarte?
– La joya más valiosa la llevo conmigo –volvió a soltar Vlad la frase que le quitaba a una todas las ganas del mundo de seguir discutiendo. ¡Menudo brujo!
La dependienta trajo un traje negro de falda ajustada y varios tops de colores vivos.
– ¡Justo lo que buscaba! –exclamó Sasha al ver los tops de encaje colorido y la falda con una abertura de lo más atrevida.
La chica se puso el nuevo conjunto a la velocidad de la luz.
– Perfect –murmuró Sasha mirando su reflejo. La falda realzaba su silueta a la perfección y la abertura dejaba volar la imaginación. El top amarillo chillón lucía un escote de lo más sugerente.
Sasha apartó la cortina y salió del probador contoneándose con aires de diva. Desfiló de forma provocativa, luciendo tipazo.
– ¡Nos lo llevamos! –sentenció Vlad con la voz un tanto ronca. ¿Cómo iba a dejarla ir a la oficina con un modelito así? ¡Si se iban a ahogar todos los tíos en su propia baba! Pero había que comprarlo, sí o sí. Que se paseara con él por casa a modo de ropa de estar por casa. ¡Al menos luciría un montón!
Cuando Sasha volvió a meterse en el probador, Vlad sí que le pidió un café a la dependienta. No se esperaba que aquello de probarse la ropa fuera a ponerse tan ardiente.
Sasha se probó un par de trajes más: uno beis, uno verde lima y otro azul cielo. Todos le sentaban de maravilla y, contra todo pronóstico, le encantaron. Pero a la hora de decidir cuáles se iba a llevar, vio las etiquetas y se le salieron los ojos de las órbitas. Apenas le dio tiempo a volverse a poner su ropa cuando, sin pedir permiso, asomó la cara de Vlad por la cortina.
– Ya te han vestido, así que ahora me toca a mí elegir traje, porque si voy a tu lado con esta pinta y con lo llamativa que vas tú, parecerá que me acabo de escapar de la tumba –dijo Vlad para quitarle hierro al asunto.
– Pues sepas que no me ha gustado ninguno –mintió Sasha con descaro.
– Bueno, pues te llevaré yo los que me han entrado por los ojos a mí –zanjó Vlad con picardía, y le pidió a la dependienta que le empaquetara el frambuesa, el beis, el verde lima y el negro con todos sus tops llamativos. Además, le rogó a la chica que le había buscado el conjunto negro más sexy que escogiera dos vestidos más: uno recatado y otro de infarto. Vlad dio el visto bueno a ambos: uno azul clarito y vaporoso, y otro rojo pasión largo hasta el suelo con una raja de infarto y un escote de vértigo. Como consiguiera convencer a Sasha para que se pusiera aquello, a él no le quedaría otra que ir en calzoncillos o con correa de perro. ¡Así era ella, su cabra!
– ¡¿Pero Dios mío?! ¿Por qué hay tantas bolsas? –preguntó Sasha al ver la montaña de bolsas con el logo de la tienda.
– ¡Es todo para mí! –respondió Vlad–. Venga, ahora a vestirme a mí.
– ¡Por fin! ¿Estás listo para lo peor? –preguntó Sasha con saña.
– ¿Acaso tengo opción? No quiero parecer una polilla a tu lado –soltó Vlad de repente.
– ¡Vaya, esto sí que es novedad! –se alegró Sasha. ¡Resultaba que el rinoceronte tenía arreglo!