Capítulo 6.2 Lencería
Siguiendo con la ruta, la pareja se dirigió a una tienda de ropa de caballero.
– Me pongo en tus manos. ¡Elige! –dijo Vlad con aires de grandeza y se sentó en el puf que había junto al probador.
Sasha tomó nota de las tallas y salió de caza. Entre todos los trajes, dio con los que de verdad le hacían gracia. La joven seleccionó cinco opciones: uno azul aciano intenso, uno azul celeste, uno color mostaza, uno de cuadros azul oscuro y otro negro con solapas rojas.
– ¡Pruébatelo! Te toca desfilar a ti –le indicó Sasha sentándose en el puf que acababa de dejar libre Vlad.
El traje le quedaba como un guante. Vlad jamás se habría atrevido a plantearse unos colores tan llamativos. ¿Qué demonios le estaba haciendo Sasha?
El primer conjunto que se probó fue el azul aciano. Sasha dio el visto bueno, aunque apuntó que le faltaba un pañuelo amarillo o coral, o bien una boutonnière. La dependienta trajo al momento varias opciones, y entre ella y Vlad escogieron dos que iban a juego con la ropa de Sasha.
Los siguientes trajes también convencieron tanto a Vlad como a Sasha. Aunque a él le chiflaban los clásicos de toda la vida, terminó comprando todos los modelos que había elegido Alejandra.
– Ahora le toca el turno al calzado –anunció Vlad en cuanto Sasha aprobó la última corbata y él saldó la cuenta.
En la zapatería le compraron a Sasha tres pares: unos salones clásicos negros de tacón de aguja, unos zapatos beis y unas sandalias de tiras en color marfil con tacón. Para rematar, Vlad se emperró en llevarse dos bolsos a juego con el calzado.
– ¡Por fin hemos acabado! –exclamó Sasha radiante.
– ¡Ahora viene lo mejor! –le picó el ojo con picardía Vlad–. La lencería.
– Vaya, ¿a que me voy a comprar la ropa interior yo solita? –bufó Sasha.
– ¡Pues no, hombre! Tú me la compras a mí y yo a ti –le soltó Vlad, dejándola a cuadros–. ¿Te has bloqueado?
– ¡Faltaría más! ¡Te voy a comprar unos calzoncillos de <em>boxer</em> con tanto estampado que no te vas a acordar de mí en lo que te queda de vida! –bromeaba Sasha.
– Ah, ¿sí? Pues entonces yo te compro unas bragas faja y unas medias con liguero –respondió Vlad y puso rumbo a la sección de lencería femenina.
– ¡Pues ármate de valor, rinoceronte! –le gritó la chica a sus espaldas mientras se metía en la tienda de punto y lencería masculina.
Sasha ya conocía la talla y se dedicó a rebuscar la ropa interior más estrafalaria que había en toda la tienda. La dependienta alucinaba con las ocurrencias de Sasha, pero le iba trayendo los modelos de calzoncillos más chitosos. Alejandra se decantó por unos con robots impresos, otros de florecitas, unos con patitos y hasta un par decorados con cabras. ¡Para que aprendiera a volver a llamarla así! ¡Bastante tenía con ser él un macho cabrío con cuernos!
Vlad tampoco perdió el tiempo. Le escogió a Sasha dos conjuntos rojos de encaje, tres negros —de los cuales uno era enteramente de encaje y otro consistía exclusivamente en unas tiras negras que no tapaban absolutamente nada— y dos juegos de tono beis de corte bastante recatado.
– ¿De qué te estás riendo? –le preguntó Sasha en cuanto vio la sonrisa de oreja a oreja de Vlad.
– Me estoy imaginando cómo te quedan esas compras –respondió Vlad, y a Sasha se le encendieron las mejillas al instante.
– ¡Pues todavía no has visto lo que te he comprado yo a ti! –le amenazó Sasha.
– ¡¿Qué hora es?! –cayó en la cuenta Vlad de golpe.
– Las doce menos cuarto –respondió Sasha, acordándose de que a las doce ya debían estar en casa porque Vlad tenía una reunión online de suma importancia–. Vámonos al coche.
Vlad cojeó todo lo rápido que le permitía su maldita escayola hasta el vehículo. Metió los bolsos grandes en el asiento de atrás y le entregó a Sasha la bolsa con la lencería que él mismo había seleccionado con tanto esmero. Que fuera valorando el detalle.
Vlad le abrió la puerta del copiloto, Sasha se sentó, él ocupó el asiento del conductor y colocó el móvil de manera que pudiera presidir la reunión. El hombre se arregló el cuello de la camisa y se echó un vistazo al espejo retrovisor. Jamás se le había ocurrido dirigir una junta desde el coche. Pero claro, con Sasha muchas cosas eran por primera vez. La chica se llevó un dedo a los labios, indicando que iba a portarse como una tumba.
Vlad respiró hondo y pulsó el botón para unirse a la videoconferencia.
– ¡Buenas tardes! –saludó Irina Petróvna, sin poder disimular el asombro. Su jefe no solía moverse de casa y se limitaba a pedir entrega a domicilio, y resulta que ahora estaba en mitad de un coche–. ¿Ya le han quitado la escayola?
– ¡Buenas! No, me la quitan mañana mismo.
Vlad fue despachando los asuntos pendientes mientras echaba un vistazo furtivo a Sasha de vez en cuando. A la chica le picaba la curiosidad por saber qué le había comprado exactamente, así que no pudo resistir la tentación de echarle un ojo a la lencería. Cuantos más conjuntos sacaba de la bolsa, más se iba pareciendo su cara a un tomate. Cuando extrajo una prenda negra que se asemejaba más a una tela de araña que a ropa interior, a Vlad se le escapó una sonrisa floja pese a la gravedad de los temas que debatían con los colegas al ver la expresión de estupefacción de Sasha. Decidió que no podía dejar pasar la oportunidad de hacer un comentario, así que pulsó un botón en la pantalla para silenciar el micrófono y apagar la cámara.
– Sabía perfectamente que este conjunto te iba como anillo al dedo. ¿Te lo probarás en casa? –la estaba picando a propósito Vlad. ¡Menudo bribón!
– ¡Pues póntelo tú! ¡Dios, si llego a saber lo maquiavélico que eres, te compro los calzoncillos con trompa! –berreó Sasha a todo pulmón.
– Eeeehm... Vladislav Vasílievich, ha apagado usted la cámara, pero el micrófono sigue abierto... –se oyó a través de los altavoces del móvil, donde continuaba la reunión virtual, la voz de la secretaria.