Mujer de alquiler

Capítulo 8. Endulzar la vida

Capítulo 8. Endulzar la vida

– Sasha, de verdad, gracias –le dijo Vlad con absoluta seriedad.
– Con un simple «gracias» no te vas a librar –bromeó ella–. Por culpa de tu reunión de negocios he tenido que rechazar a todos mis clientes de hoy.
– Ya te dije que te pagaría por todo el tiempo. Aunque, pensándolo bien, debería contratarte oficialmente en la empresa. Voy a llamar ahora mismo a Irina Petróvna para que te prepare el alta –razonó Vlad con mentalidad de directivo.
– Te pones tan serio y formal cuando hablas de trabajo... Pareces todo un pez gordo –se rio Sasha–. No hace falta que me contrates todavía. Pediré que me dejen hacer las prácticas de traductora aquí. En la universidad nos han mandado buscar un sitio donde hacer las
pasantías. Me estaba volviendo loca pensando a dónde ir, y al final el destino ha resuelto el problema por nosotros.
– El destino, sí –interpretó Vlad las palabras de la joven a su manera.
Subieron juntos al piso. Sasha preparó unos bocadillos rápidos para reponer fuerzas.
– Oye, Vlad, ese traje de color vivo te sienta de infarto. Póntelo para ir al restaurante –le sugirió Sasha mientras cenaban.
– Hecho. Entonces ponte tú el vestido azul. Seguro que vas a dejar a todo el mundo con la boca abierta –le pidió a cambio Vlad.
El vestido en cuestión colgaba dentro del armario. Cuando Sasha se puso a ordenar sus compras después de aquella tarde de tiendas, descubrió que Vlad le había comprado a escondidas dos vestidos maravillosos. Los dos eran espectaculares: uno de corte vaporoso y delicado, y el otro atrevido y pasional.
– De acuerdo –aceptó Sasha sin pensárselo dos veces.
Cuarenta minutos más tarde, Vlad se encontraba en el recibidor frente al espejo, ajustándose el pañuelo frambuesa en la solapa. Aunque Sasha fuera a vestir de otro color, aquel pañuelo combinaba a la perfección con el tono de su cabello. Vlad se sorprendió a sí mismo: jamás le había dado tanta importancia a la ropa, pero con Sasha le apetecía estar impecable.
Cuando la joven salió de su habitación, Vlad se sintió por unos segundos como el príncipe de Cenicienta. Estaba tan delicada y deslumbrantemente hermosa...
– ¿Qué pasa? ¿Voy mal? –preguntó Sasha al ver que él se quedaba callado.
– ¡Estás hecha una auténtica princesa!
– Anda ya, no digas tonterías –agitó la mano Sasha restándole importancia, aunque por dentro el piropo y la reacción de Vlad le habían encantado.
– Tendremos que parar en una floristería antes de irnos –comentó él.
– Vas a malcriar a mi madre a este paso –sonrió ella.
– Solo quiero tener un detalle bonito –respondió Vlad–. ¿Y qué le regalaré a tu padre?
– Si le compras un patito de goma para el coche, le alegras el día –contestó Sasha con total franqueza–. Los colecciona por decenas.
– ¿Un patito? –parpadeó Vlad extrañado.
– Ujum –asintió ella–. Adora su coche y siempre dice que en su vida hay cuatro mujeres imprescindibles: mi madre, mi abuela, yo y su «golondrina». Tiene el salpicadero lleno de patitos y el taller a rebosar. Montó un taller mecánico con Ostap, así que si hay cualquier problema con el coche, te lo dejan como nuevo en un abrir y cerrar de qué.
– Qué afortunado soy con mi prometida –sonrió Vlad, mirándola con devoción–. Es lista, es guapa, cocina de maravilla y encima su familia te arregla cualquier avería.
– Hablas igual que mi abuelo. ¡Literalmente palabra por palabra! Solo te ha faltado añadir: «Y además canta de maravilla».
– Y canta de maravilla –le siguió el juego Vlad–. Por cierto, ¿qué les regalamos a tus abuelos? Que mañana nos toca visita.
– Mañana, antes de salir, pararemos en el mercado. A mi abuela le chiflan las flores, pero le irán mejor unas buenas semillas o arbustos para el jardín, y al abuelo algo para pescar o para sus abejas.
– ¡Vaya! En tu familia todo el mundo tiene sus aficiones. ¿Y tus hermanos? –se interesó Vlad, consciente de que tenía que ir haciendo buenas migas con todos.

– Mis hermanos que se apañen solos. Sobre todo el pepino verde. Ya te digo yo que la abuela no llamó por casualidad... –murmuró Sasha.
– Vamos, preciosidad –la llamó Vlad acercándose a ella, que seguía mirándose al espejo. ¡Hacían una pareja de anuncio! Él con su traje azul aciano y ella con su vestido azul celeste.
Hicieron una parada rápida en la floristería, donde Vlad adquirió un enorme ramo de hortensias azules. A Sasha le sentaban de maravilla. Vlad no pudo resistirse: le hizo varias fotos y luego se le acercó por la espalda para rodearla con los brazos y hacerse un selfi. Para su sorpresa, Sasha no opuso resistencia y le regaló una sonrisa de lo más dulce.
– Con tu permiso, se la mando al abuelo –pidió Vlad–. ¿Y dónde dices que se compran los patitos para tu padre?
– Hay una tienda aquí al lado, vamos.
Vlad escogió no uno, sino tres patitos de goma que, según le aseguró Sasha, aún no formaban parte de la colección de su padre. Al lado había una confitería y, a pesar de los intentos de Sasha por disuadirlo, Vlad compró una tarta enorme y cerca de veinte barritas de chocolate «Paraíso». Sasha no preguntó para qué quería semejante cargamento de dulce. Si los había comprado, por algo sería.
Llegaron en un santiamén al edificio de Sasha a bordo del coche de Vlad. La joven cargó con el ramo de flores, mientras que Vlad se ocupaba de la tarta, los patitos y las barritas de chocolate.
– ¿Para qué quieres tanto chocolate? Con la tarta ya teníamos bastante –no pudo aguantarse la chica.
– Es una ofrenda. Para endulzarnos la vida –le guiñó un ojo él.
Sasha no entendía nada, pero prefirió no hacer más preguntas. ¡Aunque a aquel «pepino verde» de su hermano no le iba a dar ni las migas! Ya le empacharía el azúcar.
Junto al portal volvía a estar apostada la patrulla vecinal, que fichó a la pareja en cuanto el coche pisó el patio. Las vecinas ya estaban cuchicheando sobre qué excusa inventarse para interrogar a Vlad. ¡Menuda ocasión de oro!
– Buenas tardes, damas –las saludó Vlad con su deslumbrante sonrisa blanca–. ¿Saben qué es lo que mejor sienta para la salud? El chocolate. Les deseo que tengan una salud de hierro y que la vida les dé puro placer.
Y así, Vlad empezó a repartir barritas de chocolate a diestro y siniestro entre las presentes, tal como tenía planeado.
– Y para usted, señora, le he guardado tres barritas enteras. Que tenga una vida celestial.
Mientras Vlad iba entregando los chocolates, reinaba la felicidad general, pero en cuanto las vecinas vieron que a una de ellas le tocaban tres de golpe en vez de uno, se le echaron encima como buitres.
– Vaya manera más fina de endulzarles la existencia –comentó Sasha con una sonrisa divertida–. Nos han dejado pasar sin rechistar y todo. Ahora seguro que le amargan la vida a la abuela Tamara por haberla tratado con favoritismo; ya la han coronado como enemiga pública número uno.
– Cosas del dulce vivir –respondió Vlad mientras pulsaba el botón del ascensor.




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