Mujer de alquiler

Capítulo 15.2. ¡Lo va a rematar!

Capítulo 15.2. ¡Lo va a rematar!

Capítulo 15.2. ¡Lo va a rematar!

​— Oh, hola, mamá, es que estábamos... —empezó Sasha, intentando respirar con normalidad y estirándose el vestido hacia abajo, ya que se le había subido un poco debido al empeño de Vlad en comprobar de primera mano si llevaba puesto el conjunto de lencería exacto que él le había elegido.
— ¡Buenas tardes! La culpa es mía, la he retenido yo un momento —intervino Vlad al rescate.
— Aprended —le soltó Alla Stepánovna a sus hijos haciendo un gesto hacia Vlad—. La Sashita es capaz de arrastrar a cualquiera a un convento y provocarlo, y aun así él la disculpa.
— Dile eso a Alekséi —replicó Ostap—. A nosotros nunca nos han echado en cara nada parecido.
— Adelante, por favor —indicó Vlad, abriéndole la puerta del restaurante a la madre de Sasha.
— Gracias. Sashita, más te vale cuidar de tu prometido. No todo el mundo tiene estómago para aguantar tus payasadas, y mucho menos para quererte —espetó Alla Stepánovna con el volumen suficiente para que la escucharan tanto su hija como Vlad.
— Vaya, a lo mejor me quiere precisamente por mis payasadas —se defendió Sasha.
— Si es que lo tuyo no son payasadas, hija mía, es una cuadra entera —añadió Oleg a la machada.
​Los Sribni estuvieron de broma toda la noche. Lev Borísovich ya conocía de antes a Oleg y a Alekséi, pero ni por asomo imaginaba que la familia Sribni fuera tan numerosa. Quienes le causaron una impresión imborrable fueron Maria Vasílievna y Stepán Mijáilovich; el abuelo de Vlad ya estaba con la maleta mental lista para irse con ellos al pueblo a pescar y a zampar varenikes caseros de cerezas.
​Todo el mundo aguardaba el momento de la pedida de mano de Vlad. Hasta el Pepinillo se pasó media cena repitiendo mentalmente el discursito que se había empollado para soltarlo delante de todos, pues consideraba una falta de decoro imperdonable que Vlad pidiera formalmente la mano de Sasha y él se quedara de brazos cruzados.
— Pido un momento de atención —anunció Vlad poniéndose en pie con la copa en la mano—. Quiero dirigirme a todos vosotros para dar las gracias. Gracias por haber traído al mundo y criado a una mujer tan única y deslumbrante —arrancó Vlad.
— Única, un rato... —murmuró entre dientes el Pepinillo, ganándose una mirada fulminante de Sasha que lo hizo encogerse de hombros y hundir la cabeza entre los hombros. ¡Doy gracias a que no le ha lanzado el tenedor a la cabeza!
— Amo a Sasha. Ella ha dado un vuelco a mi vida, a mi rutina, a mis planes, a mi persona, a mis sueños. Es alguien irrepetible y especial —prosiguió Vlad.
— Ajá... —soltó Alekséi, provocando que Olya le propinase un codazo seco en las costillas. ¡No pasa nada, ya se encargaría ella de domesticarlo!
— Quiero hacerla dichosa, ver su sonrisa cada día, escuchar su risa... —había tomado carrerilla Vlad.
— Caballar... —masculló por lo bajo el Pepinillo, recibiendo al instante un pisotón de tacón de Olya por debajo de la mesa para que dejara de sabotear el momento.
— Haré todo lo que esté en mis manos para que cada jornada a mi lado esté llena de alegría y felicidad. Amo a Sasha y os pido su mano en matrimonio, así como vuestra bendición —continuó Vlad haciendo oídos sordos a los comentarios de Alekséi.
​Llegados a este punto, la madre y la abuela de Sasha ya rompieron a llorar desconsoladamente. Les costaba asimilar que su pequeño torbellino indomable estuviera a un paso de pasar por el altar.
— Sed muy felices, hijos míos —acertó a decir Alla Stepánovna.
— Os deseo concordia, respeto mutuo y entendimiento —les bendijo el padre.
— Madre del amor hermoso, pareceme que no me vais a casar, sino a vender como esclava a galeras —protestó Sasha al ver a su madre y a su abuela enjugándose las lágrimas—. ¡A que al final rechazo la propuesta de Vlad para que dejéis de berrear!
— Es que tú siempre tienes que ser la nota discordante. No dejas ni que los padres disfruten de tu felicidad —le recriminó Alla Stepánovna secándose los ojos con un pañuelo.
— ¡Pero si estás llorando tú! —le recordó Sasha.
— ¡Porque son lágrimas de alegría, tonta! —admitió la madre de Sasha.
— Veo el ambiente demasiado tristón y soso para ser una celebración —intervino Lev Borísovich—. ¡Que se besen! ¡Que se besen!
— ¡Que se besen! —corearon todos los Sribni al unísono.
​Sasha se levantó para colocarse junto a Vlad.
— Te amo —le susurró él antes de besarla con ternura.
​Estalló una ovación generalizada y los camareros trajeron los imponentes ramos de flores que Vlad tenía reservados.
— ¿Esto es para mí? —preguntó Olya extrañada, incapaz de dar crédito a que el Pepinillo hubiera tenido semejante detalle.
— S-sí —balbució Alekséi al ver que Vlad le hacía una seña afirmativa con la cabeza.
— Gracias —murmuró Olya con dulzura, aspirando el embriagador aroma de las flores.
— Yo también tengo algo que decir... —empezó Alekséi carraspeando.
— ¿No me digas?! —saltó Sasha. Había llegado su turno de interrumpir al hermano.
— Olya, tú sabes que te quiero. Te quiero desde hace muchísimo. Y me haría el hombre más feliz del mundo si quisieras convertirte en mi esposa —soltó Alekséi a velocidad de ametralladora, aterrorizado por la idea de olvidarse de alguna frase.
— Vaya, hombre, y yo que pensaba que el desgraciado infeliz eras tú —le pinchó Sasha sin piedad.
— ¡Pues claro que era un desgraciado, si solo Olya es capaz de protegerme de una sanguijuela de tu calibre! —estalló Alekséi harto.
— ¡¿Que yo soy una sanguijuela?! —se indignó Sasha—. ¡Si no llega a ser porque veo que te quiere, pedazo de Pepinillo, no te dejaría ni acercarte a ella a cien metros!
— ¡No me distraigas! —bufó Alekséi.
​— ¡Pues no me insultes! —se encendió aún más Sasha.
​Mientras Alekséi intentaba rescatar de su memoria el resto del discurso romántico que llevaba días preparando, Vlad le cogió la mano a Sasha para besarle los nudillos y calmarla; acto seguido, deslizó la suya por debajo de la mesa para empezar a acariciarle suavemente el muslo. ¡Santo remedio! La maniobra surtió efecto inmediato: Sasha se relajó al instante y dejó de acosar verbalmente al Pepinillo. Incluso cuando toda la sala escuchó el «¡Sí!» rotundo de Olya, ella se abstuvo de hacer ningún comentario sardónico, dedicada en cuerpo y alma a maquinar cómo devolverle la jugada a Vlad.
​A mitad de la velada se levantó con la excusa de ir al baño llevándose el bolso de mano. Al regresar, se las apañó con total alevosía para llamar la atención de Vlad, dejando a la vista en el interior de su bolso el encaje negro que él mismo había escogido y que poco antes había estado toqueteando bajo la tela del vestido de Sasha. ¡A que lo iba a rematar! ¡Vaya si lo iba a rematar! Y ahora, ¿cómo demonios se supone que iba a concentrarse en otra cosa el pobre hombre?




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