Capítulo 15.1. ¡Provocadora!
Vlad se había encargado de los ramos con antelación. Había encargado para el restaurante un centro de eustomas rosas, las favoritas de Sasha; un gran ramo de rosas rojas de tallo largo (para que se viera bien desde la ventana) para Alla Stepánovna; rosales en maceta con rosas melocotón (para que pudieran trasplantarlas al jardín) para Maria Vasílievna; y unos lirios blancos para Olya, ya que estaba convencido de que al Pepinillo ni se le pasaría por la cabeza aparearse con un ramo para su prometida. ¡En fin, qué se podía esperar del abuelo con ínfulas de Pepinillo!
— Estás sencillamente fantástica —le dijo Vlad en cuanto Sasha salió de su habitación.
— Gracias. A ti también te sienta de cine ese traje. ¿Qué calzoncillos te has puesto hoy? —le preguntó ella de repente.
— Los de la cabra. Como me compraste la colección entera... A veces me siento como un auténtico chivo expiatorio, pero luego pienso que es por culpa de los calzoncillos y se me pasa —bromeaba Vlad.
— Pues yo llevo puesto un conjunto de encaje negro que enseña prácticamente todo —le susurró Sasha, mordiéndose el labio inferior con picardía.
— Estás poniendo a prueba mi paciencia, Sasha —replicó él acercándose un paso más.
— Qué va, hombre —respondió ella con voz suave, mirándole con unos ojos inocentes dignos de una santa.
— Como sigas jugando con fuego, al final no vamos a ir a ninguna parte —gruñó Vlad con voz ronca, arrinconándola contra la pared. ¡A ver, que su paciencia tampoco era de titanio templado! ¡La biología ya estaba pidiendo a gritos una revolución y casi tenía que comprarse los pantalones dos tallas más grandes!
— Mmm... —atinó a decir Sasha cuando los labios de Vlad trazaron una línea de fuego por su cuello, mientras sus manos recorrían las curvas del vestido explorando su anatomía—. Que... que llegamos tarde.
— Sasha, eres una sinvergüenza de lo peor —murmuró Vlad apartándose de ella a regañadientes, consciente de que debían ser puntuales.
Sasha hacía tiempo que había tomado una firme decisión: estaba más que preparada no solo para convivir bajo el mismo techo, sino para compartir cama. En los últimos tiempos se había dedicado a provocar a Vlad sin disimulo, poniendo a prueba sus límites mientras ella misma se derretía en sus manos, presa de unos besos y caricias que hacían que su estómago se llenara de aleteos. Sabía de sobra que ansiaba fundirse con él en el sentido más literal de la palabra, y por eso las provocaciones iban en aumento: los shorts eran cada vez más cortos, los escotes más pronunciados y los besos más eternos. ¡Una auténtica provocadora con medalla!
Incluso en el coche, de camino al restaurante, acercó peligrosamente su pierna —expuesta al máximo por la vertiginosa abertura del vestido— a la mano de Vlad. ¡Menuda vampiresa!
Vlad le siguió el juego y apoyó la mano en su rodilla, no sin antes desabrocharse el botón superior de la camisa. ¿Qué se supone que podía hacer? Su mano fue ascendiendo con parsimonia, acariciando con extrema delicadeza el muslo de Sasha, que cerró los ojos un instante para entregarse al puro placer del tacto. Pero, en el momento clave, todo se detuvo.
— Ya hemos llegado —anunció Vlad con toda la calma de la que fue capaz, aunque por dentro estaba más que dispuesto a desgarrarle el vestido allí mismo.
— Vaya... —protestó Sasha con un hilillo de voz, con ganas de que la sesión continuara.
— Este juego es de dos —respondió él dándole a entender que había captado perfectamente el mensaje—. Pero cada vez me cuesta más horrores mantener el tipo.
— A mí también —susurró Sasha, observando cómo Vlad rodeaba el vehículo para abrirle la portezuela.
— Tus provocaciones son cada vez más peligrosas y me lo ponen muy difícil. Como sigas así, vas a tener que mudarte temporalmente a casa de tus padres para que yo pueda cumplir la promesa que les hice de no compartir cama antes de la boda —admitió Vlad con franqueza.
— ¡Vaya por Dios! ¿Me estás echando de casa? —empezó a vacilarle ella—. Y yo que pensaba que me ibas a mimar, besar y adorar.
— Sasha, si te dedicas a pasarte la lengua por los labios de frambuesa como acabas de hacer, lo único que me pide el cuerpo es abalanzarme sobre ti y no soltarte en lo que queda de semana —se sinceró él.
— Pues no me sueltes —respondió Sasha volviendo a humedecerse los labios, secos por la cercanía y la respiración febril de Vlad.
El hombre perdió el último reducto de control que le quedaba y se lanzó a besarla con desesperación. Ella se pegó a su cuerpo con todas sus fuerzas, rumiando a qué excusa recurrir para mandar a todo el mundo al cuerno, llevárselo a casa, atrancar la puerta del dormitorio y...
— A ver, ¿cómo pretende enterarse de lo que pasa por el teléfono si solo tiene pajaritos en la cabeza? —resonó de repente la voz de la madre de Sasha a escasos metros, obligando a la pareja a separarse con pesar de aquel beso abrasador.