Capítulo 63 — Un día para nosotros
Al día siguiente desperté con una sensación extraña.
No era miedo.
Era paz.
Durante tanto tiempo había abierto los ojos esperando encontrar un mensaje preocupante, una llamada desconocida o alguna noticia capaz de arruinarme el día, que aquella tranquilidad casi me parecía sospechosa.
Tomé el teléfono de la mesa de noche.
Ninguna amenaza.
Ninguna llamada perdida.
Solo un mensaje de Noah.
Noah: Buenos días, dormilona. ¿Estás despierta?
Sonreí.
Yo: Sí.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Noah: Entonces vístete.
Fruncí el ceño.
Yo: ¿Para qué?
Noah: Confía en mí.
Yo: Eso suena peligrosamente misterioso.
Pasaron unos segundos.
Noah: No hay ningún misterio, Marla. Te lo prometo. Solo quiero llevarte a un lugar.
Me reí.
Por primera vez, la palabra misterio no vino acompañada de miedo.
Me levanté y me preparé sin saber qué había planeado. Cuando salí, Noah estaba esperándome apoyado contra su automóvil, con las manos en los bolsillos.
Llevaba una camisa sencilla y esa expresión seria que hacía que cualquiera pensara que estaba a punto de hablar de negocios.
Pero apenas me vio, sonrió.
—Llegaste.
—Tú me dijiste que me vistiera.
—Y obedeciste.
—No te acostumbres.
Soltó una pequeña risa.
—Ven.
Me abrió la puerta del automóvil y esperó a que subiera.
—¿Ahora sí me vas a decir adónde vamos?
—No.
—Noah.
—Marla.
—Eres insoportable.
—Y aun así me quieres.
Lo miré de reojo.
—Demasiado.
Su sonrisa cambió.
Esa sonrisa que solo aparecía conmigo.
Después de unos minutos llegamos a un pequeño lugar rodeado de árboles. No era lujoso ni extravagante. Era tranquilo, bonito y casi escondido del ruido de la ciudad.
Había mesas al aire libre, música suave y un pequeño jardín.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Por qué?
Noah se encogió de hombros.
—Porque una vez dijiste que te gustaría tener un día sin planes complicados.
Lo miré sorprendida.
—¿Te acuerdas de eso?
—Me acuerdo de muchas cosas que dices.
Nos sentamos.
Pedimos comida, compartimos un postre y pasamos casi dos horas hablando de absolutamente nada importante.
Y fue maravilloso.
Hablamos de películas malas que nos gustaban, de comidas que ninguno sabía preparar, de lugares que queríamos conocer y hasta discutimos seriamente sobre quién era más terco.
—Tú —dije.
—Tú.
—Yo soy razonable.
Noah levantó una ceja.
—Marla, una vez discutiste conmigo durante veinte minutos porque dije que tu libro favorito tenía un final predecible.
—Porque estabas equivocado.
—Eso confirma mi punto.
Le lancé una mirada indignada y él comenzó a reír.
Después de comer caminamos por el jardín.
En un momento, Noah tomó mi mano.
No dijo nada.
Simplemente entrelazó sus dedos con los míos.
Y yo apreté su mano.
—¿Sabes qué quiero? —preguntó.
—¿Qué?
—Más días como este.
Lo miré.
—¿Solo eso?
—No.
Se acercó un poco.
—Quiero muchos más.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Cuántos?
—Todos los que podamos.
Sonreí.
—Eso suena bastante a futuro.
—Lo es.
Nos quedamos frente a frente.
Noah acarició suavemente mi mejilla.
—Quiero conocerte en todas tus versiones —susurró—. Cuando estés feliz, cuando estés cansada, cuando estés insoportable...
—Oye.
Sonrió.
—Cuando tengas sueños nuevos. Cuando cambies de opinión. Cuando quieras viajar. Cuando quieras quedarte en casa escribiendo durante todo un domingo.
Bajé la mirada, intentando esconder la sonrisa.
—¿Y si algún día dejo de ser la misma?
—Entonces te conoceré otra vez.
Levanté los ojos.
No necesitaba decir nada más.
Me besó suavemente.
Fue un beso tranquilo, sin miedo, sin urgencia.
Un beso que no prometía que la vida sería perfecta.
Solo que, mientras pudiéramos elegirnos, ninguno tendría que enfrentarla solo.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Me estás malacostumbrando.