Capítulo 65 — Lo que quiero contigo
Los días que siguieron fueron diferentes.
No porque hubiera ocurrido algo extraordinario.
Precisamente lo contrario.
Eran días normales.
Y por primera vez, los días normales me parecían extraordinarios.
Noah comenzó a aparecer con pequeños detalles que no necesitaban una razón.
Un café cuando sabía que tenía una mañana pesada.
Una flor dejada sobre mi escritorio.
Un mensaje preguntándome si ya había comido.
Una fotografía de algo que había visto durante el día porque, según él, "le recordó a mí".
Y yo empezaba a acostumbrarme a esa versión suya.
La versión que nadie más parecía conocer.
Con los demás podía ser serio, reservado e incluso intimidante.
Conmigo era diferente.
Era el hombre que me preguntaba si tenía frío.
El que acomodaba mi cabello detrás de la oreja cuando me distraía.
El que podía escucharme hablar durante media hora sobre un libro y luego recordar perfectamente cuál había sido mi personaje favorito.
Una tarde estaba sentada leyendo cuando mi teléfono vibró.
Noah: ¿Qué haces?
Yo: Leyendo.
Noah: ¿Dónde?
Yo: En casa.
Noah: Perfecto.
Fruncí el ceño.
Yo: ¿Por qué dices perfecto?
No respondió.
Cinco minutos después escuché el timbre.
Me levanté sorprendida.
Cuando abrí la puerta, Noah estaba ahí.
—¿Qué haces aquí?
—Te dije que tenía una sorpresa.
—No me dijiste nada.
—Por eso es una sorpresa.
Levantó una pequeña bolsa.
—Toma.
La recibí.
Dentro había una libreta.
Era sencilla, de tapa color crema, con pequeñas estrellas doradas.
La miré.
—¿Una libreta?
—Para tus ideas.
—¿Mis ideas?
—Tus historias, viajes, cosas que quieras hacer...
Pasé los dedos por la portada.
—Es preciosa.
—Vi la libreta y pensé en ti.
Sonreí.
—Gracias.
Noah se quedó observándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—Estoy pensando que te estás acostumbrando demasiado rápido a recibir regalos.
—No.
Levanté la libreta.
—Este sí me gustó.
—¿Y los demás no?
—Los demás también.
—Entonces estoy tranquilo.
Entró y nos sentamos en la sala.
Durante un rato hablamos de cualquier cosa.
Después abrí la libreta.
En la primera página escribí:
"Cosas que quiero hacer algún día."
Noah miró por encima de mi hombro.
—¿Qué vas a poner?
—No sé.
—Escribe algo.
Pensé unos segundos.
—Graduarme.
—Eso va primero.
Lo escribí.
—Viajar.
—¿A España?
—Sí.
Lo escribí.
—Publicar mis historias.
—Eso también.
—Conocer lugares nuevos.
—Bien.
—Y...
Me quedé callada.
—¿Y? —preguntó.
Lo miré.
—Tener una vida tranquila.
Su expresión cambió.
—¿Conmigo?
Sonreí.
—Si te portas bien.
Se acercó un poco.
—Entonces tengo que esforzarme.
—Muchísimo.
—¿Algo más?
Pensé.
—Quiero tener una casa bonita.
—¿Cómo?
—No sé. No necesito que sea enorme. Quiero que tenga mucha luz, plantas, una biblioteca...
—Y una cocina grande.
Lo miré sorprendida.
—Te acuerdas.
—De todo.
Sonreí.
—También quiero una habitación para escribir.
—La tendrás.
—¿Y tú qué quieres?
Noah tomó la libreta y escribió algo debajo de mi lista.
Después me la devolvió.
Leí.
"Quiero construir una vida que me haga feliz cuando llegue a casa."
Lo miré.
—Eso es bonito.
—Es lo que quiero.
—¿Y qué tendría esa vida?
Noah me observó durante unos segundos.
—Paz.
Luego agregó:
—Una persona que me espere.
Mi corazón se aceleró.
—Una casa donde podamos hablar hasta tarde.