Hasta que llegue tu Carta

Extra

Después del final

—¡Noah!

Escuché su voz desde la cocina y cerré el libro que estaba leyendo.

—¿Qué pasó?

—¡Ven aquí!

Me levanté inmediatamente.

Cuando llegué a la cocina, encontré a mi esposo frente a la estufa.

Con una cuchara en la mano.

Y una expresión de absoluta confusión.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Miré la olla.

Después lo miré a él.

—¿Por qué huele así?

—Estoy cocinando.

—Eso no responde mi pregunta.

Noah suspiró.

—Intenté preparar la cena.

—¿Y?

—Creo que algo salió mal.

Me acerqué a la olla.

La miré.

—Noah...

—¿Sí?

—¿Qué se supone que es esto?

—Comida.

—Eso ya lo sé.

—Entonces no hay problema.

Me crucé de brazos.

—¿Por qué tiene ese color?

—No sé.

—¿Cuánto tiempo lleva cocinándose?

—No sé.

—¿Seguiste la receta?

—Sí.

—¿Completamente?

Se quedó callado.

—No.

—¡Lo sabía!

Él soltó una carcajada.

—Ven acá.

—No.

—Marla.

—Estoy decepcionada de ti.

—Te voy a comprar comida.

Me quedé pensando.

—¿Pizza?

—Pizza.

—Está bien.

Apagué la estufa.

—La cocina queda oficialmente cerrada.

—¿Hasta cuándo?

—Hasta que aprendas.

—Entonces nunca.

—Exactamente.

---

Más tarde estábamos en el sofá comiendo pizza.

Yo tenía mi libro sobre las piernas.

Noah miraba una película.

—¿Estás leyendo mientras vemos una película?

—Sí.

—Entonces no estás viendo la película.

—Sí estoy viendo.

—No puedes hacer las dos cosas.

—Claro que puedo.

—¿Qué está pasando ahora?

Levanté la mirada.

—No sé.

Él comenzó a reír.

—Ajá.

—Pero sigo teniendo razón.

—No.

—Sí.

—No.

Le lancé un cojín.

—¡No empieces!

Él lo atrapó.

—Violencia doméstica.

—¡Eso fue un cojín!

—Voy a llamar a la policía.

—Hazlo.

—¿Y qué les digo?

—Que tu esposa es canadiense.

Se quedó mirándome.

—Otra vez con eso.

Me reí.

—Nunca lo olvidaré.

—Llevas meses diciendo que eres canadiense.

—Porque lo soy.

—No lo eres.

—Me casé contigo.

—Eso no cambia tu nacionalidad.

—Para mí sí.

Noah negó con la cabeza.

—No hay forma de discutir contigo.

—Exactamente.

---

Unos minutos después, la película terminó.

Yo cerré mi libro.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Me gusta esto.

—¿La pizza?

—También.

Sonreí.

—Esto.

Miré alrededor.

Nuestra sala.

Los libros.

Las fotografías.

La pequeña manta sobre el sofá.

El vaso que Noah había dejado sobre la mesa.

Todo era sencillo.

Pero era nuestro.

—A mí también —dijo.

Me acomodé junto a él.

—Antes pensaba que una vida feliz tenía que ser perfecta.




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