Capítulo 67 — El día que te elegí para siempre
Durante toda la mañana tuve la sensación de que algo estaba pasando.
No sabía qué.
Pero Noah estaba demasiado tranquilo.
Demasiado sonriente.
Demasiado atento.
Y eso me hacía sospechar.
—¿Por qué me miras así? —pregunté mientras desayunábamos.
—¿Así cómo?
—Como si supieras algo que yo no.
Intentó ocultar una sonrisa.
—Quizás sé algo.
—Noah.
—Marla.
—Te conozco.
—Eso espero.
Tomó un sorbo de café.
Yo seguí observándolo.
—Estás raro.
—Estoy nervioso.
La confesión me sorprendió.
—¿Nervioso?
Asintió.
—Un poco.
—¿Por qué?
Me miró durante unos segundos.
—Porque hoy quiero hacer algo importante.
Mi corazón dio un pequeño salto.
—¿Qué cosa?
—Todavía no.
—¡Otra vez!
Se rio.
—Esta vez tendrás que esperar unas horas.
—No me gusta esperar.
—Lo sé.
Extendió la mano sobre la mesa.
Tomé sus dedos.
—¿Es algo malo?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
Me tranquilicé.
—Entonces esperaré.
Él sonrió.
—Gracias.
---
Por la tarde, Noah me pidió que me preparara.
Cuando salí de mi habitación, se quedó mirándome unos segundos.
—Estás preciosa.
—Gracias.
—¿Lista?
—Sí.
Durante el trayecto no dijo prácticamente nada.
Solo mantenía una mano sobre el volante y, de vez en cuando, buscaba mi mano con la otra.
Finalmente reconocí el camino.
Era el mirador.
El mismo lugar donde habíamos hablado de comenzar una vida tranquila.
El mismo lugar donde me había dicho que quería llenar nuestro futuro de recuerdos.
Cuando bajé del automóvil, descubrí que había preparado una pequeña cena.
No era exagerada.
Había una mesa para dos, algunas luces cálidas y flores.
Y al centro había varias fotografías.
Nuestras fotografías.
Me acerqué lentamente.
—¿Hiciste todo esto?
—Sí.
Tomé una fotografía.
Era nuestra primera cita.
Después otra.
La librería.
Otra.
El café.
Otra.
Nosotros caminando juntos.
Cada imagen tenía una pequeña frase escrita detrás.
"El día que descubrí que podía reír contigo."
"El día que entendí que quería conocerte más."
"El día que dejé de imaginar mi futuro solo."
Sentí que los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas.
—Noah...
Él se acercó.
—Quería que recordáramos todo antes de hablar del futuro.
—¿Por qué?
—Porque quiero que sepas algo.
Tomó una de las fotografías.
—No me estoy enamorando de una idea de ti.
Me miró.
—Me enamoré de ti.
Se me escapó una lágrima.
—De tu manera de reír.
Me acarició la mejilla.
—De cómo te emocionas cuando hablas de algo que te gusta.
Otra lágrima cayó.
—De tus libros.
—No llores —susurró.
—No puedo.
Sonrió.
—Entonces llora.
Me reí entre lágrimas.
—De tu carácter.
—Eso no es bonito.
—A mí me gusta.
Se acercó un poco más.
—Me enamoré de tu forma de querer.
Tomó mi mano.
—Y de cómo, incluso después de todo lo que vivimos, todavía eliges creer en algo bonito.
Respiré profundamente.
—Noah...
—Déjame terminar.
Asentí.
Él respiró hondo.
—No sé cómo será cada día de nuestra vida.
—Ni yo.
—Habrá días buenos.
—Y malos.
—Días en los que discutiremos.
—Seguramente.
—Días en los que uno de los dos estará cansado.
—También.
Sonrió.
—Pero quiero estar ahí.
Mi corazón latía cada vez más rápido.
—Quiero estar cuando cumplas tus sueños.
—Quiero verte viajar.
—Quiero conocer contigo todos esos lugares que escribiste en tu libreta.
—Quiero construir esa casa que imaginamos.
—Con la biblioteca.
—La cocina grande.
—Las plantas.
Reí entre lágrimas.
—Y quiero que, cuando algún día seamos viejos, podamos mirar atrás y decir que tuvimos una vida llena de momentos simples.
Se quedó callado.
Entonces tomó mi mano entre las suyas.
—Marla.
Mi respiración se detuvo.
Noah se arrodilló.
Me quedé completamente inmóvil.
—No...
Él sonrió.
—Sí.
Sacó una pequeña caja de su bolsillo.
La abrió.
Dentro había un anillo delicado.
No era exagerado.
Era elegante y sencillo.
Perfecto.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Desde que empezamos a escribirnos, aprendí que algunas personas llegan a nuestra vida de maneras que nunca planeamos.
Levantó la mirada hacia mí.
—Y tú llegaste a la mía para quedarte.
Me cubrí la boca con una mano.
—Noah...
—No quiero prometerte una vida perfecta.
Hizo una pausa.
—Quiero prometerte una vida real.
Una vida con risas.
Con viajes.
Con libros.
Con desayunos apresurados.
Con noches hablando hasta quedarnos dormidos.
Con discusiones tontas y reconciliaciones.
Con sueños nuevos.
Con cambios.
Con días difíciles que enfrentaremos juntos.
Y con muchísimos días como aquel en el que nos dimos cuenta de que podíamos ser felices simplemente estando juntos.
Me miró directamente a los ojos.
—Quiero elegirte cada día.
Respiró profundamente.
—¿Quieres casarte conmigo?
Por unos segundos no pude responder.
Solo lo miré.
Al hombre que había llegado a mi vida a través de una carta.
Al hombre que había terminado convirtiéndose en mi lugar seguro.
Al hombre que ahora estaba frente a mí, esperando mi respuesta.
Me arrodillé frente a él.
—Sí.
Noah cerró los ojos un instante, como si hubiera estado conteniendo el aire.
—¿Sí?
Me reí llorando.