Hasta que llegue tu Carta

Capítulo 64

Capítulo 64 — Si algún día

Había algo extraño en descubrir que la felicidad podía sentirse tan sencilla.

No había mensajes que nos obligaran a preocuparnos.

No había llamadas inesperadas.

No había secretos escondidos detrás de cada conversación.

Solo estaba Noah.

Y yo.

Y esa sensación nueva de poder disfrutar de algo sin preguntarme cuánto tiempo duraría.

Después de aquel día en el jardín, pensé que simplemente volveríamos a casa.

Pero Noah tenía otros planes.

—¿Ya estás cansada? —preguntó mientras conducía.

—Un poco.

—Entonces todavía tenemos tiempo.

Lo miré.

—¿Tiempo para qué?

—Para otra cosa.

—¿Otra sorpresa?

—No exactamente.

—Eso dijiste ayer.

—Ayer funcionó.

—Noah...

Se rio.

—Está bien. Te lo digo.

Hizo una pausa.

—Quiero enseñarte algo.

No pregunté más.

Después de unos minutos, reconocí el camino.

Era una zona mucho más tranquila, con edificios modernos, pequeños cafés y algunas tiendas.

Noah estacionó frente a una librería.

Lo miré sorprendida.

—¿Una librería?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sé que te gustan.

—Eso es un secuestro perfectamente planeado.

—Si quieres escapar, hay una puerta detrás de ti.

—No voy a escapar.

—Lo sé.

Sonrió.

Entramos.

El olor de los libros nuevos me recibió inmediatamente.

Noah se quedó unos pasos detrás mientras yo comenzaba a mirar los estantes.

—No puedo creer que hayas hecho esto.

—¿Qué cosa?

—Traerme aquí.

—Pensé que te gustaría.

—Me encanta.

Y entonces empezó mi problema.

Porque cuando entraba a una librería, perdía completamente la noción del tiempo.

Tomé un libro.

Después otro.

Después uno más.

Noah me observaba con una paciencia casi exagerada.

—¿Cuántos vas a comprar?

—No sé.

—Marla.

—No me presiones.

—Solo pregunté.

—Estás interrumpiendo mi proceso creativo.

—¿Tu proceso creativo?

—Sí. Estoy decidiendo cuáles necesitan venir a casa conmigo.

Él negó con la cabeza.

—Elige los que quieras.

Lo miré.

—¿De verdad?

—Sí.

—No deberías decirme eso.

—¿Por qué?

—Porque voy a aprovecharme.

—Ya lo sé.

Terminé eligiendo tres.

Cuando llegamos a la caja, Noah tomó los libros antes de que yo pudiera pagar.

—No.

—Sí.

—Noah.

—Es un regalo.

—Pero...

—Marla.

Me miró con esa expresión seria que utilizaba cuando quería que dejara de discutir.

—Déjame hacer algo bonito por ti sin convertirlo en una discusión.

Me quedé callada.

Sonreí.

—Está bien.

—Gracias.

—Pero el próximo café lo pago yo.

—Podemos negociar eso.

Salimos de la librería y continuamos caminando.

Noah llevaba la bolsa con mis libros en una mano y la otra estaba entrelazada con la mía.

Era una imagen tan cotidiana que me hizo sonreír.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Estás sonriendo.

—Estoy pensando.

—Eso siempre me preocupa.

—Estoy pensando que esto parece una vida normal.

Noah se detuvo.

—¿Y eso es malo?

Negué con la cabeza.

—No. Es precisamente lo que quiero.

Su mirada se suavizó.

—Yo también.

Seguimos caminando.

Llegamos a una pequeña cafetería.

Nos sentamos cerca de una ventana.

Pedimos dos bebidas y algo para compartir.

Durante un rato hablamos de nuestros sueños.

No de los sueños enormes.

De los pequeños.

—Quiero tener una biblioteca algún día —dije.

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Porque cada vez que entramos a un lugar con libros dices que algún día tendrás una habitación llena de ellos.

—Bueno... es verdad.

—Entonces tendrás tu biblioteca.

—¿Y tú?

Pensó unos segundos.

—Quiero una casa tranquila.




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