Capítulo 68 — Una boda y una canadiense
La mañana siguiente a la propuesta desperté mirando mi mano.
El anillo seguía ahí.
No había sido un sueño.
Estaba comprometida.
Me quedé unos segundos mirando la pequeña piedra mientras una sonrisa aparecía lentamente en mi rostro.
—Voy a casarme...
La frase salió en voz baja.
Y entonces recordé algo.
—¡Voy a casarme!
Me senté de golpe en la cama.
Después volví a mirar el anillo.
—Y sigo siendo canadiense.
No sabía de dónde había salido aquello.
Pero ya era demasiado tarde para detenerlo.
Mi teléfono vibró.
Era Noah.
Noah: Buenos días, futura esposa.
Sonreí inmediatamente.
Yo: Buenos días, futuro esposo.
Aparecieron los tres puntitos.
Noah: ¿Dormiste bien?
Yo: Sí.
Noah: ¿Y?
Yo: Estoy pensando en mi nacionalidad.
La respuesta tardó unos segundos.
Noah: Por favor, no empieces.
Me reí.
Yo: Soy canadiense.
Noah: Eres dominicana.
Yo: Qué poco apoyas mi nueva identidad.
Noah: Te amo, aunque seas insoportable.
Yo: Yo también te amo.
Después llegó otro mensaje.
Noah: Tenemos que empezar a organizar la boda.
Miré la pantalla.
La emoción volvió de golpe.
La boda.
Eso era real.
No era una escena de una de mis historias.
No era algo que estuviera escribiendo.
Era mi vida.
Yo: ¿Ya?
Noah: ¿No quieres casarte?
Yo: ¡Claro que quiero!
Noah: Entonces tenemos trabajo.
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Unas horas después nos encontramos para comenzar a organizar todo.
Noah había preparado una lista.
Yo tenía otra.
Nos sentamos frente a frente.
—Primero el lugar —dijo.
—La comida.
—El lugar.
—La comida es importante.
—Lo sé.
—Muy importante.
—Marla.
—Solo estoy estableciendo prioridades.
Él sonrió.
—Está bien. Comida primero.
—Gracias.
Después empezamos a hablar de invitados.
Ahí descubrimos nuestro primer problema.
Yo quería una boda bonita, pero no demasiado grande.
Noah quería algo íntimo.
Ambos coincidíamos.
Hasta que empezamos a escribir nombres.
—¿A esta persona la invitamos?
—Sí.
—¿Y a esta?
—También.
—¿Y ellos?
—Claro.
Después de unos minutos, la lista ya era enorme.
Noah miró el papel.
—Esto no es una boda pequeña.
—No.
—Esto parece un festival.
—Bueno...
Lo miré.
—La gente nos quiere.
—Eso parece.
—Entonces tenemos que alimentarlos.
Noah soltó una carcajada.
—Otra vez la comida.
—Siempre la comida.
Terminamos riéndonos mientras intentábamos reducir la lista.
Después llegó el momento de elegir el lugar.
Visitamos varios.
Uno era demasiado elegante.
Otro demasiado grande.
Otro tenía demasiadas decoraciones.
Hasta que encontramos uno que nos gustó.
Era un jardín con árboles, pequeñas luces y un espacio abierto para la ceremonia.
Me quedé en silencio al verlo.
Noah se acercó.
—¿Te gusta?
Asentí.
—Mucho.
—¿Por qué?
—Porque parece tranquilo.
Miré las luces.
—Y siento que aquí podríamos ser nosotros.
Noah tomó mi mano.
—Entonces será aquí.
Sonreí.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—¿No vas a discutir?
—No.
—¿Ni siquiera un poco?
—No.
—Qué raro.
—Estoy aprendiendo.
—Bien.
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Días después llegó el momento de buscar mi vestido.
Entré a la tienda con Noah.
Él se quedó afuera mientras yo comenzaba a mirar diferentes modelos.
Una mujer se acercó.
—¿Qué estilo buscas?
Abrí la boca.
La cerré.
Miré a Noah a través del cristal.