Y todavía nos queda tanto por vivir
Dos años después de aquella primera carta, todavía me parecía increíble pensar en todo lo que había ocurrido.
A veces estaba sentada en el sofá de nuestra casa, con un libro entre las manos y Noah preparando café en la cocina, y me preguntaba cómo una simple carta había podido cambiar mi vida de aquella manera.
—¿En qué piensas? —preguntó él desde la cocina.
Levanté la mirada.
—En que antes no sabía que iba a casarme contigo.
—Yo tampoco.
—¿Y qué pensabas cuando me escribiste aquella primera vez?
Noah apareció con dos tazas de café.
—Que eras interesante.
Sonreí.
—¿Solo interesante?
—Muy interesante.
—Eso suena sospechoso.
Él dejó una taza frente a mí y se sentó a mi lado.
—También pensé que probablemente ibas a ignorarme.
Abrí los ojos.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tardabas en responder.
Me llevé una mano al pecho, fingiendo indignación.
—¡Estaba ocupada!
—Claro.
—Tenía cosas importantes que hacer.
—¿Como qué?
Me quedé pensando.
—Leer.
Noah soltó una carcajada.
—Exactamente.
Le di un pequeño golpe en el brazo.
—No te burles.
Él tomó mi mano y besó mis dedos.
—Nunca.
Miré nuestras manos juntas.
Todavía llevaba mi anillo.
Todavía llevaba la pequeña estrella que me había regalado aquella noche antes de pedirme matrimonio.
Y todavía tenía guardada aquella primera carta.
No en un cajón cualquiera.
La había colocado dentro de una caja especial, junto con fotografías, pequeños recuerdos, entradas de nuestros primeros viajes y aquella hoja donde había escrito mis sueños.
La lista había cambiado con el tiempo.
Algunos sueños ya tenían una marca.
Graduarme.
Hecho.
Publicar mis historias.
Hecho.
Viajar.
En proceso.
Tener una casa con una biblioteca.
Hecho.
Tener una cocina grande.
Hecho.
Vivir una vida tranquila con alguien que me quiera de verdad.
Ese sueño no solo estaba cumplido.
Estaba ocurriendo todos los días.
Noah me miró.
—¿Sabes qué quiero?
—¿Qué?
—Otra foto.
—¿Otra?
—Sí.
—Tenemos demasiadas.
—Nunca son demasiadas.
Me levanté riendo.
—Está bien.
Salimos al jardín.
El sol comenzaba a bajar y el cielo tenía ese color que siempre conseguía hacerme pensar en todas las noches en las que habíamos hablado de estrellas.
Noah tomó el teléfono.
—Acércate.
—Estoy cerca.
—Más.
—Noah...
—Marla.
Me acerqué.
Él pasó un brazo alrededor de mi cintura y apoyó la mejilla contra mi cabeza.
La cámara capturó el momento.
Una foto sencilla.
Sin vestidos elegantes.
Sin flores preparadas.
Sin grandes discursos.
Solo nosotros.
Después miré la pantalla.
—Está bonita.
—Porque estás tú.
—Eso fue muy cursi.
—Estoy casado. Tengo permiso.
Me reí.
—Qué conveniente.
Nos quedamos unos segundos mirando el cielo.
—¿Crees que nuestra historia habría sido diferente si aquella carta nunca hubiera llegado? —pregunté.
Noah me miró.
—Probablemente.
—Qué raro pensar eso.
—Por eso me gusta pensar que algunas cosas simplemente encuentran la manera de suceder.
Sonreí.
—¿Como nosotros?
—Como nosotros.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
No sabía qué nos esperaba dentro de cinco años.
No sabía cuántos viajes nos quedarían.
Cuántas fotografías llenarían nuestros álbumes.
Cuántas noches terminaríamos hablando hasta quedarnos dormidos.
No sabía cuándo tendríamos hijos, ni cómo sería nuestra vida cuando llegaran nuevas responsabilidades.
Pero había aprendido algo.
No necesitaba conocer cada detalle del futuro para sentirme feliz.
Porque por primera vez no tenía miedo de lo que vendría.
Tenía curiosidad.
Y eso era diferente.
Noah entrelazó sus dedos con los míos.
—¿En qué piensas ahora?
Sonreí.
—En que todavía nos queda muchísimo por vivir.
—Entonces tendremos que aprovecharlo.
—Sí.
Lo miré.
—Pero hay una cosa que quiero hacer primero.
—¿Qué?
Me levanté rápidamente.
—Comer.
Noah se quedó mirándome.
—¿Eso era todo?
—Es una prioridad.
—Acabamos de cenar.
—Eso fue hace horas.
—Hace exactamente cuarenta minutos.
—Muchísimo tiempo.
Él negó con la cabeza, riéndose.
—Nunca vas a cambiar.
Sonreí.
—Espero que no.
Noah se acercó y me dio un beso suave.
—Yo tampoco quiero que cambies.
Volvimos a entrar en casa tomados de la mano.
La primera carta seguía guardada.
El anillo seguía en mi dedo.
Nuestra casa seguía llenándose poco a poco de recuerdos.
Y nuestra historia...
Nuestra historia seguía escribiéndose.
Porque aquella carta nunca fue el final.
Fue apenas el comienzo.
Y si alguien me hubiera preguntado entonces cómo terminaría todo aquello, probablemente habría respondido que no tenía idea.
Ahora sí sabía algo.
No quería un final.
Quería todos los días que vinieran después.
Todos los desayunos juntos.
Todos los viajes.
Todas las fotografías.
Todas las discusiones tontas.
Todos los besos inesperados.
Todos los sueños nuevos.
Todas las versiones de nosotros que todavía no conocíamos.
Porque algunas historias terminan cuando llega la última página.
Pero la nuestra no.
La nuestra simplemente aprendió a continuar sin necesidad de ser escrita.
FIN.