Capítulo 70 — Nuestra historia continúa
Seis meses después de la boda, todavía me parecía extraño escuchar a alguien decir:
—Tu esposo.
Cada vez que lo escuchaba, miraba automáticamente hacia Noah.
Y él siempre tenía la misma reacción.
Una sonrisa.
Como si todavía tampoco pudiera creerlo.
Nuestra vida no se había convertido mágicamente en una película perfecta después de la boda.
Seguíamos teniendo días cansados.
Días en los que discutíamos por cosas absurdas.
Días en los que uno quería dormir y el otro quería hablar.
Pero también teníamos mañanas tranquilas.
Cenas improvisadas.
Películas en el sofá.
Viajes.
Libros.
Fotografías.
Y una cantidad ridícula de recuerdos nuevos.
Habíamos conseguido aquella casa que tantas veces habíamos imaginado.
No era enorme.
Pero tenía grandes ventanas, mucha luz y un pequeño jardín.
Y, por supuesto, una biblioteca.
Mi biblioteca.
Cuando la vi terminada por primera vez, me quedé completamente quieta.
—Noah...
Él apareció detrás de mí.
—¿Qué?
Miré los estantes llenos de libros.
—Es demasiado bonita.
—Te dije que la tendrías.
—No pensé que fuera a ser así.
Se acercó.
—¿Cómo la imaginabas?
—No sé.
Miré alrededor.
—Pero esta me gusta más.
Noah sonrió.
—Bien.
Señalé un rincón.
—Ese será mi lugar para escribir.
—Ya lo sé.
—¿Y tú dónde vas a sentarte?
—En cualquier sitio.
—No.
Lo miré seriamente.
—Tenemos que compartir.
—Está bien.
Se sentó junto a mí.
—Aquí.
Apoyé la cabeza sobre su hombro.
—Perfecto.
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Nuestra cocina también terminó siendo exactamente como la habíamos imaginado.
Grande.
Cómoda.
Y peligrosa cuando intentábamos cocinar juntos.
Una tarde decidimos preparar la cena.
Error.
—¿Cuánta sal pongo? —preguntó Noah.
—Un poco.
—¿Cuánto es un poco?
—No sé.
—Eso no ayuda.
—Échale menos.
—¿Así?
—Sí.
Probó la comida.
Me miró.
—Creo que está salada.
Probé.
—Está salada.
—Tú dijiste que pusiera un poco.
—¡Porque tú preguntaste cuánto!
—Entonces fue culpa tuya.
—¡No!
Terminamos riéndonos en medio de la cocina.
Al final pedimos comida.
—La próxima vez cocino yo sola —dije.
—No.
—¿Por qué?
—Porque me gusta cocinar contigo.
Lo miré.
—Aunque nos salga mal.
—Especialmente cuando sale mal.
Sonreí.
—Está bien.
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También viajamos.
No a todos los lugares que habíamos soñado todavía.
Pero sí a algunos.
Cada viaje terminaba igual.
Yo tomando demasiadas fotografías.
Noah cargando mis cosas.
Yo diciendo que no necesitaba ayuda.
Y él ayudándome de todos modos.
Una vez me encontró mirando el cielo durante varios minutos.
—¿Qué haces?
—Mirando las estrellas.
—¿Ves algo?
—Sí.
—¿Qué?
Sonreí.
—Un montón de cosas.
Se sentó a mi lado.
—Enséñame.
Le señalé algunas.