Capítulo 20
El amanecer apenas iluminaba la nieve cuando partieron del Refugio de las Cenizas. El aire era tan frío que cada respiro se transformaba en agujas de cristal que ardían en los pulmones. El silencio era casi absoluto, roto solo por el crujido de sus pasos sobre la escarcha endurecida.
Kael abría la marcha con paso firme, vigilando el horizonte como un cazador que nunca baja la guardia. Detrás de él, Liora mantenía sus manos sobre el talismán verde, murmurando oraciones a los antiguos Vigilantes para mantener la protección en torno al grupo. Eira caminaba al centro, con el medallón oculto bajo su capa, aunque sentía cada latido como un tambor en su pecho.
El paisaje era una extensión infinita de hielo y viento. Montañas lejanas parecían espejismos, y en ocasiones, sombras fugaces cruzaban entre las dunas de nieve, demasiado rápidas para ser humanas.
—Nos observan —dijo Liora en voz baja, apenas un susurro llevado por el viento.
Kael no respondió, pero su mano se tensó sobre la empuñadura de su espada.
A medida que avanzaban, el cielo comenzó a oscurecerse, como si una tormenta se formara sin aviso. No era normal: las nubes giraban en espiral, y de vez en cuando, se escuchaban crujidos lejanos, como el hielo resquebrajándose bajo un peso invisible.
Eira cerró los ojos un momento. Sintió el medallón palpitar y, junto a ese pulso, un eco extraño: respiraciones que no eran las suyas, pasos invisibles a pocos metros, como si alguien marchara en paralelo a ellos.
—Kael —susurró con los labios tensos—. No estamos solos.
Entonces, lo vieron. A lo lejos, entre la neblina de nieve, se alzaba una figura alta, cubierta por un manto oscuro que ondeaba sin viento. Su rostro estaba oculto, pero sus ojos brillaban como brasas heladas. No se movía: solo observaba, inmóvil, como un centinela en medio de la tundra.
El corazón de Eira se aceleró. Sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y la certeza de que esa presencia no era un simple enemigo. Era un heraldo.
La figura levantó una mano y la tormenta respondió, girando con más violencia. El suelo tembló bajo sus pies, y grietas comenzaron a abrirse en la superficie helada.
Kael desenfundó su espada, con voz grave.
—¡Es un emisario de los Exiliados! ¡No lo dejen acercarse!
Pero antes de que pudieran reaccionar, la figura se desvaneció, como disuelta en la ventisca. El eco de su risa helada quedó flotando en el aire, grabándose en la memoria de todos ellos.
Eira apretó el medallón contra su pecho.
—Nos está guiando a Skaden… —murmuró, comprendiendo el verdadero mensaje—. Y no descansará hasta que lleguemos.
La tundra volvió al silencio, pero ya no era un silencio vacío: estaba cargado de presencias invisibles, como si cada sombra en la nieve ocultara ojos atentos. El viaje hacia la ciudad helada acababa de empezar, y con él, el juego de los Exiliados.