El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El santuario de las llamas

Capítulo 26:
El amanecer llegó cubierto por ceniza.
La nieve seguía cayendo, pero ahora se mezclaba con pequeñas partículas oscuras que descendían desde el cielo como polvo quemado. El contraste era inquietante: hielo y fuego compartiendo el mismo viento.
Eira observó el horizonte desde lo alto de una colina helada. A lo lejos, entre montañas negras, podía verse un resplandor rojizo elevándose hacia las nubes.
El Santuario de las Llamas.
—Nunca pensé volver allí… —murmuró Darian, con el rostro endurecido por recuerdos que no quería revivir.
Kael ajustó la espada en su espalda.
—Si la Orden del Alba Negra quiere encontrarse con nosotros ahí, significa que prepararon algo grande.
Liora miró a Eira de reojo.
—O quieren juzgarte frente al fuego sagrado.
Eira no respondió.
Desde el encuentro con la Orden, el medallón no había dejado de reaccionar. A veces ardía con un frío insoportable; otras, latía como si tuviera vida propia. Y cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la misma voz:
“Fuego y hielo jamás coexistirán sin sangre.”
El viaje duró dos días.
Mientras más se acercaban al Santuario, menos nieve había. El hielo comenzaba a derretirse bajo sus pies, dejando ver roca negra y grietas por donde escapaba vapor caliente. Los árboles estaban carbonizados, retorcidos como cuerpos atrapados en agonía eterna.
Entonces lo sintieron.
Presencias.
No ocultas. Esperándolos.
Kael levantó el puño y el grupo se detuvo.
Sobre los riscos que rodeaban el camino aparecieron figuras con armaduras oscuras y capas rojas agitadas por el viento caliente. Guerreros de la Orden.
Y en el centro de ellos… el líder.
El mismo hombre de la lanza de obsidiana.
—Llegaron antes de lo esperado —dijo con calma.
Eira dio un paso al frente.
—¿Por qué me trajeron aquí?
El hombre la observó fijamente.
—Porque este es el único lugar donde el fuego puede revelar la verdad del invierno.
Clavó la lanza en el suelo.
La montaña tembló.
Un estruendo profundo sacudió el valle y enormes puertas de piedra comenzaron a abrirse detrás de la Orden. Del interior surgió un resplandor anaranjado tan intenso que parecía el corazón de un volcán.
El Santuario.
Columnas gigantes rodeaban una cámara inmensa atravesada por ríos de lava. En el centro había un círculo marcado con símbolos antiguos, los mismos que Eira había visto en Skaden… pero invertidos.
—Hace siglos —dijo el líder mientras descendían—, aquí se selló a los primeros heraldos del invierno. El fuego fue creado para contener aquello que ustedes llaman legado.
Eira sintió rabia crecer en su pecho.
—¿Contener… o destruir?
El hombre no respondió de inmediato.
Cuando llegaron al centro del círculo, decenas de miembros de la Orden aparecieron alrededor, formando una barrera viva.
Liora retrocedió nerviosa.
—Esto es una trampa.
—Sí —respondió Kael, desenvainando lentamente—. Y ya se cerró.
El líder levantó la mano.
Desde el techo del Santuario descendieron cadenas ardientes cubiertas de runas doradas. Las cadenas comenzaron a moverse como serpientes, rodeando lentamente a Eira.
El medallón explotó en luz azul.
El fuego del Santuario rugió violentamente en respuesta.
Hielo y llamas chocaron en una onda brutal que hizo temblar toda la montaña.
Los guerreros de la Orden retrocedieron.
El líder sonrió por primera vez.
—Ahora lo veo… —susurró—. El invierno realmente te eligió.
Eira levantó la mirada.
Sus ojos plateados brillaban con intensidad sobrenatural.
—Y ustedes cometieron un error al provocarlo.
Entonces el hielo estalló.
Columnas de escarcha surgieron del suelo, atravesando piedra y fuego al mismo tiempo. Las llamas comenzaron a apagarse una tras otra mientras el Santuario entero se cubría de cristal helado.
Y en medio del caos…
algo despertó bajo la montaña.
Un rugido antiguo.
No humano.
No animal.
Algo mucho peor.




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