El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El juicio del Gran Maestre

Capítulo 31:
El Santuario de las Llamas había quedado reducido a un campo de ruinas.
El hielo y el fuego seguían enfrentándose sobre la piedra resquebrajada, como si las propias estaciones se negaran a aceptar la existencia de la otra. Columnas derrumbadas, ríos de lava convertidos en cristal negro y una tormenta de nieve girando bajo un cielo de ceniza eran el único testimonio de la batalla que acababa de terminar.
En medio del silencio, Eira permanecía inmóvil.
El medallón había desaparecido para siempre.
En su pecho, un nuevo símbolo brillaba con un resplandor tenue: un círculo rodeado por cuatro trazos que apuntaban hacia los cuatro puntos cardinales. Era antiguo. Más antiguo que cualquier reino, más antiguo que la Orden del Alba Negra.
El Gran Maestre descendió lentamente entre los restos del santuario. Su capa blanca apenas se movía con el viento.
Cada paso parecía hacer que el mundo contuviera la respiración.
Kael se colocó delante de Eira.
—No darás un paso más.
El anciano lo observó durante unos segundos.
—Todavía tienes el mismo coraje que tenía tu padre.
Kael sintió que el tiempo se detenía.
—¿Conociste a mi padre?
—Luchamos juntos... antes de convertirnos en enemigos.
El silencio volvió a caer sobre todos.
Liora miró a Kael con sorpresa.
Darian cerró los ojos.
Había secretos que llevaban demasiado tiempo enterrados.
El Gran Maestre volvió su atención hacia Eira.
—Antes de decidir tu destino, debes conocer el verdadero origen del mundo.
Con un movimiento lento levantó su bastón.
El aire comenzó a llenarse de diminutas partículas doradas.
La nieve dejó de caer.
Las ruinas desaparecieron.
El sonido del viento se desvaneció.
Un destello cegador envolvió a todos.
Cuando la luz desapareció...
Ya no estaban en el Santuario.
Ante ellos se extendía un valle inmenso cubierto por bosques verdes, ríos cristalinos y montañas donde las cuatro estaciones convivían en perfecta armonía.
Nunca habían visto un lugar así.
En el centro del valle se alzaba un árbol gigantesco.
Sus raíces parecían abrazar el mundo entero.
En una misma rama florecían hojas verdes, flores de primavera, frutos de verano y hojas doradas de otoño, mientras copos de nieve caían suavemente sobre su copa.
—El Árbol del Equilibrio... —susurró Darian, con lágrimas en los ojos.
El Gran Maestre asintió.
—Antes de que existieran los reinos... antes de que nacieran las guerras... solo existía este lugar.
Eira dio un paso al frente.
Podía sentir el árbol llamándola.
Como si reconociera su presencia.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Una risa infantil rompió el silencio.
Todos giraron al mismo tiempo.
Junto al tronco del Árbol del Equilibrio había una niña de unos diez años.
Vestía un abrigo blanco y sostenía un pequeño colgante de cristal.
Al levantar el rostro, Eira sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
La niña era exactamente igual a ella.




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