Capítulo 28:
El Santuario entero vibraba como un corazón al borde del colapso.
Ríos de lava chocaban contra muros de hielo que crecían sin control, llenando el aire de vapor ardiente. Sobre las ruinas, el Devorador de Estaciones observaba a Eira con una quietud antinatural, como si esperara una respuesta que llevaba siglos buscando.
En la mano izquierda de Eira ardía el fuego blanco.
En la derecha, el hielo azul.
Ambos poderes giraban alrededor de su cuerpo sin destruirse entre sí.
Kael retrocedió lentamente.
—Eso… no debería ser posible.
El líder de la Orden del Alba Negra la miró con terror genuino por primera vez.
—Deténganla. ¡Ahora!
Los guerreros avanzaron.
Pero apenas dieron el primer paso, el suelo explotó bajo ellos. Una ola de energía salió del cuerpo de Eira, lanzando fuego y escarcha en todas direcciones. Las armaduras comenzaron a congelarse y arder al mismo tiempo, cubriéndose de grietas luminosas.
Liora levantó un escudo de runas para protegerse.
—¡Eira, contrólate!
Pero Eira apenas podía escucharla.
Las voces regresaban.
Miles de ellas.
Guardianes antiguos. Heraldos olvidados. Reyes enterrados bajo nieve y ceniza.
Todos susurraban la misma frase:
“El equilibrio ha despertado.”
El Devorador rugió.
Esta vez no hubo furia en el sonido.
Hubo miedo.
La criatura dio un paso atrás.
Darian abrió los ojos con incredulidad.
—La bestia… le teme.
Entonces Eira comprendió.
Durante siglos, el mundo había intentado separar el hielo y el fuego, creyendo que eran enemigos eternos. Pero el verdadero desastre comenzó cuando los dividieron.
Ella no era la heredera del invierno.
Era la heredera del equilibrio perdido.
El medallón comenzó a agrietarse.
Kael la vio primero.
—¡Eira! ¡El medallón!
La luz dentro del artefacto se volvió insoportablemente brillante. Fragmentos de hielo cristalino flotaron alrededor de ella mientras símbolos antiguos aparecían en el aire.
El líder de la Orden gritó desesperado:
—¡Mátenla antes de que complete la unión!
Los guerreros cargaron una vez más.
Kael se interpuso.
Su espada chocó contra lanzas de obsidiana mientras Liora liberaba ráfagas de energía verde que iluminaban el Santuario como relámpagos. Darian golpeó el suelo con su bastón, levantando muros de fuego blanco para contener a los soldados.
Pero el verdadero centro de la batalla era Eira.
El Devorador descendió hacia ella.
Cada paso hacía colapsar columnas enteras.
La criatura abrió las fauces y un torrente de fuego negro emergió desde su garganta.
Eira alzó ambas manos.
El hielo y el fuego blanco se fusionaron frente a ella en una espiral brillante.
El impacto sacudió la montaña.
Por un instante, el tiempo pareció detenerse.
Y entonces…
el medallón se rompió.
La explosión de luz atravesó el Santuario, las montañas, las nubes.
En todos los rincones del mundo, la nieve dejó de caer durante un segundo.
El viento se detuvo.
Los mares quedaron inmóviles.
Y una voz antigua habló desde el cielo:
“La puerta ha sido abierta.”
Cuando la luz desapareció, Eira ya no estaba sola.
Detrás de ella, formadas de hielo y fuego entrelazados, aparecieron enormes alas luminosas.
El Devorador retrocedió lentamente.
Incluso la monstruosa criatura entendía lo que acababa de nacer.
Y en algún lugar más allá de las montañas heladas…
algo sonrió en la oscuridad.