Capítulo 62:
—Eira...
La voz volvió a escucharse.
Débil.
Lejana.
Pero perfectamente clara.
Eira permaneció inmóvil.
—Me llamó...
Kael se acercó inmediatamente.
—¿Quién?
—No lo sé.
El Primer Guardián cerró los ojos.
—No respondas.
Eira lo miró.
—¿Por qué?
—Porque hay voces que no buscan ser escuchadas.
Buscan ser invitadas.
Un escalofrío recorrió la sala.
Darian se acercó a una de las ventanas.
La Ciudad de Cristal estaba cambiando.
Las torres que hasta hacía unos minutos brillaban con una luz azulada comenzaban a oscurecerse.
Una tras otra.
—La ciudad está perdiendo energía.
El Guardián negó.
—No.
Está cerrando sus defensas.
Liora frunció el ceño.
—¿Contra qué?
Antes de que pudiera responder...
¡BOOOOM!
Una enorme onda de energía atravesó la ciudad.
Las ventanas vibraron.
Las cuatro esferas de la cámara comenzaron a girar violentamente.
El símbolo del Equilibrio apareció sobre el suelo.
Pero algo estaba mal.
En el centro del símbolo apareció una quinta marca.
Negra.
Pequeña.
Pero perfectamente definida.
El Primer Guardián se quedó sin palabras.
—Eso es imposible...
Eira observó la marca.
—¿Qué significa?
—Que alguien está intentando reconstruir lo que Aren destruyó.
Kael desenvainó la espada.
—¿Aren?
—No necesariamente.
El Guardián levantó la mirada.
—Aren creó la quinta verdad...
Pero no fue el único que conoció su secreto.
Un ruido recorrió los pasillos.
Pasos.
Lentos.
Pesados.
Cada vez más cercanos.
Kael se colocó delante de Eira.
Liora levantó su bastón.
Darian abrió su libro.
El Gran Maestre tomó su antiguo bastón con ambas manos.
El Primer Guardián permaneció en el centro de la sala.
—No ataquen.
Los pasos se detuvieron.
Una figura apareció al final del corredor.
Era una mujer.
Vestía una túnica blanca.
Su cabello era completamente plateado.
Y sus ojos...
Eran negros.
La mujer caminó lentamente hacia ellos.
—No deberían haber despertado al Guardián.
Kael apuntó su espada.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió.
—Una de las últimas habitantes de Valkaria.
Eira sintió un escalofrío.
El Primer Guardián dio un paso adelante.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque Valkaria desapareció hace mil años.
La mujer inclinó la cabeza.
—La ciudad desapareció.
Nosotros no.
Todos quedaron en silencio.
La mujer miró directamente a Eira.
—Y tú...
Eres mucho más parecida a ella de lo que imaginas.
Eira sintió que la marca de su muñeca ardía.
—¿A quién?
La mujer sonrió.
—A la primera reina de Valkaria.
El Primer Guardián reaccionó de inmediato.
—¡No!
Una explosión de luz blanca atravesó la habitación.
La mujer desapareció.
Solo quedó una pequeña pluma negra flotando en el aire.
Eira la atrapó antes de que tocara el suelo.
En cuanto sus dedos la tocaron...
Vio una ciudad.
Vio Valkaria.
Pero no como una ciudad maldita.
La vio en todo su esplendor.
Torres doradas.
Calles llenas de personas.
Niños jugando.
Músicos.
Mercados.
Y en el centro de todo...
Una mujer sentada sobre un trono.
Una corona de cristal blanco sobre su cabeza.
La mujer levantó lentamente el rostro.
Miró directamente a Eira.
Y sonrió.
Después pronunció una frase:
"Hija mía..."
Eira abrió los ojos de golpe.
La visión desapareció.
La pluma negra se convirtió en ceniza.
Nadie habló.
El Primer Guardián observaba a Eira con una expresión que ella jamás había visto en su rostro.
Miedo.
Verdadero miedo.
—¿Qué viste? —preguntó.
Eira tragó saliva.
—A una reina.
El Guardián cerró los ojos.
—¿Qué te dijo?
Eira lo miró.
—Me llamó...
Hija.
El Primer Guardián palideció.
Y, desde las profundidades de la ciudad...
Una quinta campana comenzó a sonar