Capítulo 55:
El sendero violeta se cerró detrás del Gran Maestre.
El bosque desapareció.
No había árboles.
No había cielo.
Solo un inmenso salón de piedra iluminado por cientos de antorchas.
El anciano observó a su alrededor.
El lugar le resultaba extrañamente familiar.
En el centro del salón había una espada clavada en el suelo.
Era una espada de cristal.
Su hoja estaba cubierta de grietas.
Cuando el Gran Maestre dio un paso hacia ella...
Una voz habló a sus espaldas.
—Ha pasado mucho tiempo...
¿No es así... viejo amigo?
El anciano se giró lentamente.
Frente a él había un hombre vestido con una armadura blanca.
Era joven.
Fuerte.
Y sonreía con tristeza.
El Gran Maestre sintió que el corazón se detenía.
—Yo...
Te conozco...
El hombre asintió.
—Claro que sí.
Luchamos juntos.
Reímos juntos.
Juramos proteger el Equilibrio juntos.
Entonces el Gran Maestre vio sus propias manos.
Ya no eran las de un anciano.
Eran las de un joven guerrero.
Un torrente de recuerdos cruzó su mente.
Cinco guardianes alrededor del Árbol del Equilibrio.
El Fundador colocando una mano sobre sus hombros.
El Rey de la Noche Blanca riendo junto a ellos.
Y un juramento pronunciado al unísono:
"Mientras permanezcamos unidos, ninguna oscuridad vencerá."
La visión desapareció.
El salón volvió a quedar en silencio.
El joven guerrero caminó hasta la espada agrietada.
—¿Recuerdas este día?
El Gran Maestre bajó la cabeza.
Fragmentos de memoria comenzaron a regresar.
Una batalla.
Gritos.
La Oscuridad avanzando.
Y él...
Tomando una decisión desesperada.
—No...
Susurró.
—No quería hacerlo...
El joven lo observó sin odio.
—Lo sé.
Pensabas que era la única salida.
El Gran Maestre cayó de rodillas.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Fui yo...
Yo rompí el juramento.
Yo separé a los Guardianes.
Yo permití que el mundo se dividiera.
El silencio se hizo absoluto.
Después de unos instantes, el joven colocó una mano sobre su hombro.
—Sí.
Cometiste un error.
Uno que cambió la historia.
Pero escucha con atención.
El Gran Maestre levantó lentamente la mirada.
El joven sonrió.
—No eres el único responsable.
Todos fallamos aquel día.
El peso que has llevado durante mil años...
Nunca te perteneció solo a ti.
El anciano rompió a llorar.
Era la primera vez que alguien le perdonaba.
Y la primera vez que se perdonaba a sí mismo.
En ese instante, la espada de cristal comenzó a reconstruirse.
Las grietas desaparecieron una tras otra.
El joven dio unos pasos hacia atrás.
Su cuerpo empezó a convertirse en luz.
—Aún no recuerdas mi nombre.
Pero algún día lo harás.
Y cuando ese día llegue...
Comprenderás por qué seguimos esperándote.
El salón desapareció.
El Gran Maestre abrió los ojos.
Había regresado junto a Sylvar.
Todos corrieron hacia él.
Eira lo abrazó sin decir una palabra.
Kael sonrió.
Liora tenía lágrimas en los ojos.
Darian comprendió que algo importante había ocurrido.
Sylvar inclinó lentamente sus ramas.
—Has superado la Prueba de la Redención.
No porque hayas borrado tu pasado.
Sino porque decidiste caminar junto a él.
El Gran Maestre respiró profundamente.
Miró a sus compañeros.
Y por primera vez desde que despertó sin memoria...
Habló con absoluta seguridad.
—No recuerdo todos los nombres...
No recuerdo todas las batallas...
Pero recuerdo una promesa.
Miró a Eira.
—Y esta vez...
No volveré a romperla.
En ese instante, las raíces del Árbol Testigo comenzaron a moverse.
Los cinco senderos desaparecieron.
En su lugar surgió un único camino de cristal blanco.
Sylvar observó al grupo con solemnidad.
—Han superado las pruebas individuales.
Ahora comienza la última.
La única que ningún Guardián puede superar solo.
La prueba del vínculo.
La prueba del grupo.
Porque el Equilibrio jamás fue obra de un héroe...
Sino de quienes decidieron confiar unos en otros.
A lo lejos, entre la niebla, comenzó a distinguirse la silueta de un inmenso portal de cristal.
La entrada hacia la legendaria Ciudad de Cristal.