Capítulo 38:
Las puertas se abrieron con un estruendo profundo.
No eran de madera ni de piedra.
Estaban hechas de cristal translúcido, atravesadas por miles de líneas de luz que cambiaban de color como si respiraran.
El grupo permaneció inmóvil.
Más allá de las puertas no había oscuridad.
Había un cielo.
Uno imposible.
Eira dio el primer paso.
En cuanto cruzó el umbral, sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no estaba en la montaña.
La Biblioteca era infinita.
Estanterías gigantescas se extendían hasta perderse entre las nubes. En lugar de libros, cada estante sostenía esferas de cristal, pergaminos flotantes y pequeños fragmentos de luz que susurraban nombres olvidados.
No existían paredes.
Solo puentes suspendidos en el vacío que unían incontables salas.
Cada sala parecía pertenecer a una época diferente.
Algunas estaban cubiertas por nieve.
Otras ardían bajo un sol eterno.
Unas más estaban invadidas por raíces gigantescas o por hojas doradas que nunca tocaban el suelo.
Liora observó maravillada.
—Es... imposible.
Darian negó lentamente.
—No.
Es más antigua que los reinos.
Más antigua que los Guardianes.
El Rey de la Noche Blanca caminó en silencio.
Parecía conocer aquel lugar.
Eso no pasó desapercibido para Eira.
—¿Ya habías estado aquí?
El Rey tardó unos segundos en responder.
—Hace mucho tiempo.
Antes de que me llamaran Rey.
Antes de que el mundo olvidara mi nombre.
Eira quiso hacer más preguntas, pero una voz suave interrumpió el momento.
—Bienvenidos...
Todos giraron al instante.
Una anciana estaba sentada detrás de un enorme escritorio de madera blanca.
Vestía una túnica gris y tenía el cabello completamente plateado.
Sus ojos eran de un color imposible.
Uno era dorado.
El otro, azul.
Sonrió con tranquilidad.
—Los estaba esperando.
Kael dio un paso al frente.
—¿Quién eres?
La mujer cerró con cuidado el libro que tenía entre las manos.
—Soy la Bibliotecaria.
No dijo su nombre.
Como si ya no lo necesitara.
—Hace siglos dejé de contar el tiempo.
Ahora solo cuido los recuerdos.
Eira sintió que aquella mujer la observaba con una mezcla de curiosidad y tristeza.
—Así que tú eres la nueva Heredera...
La Bibliotecaria suspiró.
—Esperaba que tardaras un poco más.
Antes de que alguien pudiera responder, un fuerte estruendo sacudió toda la Biblioteca.
Las estanterías comenzaron a temblar.
Varias esferas de cristal cayeron al vacío.
La expresión de la Bibliotecaria cambió de inmediato.
Ya no sonreía.
—No...
Miró hacia las profundidades de la Biblioteca.
—Él despertó.
Darian sintió un escalofrío.
—¿Quién?
La anciana respondió con una voz apenas audible.
—El Archivista.
Kael frunció el ceño.
—¿Otro guardián?
Ella negó lentamente.
—No.
Es el único ser capaz de leer todos los recuerdos del mundo.
Y cuando despierta...
Busca borrar aquellos que considera peligrosos.
La Bibliotecaria fijó la vista en Eira.
—Y tú...
Eres el recuerdo que más desea eliminar.
En ese instante, un sonido metálico recorrió toda la Biblioteca.
Como si alguien arrastrara una enorme cadena por el suelo.
Las luces comenzaron a apagarse una tras otra.
Una sombra gigantesca apareció al final del pasillo principal.
No caminaba.
Se deslizaba.
Lentamente.
Sin hacer un solo movimiento.
Y, aun así...
Se acercaba.