El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El Pergamino Sellado

Capítulo 44:
El nombre permanecía inmóvil.
EIRA.
Grabado sobre el sello azul como si hubiera esperado siglos por aquel momento.
Nadie respiraba.
Ni Kael.
Ni Liora.
Ni Darian.
Ni siquiera el Rey de la Noche Blanca apartaba la vista del pergamino.
Eira dio un paso.
Luego otro.
Sus manos temblaban.
—¿Cómo...?
Su voz apenas era un susurro.
—¿Cómo puede estar mi nombre aquí?
La Bibliotecaria bajó lentamente la cabeza.
—Porque alguien quiso que llegaras hasta este lugar.
Eira extendió la mano.
Sus dedos tocaron el pergamino.
El sello comenzó a emitir una luz azul.
Una voz antigua resonó por todo el Salón.
"Solo la portadora del verdadero nombre podrá romper este sello."
El aire se volvió pesado.
Eira miró al Archivista.
—Mi nombre está escrito aquí.
¿Por qué no se abre?
El Archivista respondió sin emoción.
—Porque "Eira" no es tu verdadero nombre.
Aquellas palabras golpearon al grupo como un rayo.
Kael dio un paso atrás.
—¿Qué estás diciendo?
—Los nombres que reciben los niños al nacer...
No siempre son los nombres que el mundo les concede.
La Bibliotecaria continuó.
—El verdadero nombre de una persona representa su esencia.
No puede elegirse.
No puede copiarse.
Y casi nadie llega a conocerlo.
Eira sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Si Eira no era su verdadero nombre...
Entonces...
¿Quién era ella?
De pronto, el sello del pergamino comenzó a agrietarse.
Pero no porque Eira lo hubiera abierto.
Algo estaba intentando romperlo desde dentro.
Una pequeña grieta apareció.
Luego otra.
Y otra más.
Del interior empezó a escapar una luz blanca.
El Archivista levantó la voz por primera vez.
—¡Aléjense!
Todos retrocedieron.
La caja de cristal estalló.
El pergamino salió despedido hacia el techo.
Giró una vez.
Dos veces.
Y quedó suspendido en el aire.
El sello se rompió por completo.
Pero el pergamino...
No se abrió.
En lugar de eso...
Comenzó a arder con una llama azul.
Las letras escritas sobre él desaparecieron una tras otra.
Como si alguien las estuviera borrando en ese mismo instante.
La Bibliotecaria cayó de rodillas.
—No...
Llegó demasiado tarde...
El Rey de la Noche Blanca cerró los puños.
—Lo encontraron.
Eira sintió un escalofrío.
—¿Quiénes?
Entonces, desde lo más profundo del Salón de los Nombres Perdidos, una voz desconocida respondió.
Con calma.
Con autoridad.
Y con un tono que heló el alma de todos.
—Nosotros.
La oscuridad comenzó a moverse.
No era una persona.
No era una bestia.
Eran doce figuras encapuchadas, inmóviles entre las sombras, como si hubieran estado observándolos desde antes de que entraran.
La Bibliotecaria susurró el nombre que había permanecido prohibido durante mil años.
—El Círculo del Vacío...
Y por primera vez...
El Rey de la Noche Blanca dio un paso atrás.




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