Capítulo 50:
El primer paso dentro del bosque fue suficiente para comprender que aquel lugar no pertenecía al mundo conocido.
Los árboles no tenían corteza.
Sus troncos eran de cristal azul transparente.
En su interior fluían pequeñas corrientes de luz que ascendían lentamente hasta las ramas, como si cada árbol tuviera un corazón latiendo en silencio.
No había viento.
Y, aun así, las hojas tintineaban como campanas de cristal.
Eira levantó la vista.
Miles de pequeñas partículas luminosas flotaban entre las copas, iluminando el sendero con una luz suave.
—Es... hermoso —susurró Liora.
Darian negó lentamente.
—No.
Es sagrado.
Nadie debería haber encontrado este lugar.
La Pluma del Fundador volvió a brillar.
Esta vez, avanzó unos centímetros en el aire, como si invitara al grupo a seguirla.
Kael sonrió por primera vez en varios días.
—Parece que ya tenemos guía.
Mientras caminaban, el Gran Maestre acarició uno de los árboles.
En el instante en que sus dedos tocaron el cristal, una imagen apareció frente a él.
Cinco jóvenes reían alrededor de una fogata.
Uno de ellos levantó una copa y dijo:
—Prometan que, pase lo que pase...
Siempre volveremos a reunirnos aquí.
La visión desapareció.
El anciano cerró los ojos.
Una lágrima cayó sobre el cristal.
—Los conocía...
No recuerdo sus nombres...
Pero los conocía.
El Rey de la Noche Blanca observó la escena sin interrumpir.
Su rostro reflejaba una mezcla de culpa y nostalgia.
Después de varias horas de camino, el grupo llegó a un claro.
En el centro se alzaba un árbol inmenso.
Era mucho más grande que los demás.
Su tronco estaba formado por cristal completamente blanco.
En sus ramas crecían hojas de los cuatro colores de las estaciones.
Invierno.
Primavera.
Verano.
Otoño.
Eira sintió que el símbolo de la corona en su muñeca comenzaba a brillar.
La Pluma del Fundador salió de su mano y flotó lentamente hasta posarse sobre una de las raíces.
Entonces...
El árbol abrió los ojos.
Dos enormes ojos plateados aparecieron en el tronco.
No había miedo en ellos.
Solo una infinita sabiduría.
La voz del árbol era profunda.
Antigua.
Tan serena como el paso de los siglos.
—Bienvenida...
Heredera del Equilibrio.
Todos retrocedieron sorprendidos.
Solo Eira permaneció inmóvil.
—¿Quién eres?
El árbol respondió:
—Soy Sylvar, el último Árbol Testigo.
Vi nacer el Primer Reino.
Vi la caída de Valkaria.
Y vi al Fundador llorar por primera vez.
El silencio envolvió al grupo.
Incluso el Rey de la Noche Blanca bajó la cabeza en señal de respeto.
Sylvar continuó.
—El Fundador los ha enviado porque el tiempo se está agotando.
El Primer Guardián ya no puede sostener solo el peso del sello.
Eira dio un paso adelante.
—Entonces debemos llegar a la Ciudad de Cristal cuanto antes.
Sylvar negó lentamente.
—Antes de encontrar la ciudad...
Deben demostrar que aún son dignos de entrar en ella.
Las raíces del enorme árbol comenzaron a moverse.
Frente al grupo emergieron cinco senderos de cristal.
Cada uno brillaba con un color distinto.
Sylvar habló con solemnidad.
—Cada sendero pondrá a prueba un aspecto del corazón.
No la fuerza.
No la magia.
Sino aquello que realmente los define.
Y añadió unas palabras que dejaron a todos pensativos:
"Quien mienta al bosque... jamás encontrará el camino de regreso."
Las raíces siguieron creciendo.
Los cinco senderos se separaron lentamente.
Cada uno parecía llamar a un miembro distinto del grupo.
Y Eira comprendió que, para seguir adelante...
Tendrían que enfrentarse a ellos mismos.