Capítulo 54:
El sendero dorado resplandeció.
No emitía calor.
No emitía frío.
Solo una luz tranquila que parecía envolver todo el bosque.
Sylvar dirigió su mirada hacia Darian.
—La sabiduría no consiste en acumular conocimientos.
Consiste en saber cuándo el conocimiento no basta.
Darian inclinó la cabeza con respeto.
Tomó aire.
Y dio un paso hacia el sendero.
La luz desapareció.
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontraba en una inmensa biblioteca circular.
Era mucho más grande que la Biblioteca de los Ecos.
No había puertas.
No había ventanas.
Solo interminables estanterías que parecían perderse en el infinito.
Miles de libros flotaban lentamente sobre su cabeza.
En el centro de la sala había una mesa de piedra.
Sobre ella descansaba un único libro.
Completamente blanco.
Sin título.
Sin símbolos.
Darian se acercó.
Al abrirlo...
Las páginas estaban vacías.
Una voz surgió desde todas partes.
Era la voz de Sylvar.
—Escribe la verdad absoluta.
Darian sonrió con confianza.
Tomó la pluma.
Comenzó a escribir.
Pero, en cuanto terminó la primera frase...
Las palabras desaparecieron.
Lo intentó una segunda vez.
Y una tercera.
Siempre ocurría lo mismo.
Frunció el ceño.
—¿Por qué?
La voz respondió:
—Porque la verdad absoluta no pertenece a un solo hombre.
Darian caminó entre las estanterías.
Cada libro contenía una versión distinta de la historia.
En uno, el Rey de la Noche Blanca era un héroe.
En otro, era un tirano.
En uno, el Fundador había salvado al mundo.
En otro, había condenado a los reinos.
Ningún libro coincidía con el anterior.
Darian comenzó a desesperarse.
—¡Entonces cuál es la verdad!
La biblioteca quedó en silencio.
Tras unos instantes, una niña apareció frente a él.
Tendría unos doce años.
Llevaba un libro entre las manos.
—¿Por qué buscas una sola respuesta?
Darian la observó con curiosidad.
—Porque necesito comprender.
La niña sonrió.
—Comprender no siempre significa tener razón.
Le entregó el libro.
Esta vez, las páginas seguían en blanco.
—¿Qué debo escribir?
La niña negó con dulzura.
—Nada.
Déjalo vacío.
Darian permaneció inmóvil.
Entonces comprendió.
Cerró lentamente el libro.
Lo dejó sobre la mesa.
Y dijo:
—Hay preguntas que solo pueden responderse caminando.
No leyéndolas.
La biblioteca comenzó a iluminarse.
Todos los libros se abrieron al mismo tiempo.
Sus páginas dejaron escapar miles de pequeñas luces doradas.
La voz de Sylvar resonó una vez más.
—Quien cree saberlo todo...
Deja de aprender.
Has comprendido la esencia de la sabiduría.
Todo desapareció.
Darian volvió a abrir los ojos.
Estaba otra vez frente al Árbol Testigo.
Sonreía con serenidad.
Kael se acercó.
—¿Qué había en el libro?
Darian soltó una leve risa.
—Nada.
Y, precisamente por eso...
Lo contenía todo.
Sylvar inclinó lentamente sus ramas.
—Has superado la cuarta prueba.
El sendero dorado perdió su brillo.
Entonces...
El último sendero comenzó a iluminarse.
Era de un profundo color violeta.
El aire se volvió más frío.
El Gran Maestre permanecía inmóvil.
Sabía que aquella prueba sería distinta.
No solo debía recuperar sus recuerdos.
Debía enfrentarse a ellos.
Sylvar habló con solemnidad.
—Ha llegado el momento de la Redención.
El anciano respiró profundamente.
Por primera vez desde que perdió la memoria...
Sintió miedo.
Pero también esperanza.
Sin decir una sola palabra...
Entró en el sendero violeta.