Capítulo 72:
La puerta se cerró detrás de ellos.
Durante unos segundos, nadie se movió.
No había ciudad.
No había cielo.
No había rastro de la criatura.
Solo nieve.
Una inmensa llanura blanca se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
El viento soplaba con una fuerza extraña, levantando pequeños cristales de hielo que brillaban como estrellas.
Eira fue la primera en hablar.
—¿Dónde estamos?
Cael miró alrededor.
Por primera vez desde que lo conocían, parecía completamente perdido.
—En el lugar que mi pueblo buscó durante generaciones.
Aster clavó su espada en la nieve para sostenerse.
—El Santuario del Primer Invierno.
Frente a ellos, en lo alto de una montaña, se alzaba una estructura gigantesca.
No parecía un templo.
Parecía una ciudad construida dentro de hielo.
Torres blancas.
Puentes suspendidos.
Columnas cubiertas de runas.
Y en el centro, una enorme puerta de cristal.
Eira sintió que algo dentro de ella respondía.
La marca de su mano comenzó a brillar.
Entonces escuchó una melodía.
La canción de Aurelia.
Pero esta vez no provenía de un recuerdo.
Venía del santuario.
—Está allí —susurró.
Liora se acercó.
—¿Qué?
—La respuesta.
Darian negó lentamente.
—Después de todo lo que hemos descubierto, ya no estoy seguro de que exista una sola respuesta.
El Gran Maestre lo miró.
—Tal vez nunca existió.
Kael observó el santuario.
—Entonces, ¿qué buscamos?
Eira levantó la mirada.
—A mí.
Nadie respondió.
Porque todos comprendieron lo que significaba.
Comenzaron a subir.
Cada paso hundía sus botas en la nieve.
Pero después de unos minutos, Eira notó algo extraño.
No tenía frío.
Al contrario.
Sentía calor.
Como si el santuario la reconociera.
A medida que avanzaban, aparecieron figuras talladas en las paredes de hielo.
Primero, cuatro guardianes.
Cada uno sostenía una esfera.
Después apareció una quinta figura.
No sostenía nada.
Tenía las manos abiertas.
Y su rostro había sido destruido.
Aster se detuvo.
—Ese símbolo...
Eira lo miró.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Cael se acercó.
—Yo sí.
Todos lo miraron.
—Es el símbolo que estaba en las armaduras de mi pueblo.
Darian examinó la figura.
—Entonces los habitantes de la Ciudad sin Nombre estuvieron aquí.
Cael negó.
—No.
Pasó la mano por la escultura.
—Nosotros fuimos creados aquí.
El viento dejó de soplar.
Eira sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
Cael miró la figura.
—Antes de ser expulsados, los habitantes de la Ciudad sin Nombre vinieron al santuario.
—¿Para qué?
—Para pedir una segunda oportunidad.
Aster endureció el rostro.
—¿Y qué ocurrió?
Cael respondió:
—El Fundador se negó.
El Gran Maestre cerró los ojos.
—Porque sabía lo que querían hacer.
Cael asintió.
—Queríamos romper el Equilibrio.
Eira bajó la mirada.
—Y por eso crearon la quinta verdad.
—Sí.
Cael respiró profundamente.
—Pero no fuimos nosotros quienes la creamos.
Aster lo miró.
—Aren.
—Aren tomó nuestro conocimiento.
El silencio volvió a caer.
Entonces Cael dijo algo que nadie esperaba.
—Pero hubo alguien antes que Aren.
Eira levantó lentamente la cabeza.
—¿Quién?
Cael señaló la montaña.
—Aquello que vivía aquí antes de que existiera nuestra ciudad.
La misma presencia.
La conciencia sin nombre.
La que había aparecido en el cielo.
La que había pronunciado el nombre de Aurelia.
Llegaron a la entrada del santuario.
La puerta tenía cuatro cerraduras.
Eira tocó la primera.
Se abrió.
Tocó la segunda.
Se abrió.
La tercera.
También.
La cuarta.
Nada.
Eira volvió a intentarlo.
Nada.
Aster se acercó.
—Quizá no eres tú quien debe abrirla.
Eira miró la puerta.
—No.
Negó con la cabeza.
—Sí soy yo.
Miró las cuatro cerraduras.
Entonces comprendió.
No eran cerraduras.
Eran recuerdos.
Uno por cada estación.
Primavera.
Verano.
Otoño.
Invierno.
Eira cerró los ojos.
Recordó el bosque.
La luz.
La sangre.
El hielo.
La voz de Aurelia.
Y finalmente...
su propio nacimiento.
Una imagen apareció.
Una habitación blanca.
El Fundador.
Aurelia.
Y una tercera persona.
Eira abrió los ojos.
—Había alguien más.
Aster se quedó inmóvil.
—¿Quién?
—No pude verle el rostro.
La puerta comenzó a temblar.
—Pero estaba allí cuando me crearon.
El Gran Maestre se acercó.
—¿Qué dijo?
Eira respondió:
—Dijo que algún día yo tendría que elegir.
La puerta se abrió.
Una ráfaga de aire helado salió del santuario.
Y dentro apareció una sala circular.
En el centro había una cuna.
Vacía.
Alrededor de ella había cuatro estatuas.
Cada una representaba una estación.
Y detrás de la cuna...
había una quinta figura.
Sin rostro.
Sin nombre.
Eira avanzó lentamente.
Entonces la figura habló.
No con una voz.
Con miles.
—Bienvenida de nuevo.
Eira se detuvo.
—¿De nuevo?
La figura inclinó la cabeza.
—Esta no es la primera vez que estás aquí.
Eira sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.
—¿Quién soy?
La figura levantó una mano.
Las cuatro estatuas comenzaron a iluminarse.
Y una quinta sombra apareció detrás de Eira.
—Esa pregunta...
La sombra tocó su espalda.
—...es precisamente la razón por la que moriste la primera vez.
La luz explotó.
Y Eira recordó algo.
Una puerta.
Una corona.
Aurelia llorando.
El Fundador gritando.
Y ella misma...
cayendo hacia un abismo de oscuridad.
Antes de perder el conocimiento, escuchó una última frase:
—Eira no es tu primer nombre.
Y el santuario despertó.