El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El primer Sacrificio

Capítulo 37:
El Custodio del Olvido descendió lentamente.
Cada aleteo de sus cuatro alas hacía vibrar el aire, y los Vigilantes se apartaban para abrirle paso. Ni una sola criatura osaba cruzarse frente a él.
Eira sostuvo la mirada de aquel ser.
Por un instante, sintió que el tiempo se detenía.
Entonces, el Custodio habló.
—Dime, Heredera... ¿qué vale más para ti?
Eira no respondió.
—¿Tu poder?
Silencio.
—¿Tus amigos?
Silencio.
—¿O tus recuerdos?
El Custodio extendió una mano cubierta por una armadura de cristal gris.
Frente a Eira apareció un espejo suspendido en el aire.
No reflejaba su rostro.
Reflejaba momentos de su vida.
Su infancia.
Las primeras enseñanzas de Darian.
Las discusiones con Kael.
Las risas con Liora.
Todo lo que la había convertido en quien era.
El Custodio cerró lentamente la mano.
El espejo comenzó a agrietarse.
—¡No! —gritó Eira.
Instintivamente levantó una barrera de hielo.
Pero el espejo no era un objeto.
Era un recuerdo.
Y el hielo no podía protegerlo.
Kael se lanzó al ataque.
Su espada chocó contra la armadura del Custodio.
El impacto fue tan fuerte que lo hizo retroceder varios metros.
Ni una grieta.
Ni un rasguño.
El Custodio ni siquiera lo había mirado.
—La fuerza no abre las puertas de la verdad.
Con un simple movimiento de su mano, Kael salió despedido contra una columna derrumbada.
Liora liberó una lluvia de runas luminosas.
Las marcas antiguas envolvieron al Custodio formando un círculo de sellado.
Por un instante...
Pareció funcionar.
Pero el ser levantó un dedo.
Las runas comenzaron a borrarse solas.
Como si nunca hubieran existido.
Liora sintió un vacío en su mente.
Retrocedió, confundida.
—¿Qué...?
Miró sus manos.
Ya no recordaba el nombre de aquel hechizo.
Darian comprendió lo que ocurría.
—¡No usen técnicas antiguas!
Todos lo miraron.
—Cada vez que usan un recuerdo contra él...
...él puede llevárselo.
El Gran Maestre apretó su bastón.
—Entonces solo queda una opción.
Caminó lentamente hacia el Custodio.
—Yo pagaré el precio.
Eira abrió los ojos.
—¡No!
El anciano sonrió con serenidad.
—He vivido demasiado tiempo cargando con el pasado.
Quizá sea hora de dejar parte de él atrás.
El Custodio lo observó en silencio.
—¿Qué estás dispuesto a entregar?
El Gran Maestre cerró los ojos.
—El recuerdo más importante de mi vida.
Todos quedaron inmóviles.
El Custodio apoyó dos dedos sobre la frente del anciano.
Una luz plateada comenzó a salir de él.
El viento se detuvo.
La nieve dejó de caer.
Y una única lágrima recorrió el rostro del Gran Maestre.
Cuando la luz desapareció...
El anciano abrió lentamente los ojos.
Miró al grupo.
Sonrió con amabilidad.
Y preguntó:
—Perdonen...
¿Quiénes son ustedes?
El silencio fue devastador.
Había olvidado todo.
No solo la guerra.
No solo el pasado.
También había olvidado a Eira.
Al Rey de la Noche Blanca.
A la Orden.
Incluso su propia misión.
El Custodio dio un paso atrás.
—El precio ha sido aceptado.
Las enormes puertas de la Biblioteca de los Ecos comenzaron a abrirse lentamente.
Un camino de piedra apareció entre la niebla.
El Custodio señaló la entrada.
—Pasen.
Pero recuerden...
La verdad siempre cuesta más de lo que imaginan.
Eira observó al Gran Maestre, ahora perdido entre rostros que ya no reconocía.
Y comprendió que aquello era solo el comienzo.




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