Capítulo 73:
La luz desapareció.
Eira cayó de rodillas sobre el suelo de cristal.
Durante unos segundos no escuchó nada.
Ni el viento.
Ni las voces de sus compañeros.
Ni siquiera su propia respiración.
Solo aquella frase seguía repitiéndose dentro de su mente:
Eira no es tu primer nombre.
Abrió los ojos.
Estaba sola.
El santuario había desaparecido.
Ya no había cuna.
Ya no había estatuas.
Ya no había nieve.
Frente a ella se extendía un enorme lago completamente inmóvil.
Sobre el agua flotaban cientos de pequeñas luces.
Eira reconoció algunas.
Eran recuerdos.
Uno mostraba a Kael.
Otro a Liora.
Otro al Gran Maestre.
Otro a Aster.
Pero había una luz diferente.
Más grande.
Más brillante.
Eira caminó hacia ella.
Cuando la tocó...
todo cambió.
Valkaria.
Pero no la Valkaria que conocía.
Esta Valkaria estaba viva.
Sus torres brillaban bajo un cielo dorado.
Las calles estaban llenas de personas.
Niños corriendo.
Mercaderes.
Guardianes.
Músicos.
Y en lo alto del palacio...
una mujer observaba la ciudad.
Cabello oscuro.
Vestido blanco.
Una corona sencilla.
Eira la reconoció inmediatamente.
—Aurelia...
La mujer se volvió.
Pero no era un recuerdo vacío.
La estaba mirando.
—Finalmente llegaste.
Eira retrocedió.
—¿Puedes verme?
Aurelia sonrió.
—Siempre pude.
—¿Quién soy?
La expresión de Aurelia cambió.
Tristeza.
Amor.
Y algo parecido al miedo.
—Esa es la pregunta que más he temido que hicieras.
Eira se acercó.
—Me dijeron que tú eras mi madre.
Aurelia negó.
—No de la manera que piensas.
—Entonces, ¿por qué me llamaste hija?
Aurelia miró hacia la ciudad.
—Porque fui una de las personas que te dio un propósito.
Eira sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién me creó?
Aurelia guardó silencio.
—Dímelo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque todavía no estás preparada para conocer su nombre.
Eira apretó los puños.
—¡Toda mi vida he escuchado eso!
Su voz resonó sobre el palacio.
—Que todavía no estoy preparada. Que hay secretos. Que debo esperar. ¡Estoy cansada de no saber quién soy!
Aurelia la miró fijamente.
Y entonces se acercó.
Colocó una mano sobre el rostro de Eira.
—Lo sé.
Eira sintió una lágrima caer.
—¿Tú también tuviste miedo?
—Todos los que intentamos proteger este mundo tuvimos miedo.
Aurelia miró hacia el horizonte.
—Pero hubo alguien que tuvo más miedo que todos nosotros.
—¿Quién?
—El Fundador.
Eira quedó inmóvil.
Aurelia continuó:
—Cuando descubrió que la quinta verdad podía destruir el Equilibrio, intentó eliminarla.
—Pero no pudo.
—No.
Aurelia negó.
—Porque la quinta verdad no era solamente una fuerza.
Miró directamente a Eira.
—Era una idea.
El mundo alrededor comenzó a oscurecerse.
—Una idea que decía que el Equilibrio no debía decidir cómo debía existir el mundo.
Eira recordó a Aren.
—Aren.
—Sí.
Aurelia cerró los ojos.
—Pero Aren cometió un error.
—¿Cuál?
—Pensó que podía controlar aquello que había despertado.
El cielo de Valkaria se volvió negro.
Las torres comenzaron a caer.
Eira vio a la ciudad arder.
Vio personas huyendo.
Vio a Aurelia luchar.
Y vio a una figura detrás de ella.
La misma figura sin rostro del santuario.
Eira retrocedió.
—¡Esa cosa estaba allí!
Aurelia asintió.
—Desde antes de Valkaria.
—Entonces... ¿ella creó la quinta verdad?
—No.
Aurelia miró a Eira.
—La quinta verdad fue creada por Aren.
Una pausa.
—Pero aquello le enseñó cómo hacerlo.
El corazón de Eira se aceleró.
—¿Qué es?
Aurelia respondió:
—Algo que nunca debió aprender a existir.
La visión comenzó a romperse.
Eira tomó la mano de Aurelia.
—¡Espera!
Aurelia la miró una última vez.
—Hay algo que debes recordar.
—¿Qué?
—Tu verdadero nombre no está perdido.
Eira contuvo la respiración.
—¿Dónde está?
Aurelia sonrió.
—Está dividido entre los cuatro inviernos que viviste.
—¿Cuatro inviernos?
—Cuatro vidas.
Eira abrió los ojos.
—¿Yo viví cuatro veces?
Aurelia comenzó a desaparecer.
—No exactamente.
—¡Aurelia!
La voz de Eira se quebró.
Antes de desaparecer, Aurelia susurró:
—La primera vez moriste.
—La segunda vez olvidaste.
—La tercera vez escapaste.
Y finalmente:
—La cuarta... eres tú.
La visión desapareció.
Eira despertó sobre el suelo del santuario.
Kael estaba junto a ella.
—¡Eira!
Liora respiró aliviada.
—Pensamos que te habíamos perdido.
Aster permanecía unos pasos atrás.
Pero su rostro había cambiado.
Eira se incorporó lentamente.
—Aurelia estaba aquí.
El Primer Guardián cerró los ojos.
—Lo sabía.
Eira lo miró.
—Me habló.
—¿Qué te dijo?
Eira observó la cuna vacía.
Y comprendió que, por primera vez, una parte de su pasado había dejado de ser una pregunta.
—Me dijo que no soy quien ustedes creen.
Aster dio un paso adelante.
—¿Qué más?
Eira levantó la mirada.
—Que he vivido cuatro veces.
El Gran Maestre palideció.
Darian cerró lentamente su libro.
Y desde algún lugar profundo del santuario...
se escuchó una voz.
Una voz idéntica a la de Eira.
—Mentira.
Todos se giraron.
La cuna vacía comenzó a llenarse de hielo.
Y dentro del hielo apareció una niña.
Una niña con los mismos ojos que Eira.
La niña abrió los ojos.
Y dijo:
—Yo fui la primera.