Capítulo 29:
El silencio después de la explosión fue peor que la batalla.
El Santuario de las Llamas había quedado irreconocible. Columnas derrumbadas, ríos de magma congelados en cristal negro y enormes grietas atravesando el suelo como cicatrices abiertas. El aire estaba cargado de ceniza… y nieve.
Nieve dentro del fuego.
Kael apenas podía mantenerse en pie. Su espada estaba clavada en el suelo mientras observaba a Eira en el centro de las ruinas.
Las alas de hielo y fuego seguían extendidas detrás de ella, moviéndose lentamente como si respiraran. Fragmentos de luz flotaban alrededor de su cuerpo, y sus ojos plateados brillaban con una intensidad imposible de mirar directamente.
Liora susurró, aterrada:
—¿Qué… es ella ahora?
Nadie respondió.
Ni siquiera Darian.
Porque el anciano estaba mirando otra cosa.
O mejor dicho…
a alguien más.
Sobre el borde del Santuario, entre humo y nieve, una figura había aparecido.
Alta.
Inmóvil.
Vestida con una armadura blanca cubierta de grietas oscuras.
El frío comenzó a extenderse desde su presencia, apagando las últimas llamas que quedaban vivas.
Kael sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo.
—No… —murmuró.
El desconocido descendió lentamente entre las ruinas. Sus pasos no hacían ruido. El hielo se formaba debajo de él como si el mundo mismo intentara sostenerlo.
Entonces levantó el rostro.
Sus ojos eran completamente negros.
Sin pupilas.
Sin luz.
Solo vacío.
Darian cayó de rodillas inmediatamente.
—El Rey… —susurró con horror—. El Rey de la Noche Blanca.
El nombre atravesó el aire como una maldición olvidada.
Incluso el Devorador de Estaciones retrocedió.
La criatura gigantesca emitió un gruñido bajo, nervioso… como un animal frente a un depredador mayor.
El Rey observó el Santuario destruido sin emoción.
Finalmente habló:
—Así que… al final despertaste.
Su voz era suave.
Demasiado suave.
Como nieve cayendo sobre una tumba.
Eira sintió algo quebrarse dentro de ella al escucharlo. No miedo exactamente… sino reconocimiento.
Como si una parte antigua de su alma recordara aquella voz.
—¿Quién eres? —preguntó.
El Rey inclinó apenas la cabeza.
—Fui el primer guardián del equilibrio. El primero en unir el fuego y el hielo.
Las alas detrás de Eira vibraron.
Kael dio un paso adelante inmediatamente.
—Aléjate de ella.
Los ojos negros del Rey se movieron hacia él.
Por un instante, todo el cuerpo de Kael se congeló.
Literalmente.
Escarcha cubrió su brazo y parte de su pecho antes de que pudiera reaccionar.
Liora gritó y corrió hacia él.
El Rey volvió a mirar a Eira.
—Ellos te enseñaron a temer lo que eres —dijo—. Igual que hicieron conmigo.
Darian temblaba.
—Tú destruiste imperios enteros…
—No —lo interrumpió el Rey con calma—. Yo intenté salvarlos.
El cielo rugió afuera.
La tormenta crecía.
Eira sintió el fuego blanco arder en su mano izquierda y el hielo responder en la derecha.
—¿Qué quieres de mí?
Por primera vez, una emoción apareció en el rostro del Rey.
Tristeza.
Profunda.
Antigua.
—Quiero darte una opción que nadie me dio a mí.
El Devorador volvió a rugir detrás de ellos.
Pero esta vez nadie le prestó atención.
Porque todos entendieron algo terrible:
La verdadera amenaza…
acababa de llegar.