Capítulo 67:
La mano negra atravesó la grieta.
Los cristales de la torre comenzaron a oscurecerse.
Kael levantó su espada.
—¡Atrás!
Una segunda mano apareció.
Después una tercera.
El Primer Guardián golpeó el suelo con su espada.
Un círculo de luz blanca rodeó al grupo.
—No las dejen entrar.
Darian abrió su libro.
—¿Qué son?
El Guardián respondió:
—Fragmentos de los expulsados.
—¿Son humanos?
—Ya no.
Las sombras golpearon la barrera.
¡BOOM!
La torre entera tembló.
Eira sintió que la marca de su muñeca ardía.
La canción volvió a sonar.
Pero esta vez...
Solo ella podía escucharla.
Una nota.
Después otra.
Y otra.
Eira cerró los ojos.
La melodía comenzó a formar imágenes.
Una montaña.
Un lago congelado.
Un templo.
Y finalmente...
Una enorme puerta de piedra.
Sobre ella había un símbolo.
Una corona partida.
Eira abrió los ojos.
—Ya sé dónde nací.
Todos la miraron.
El Primer Guardián permaneció inmóvil.
—¿Dónde?
—En el Santuario del Primer Invierno.
El rostro del anciano cambió.
—No...
Aster se acercó.
—¿Qué ocurre?
El Guardián miró a Eira.
—Ese lugar fue destruido antes de la caída de Valkaria.
Eira negó.
—No fue destruido.
El Guardián frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo vi.
La torre quedó en silencio.
Eira continuó:
—Había una mujer.
Aurelia.
Tenía un bebé en sus brazos.
Y frente a ella estaba el Fundador.
El Gran Maestre cerró los ojos.
—Entonces es verdad...
Kael lo miró.
—¿Qué?
El anciano respondió:
—El Santuario no fue destruido.
Fue escondido.
Darian comprendió.
—¿Es posible que siga existiendo?
El Primer Guardián asintió lentamente.
—Sí.
Pero está fuera del mundo conocido.
Liora preguntó:
—¿Cómo llegamos?
El Guardián miró la Pluma del Fundador.
—Con la canción.
Eira observó la pluma partida.
—Entonces Aurelia dejó el camino.
—No.
El Guardián negó.
—Aurelia dejó el camino para ti.
Un estruendo interrumpió la conversación.
La barrera comenzó a romperse.
¡CRACK!
Una grieta apareció alrededor de los pies de Eira.
De ella surgió una luz azul.
El Primer Guardián gritó:
—¡Todos atrás!
Pero ya era demasiado tarde.
La luz envolvió a Eira.
Por un instante...
Vio a Aurelia.
La reina sostenía al bebé.
Lloraba.
El Fundador permanecía frente a ella.
—Si hacemos esto —decía Aurelia—, ella perderá todo recuerdo de su origen.
—Lo sé.
—Incluso su nombre.
El Fundador asintió.
—Es necesario.
Aurelia miró al bebé.
Lo abrazó.
—Entonces prométeme algo.
—¿Qué?
—Cuando llegue el momento...
Dile que nunca fue creada para salvar este mundo.
El Fundador guardó silencio.
Aurelia sonrió entre lágrimas.
—Fue creada para elegir qué mundo merece existir.
La visión terminó.
Eira cayó de rodillas.
Kael corrió hacia ella.
—¡Eira!
Ella levantó lentamente la cabeza.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Yo...
Recordé algo.
El Primer Guardián se acercó.
—¿Qué?
Eira lo miró.
—Aurelia no me creó.
Todos quedaron inmóviles.
—Entonces ¿quién lo hizo?
Eira respiró profundamente.
—No lo sé.
Pero antes de perder el recuerdo...
Vi al Fundador.
Y escuché lo que le dijo a Aurelia.
El Guardián cerró los ojos.
—¿Qué?
Eira respondió:
—Que yo debía decidir qué mundo merecía existir.
El Primer Guardián retrocedió.
—Entonces el Fundador sabía...
—¿Qué?
El anciano levantó la mirada.
—Sabía que algún día el Equilibrio tendría que elegir entre salvar este mundo...
O crear uno nuevo.
Las sombras atravesaron finalmente la barrera.
Kael levantó la espada.
—Pues parece que no tenemos tiempo para discutirlo.
Una figura apareció entre la oscuridad.
Alta.
Cubierta con una armadura negra.
Y en su pecho...
El símbolo de la quinta verdad.
La figura miró directamente a Eira.
—Por fin.
La joven se puso de pie.
—¿Quién eres?
La figura respondió:
—El último hijo de la Ciudad sin Nombre.
Después levantó lentamente su espada.
—Y he venido a llevarte a casa.