Capítulo 21:
La tundra cedió lentamente ante un horizonte de torres heladas. Skaden surgió de entre la niebla como un cadáver antiguo, medio enterrado en hielo y silencio. Ninguno habló al verla: las murallas estaban partidas, las estatuas de los antiguos guardianes cubiertas de escarcha, y los cristales en las ventanas parecían llorar.
El aire era denso, casi líquido. Cada respiración costaba. Eira sintió que el medallón pesaba más con cada paso, como si el lugar lo reconociera.
—Este sitio… —susurró— no está muerto.
Liora asintió, apretando su talismán.
—No. Solo duerme… y sueña con nosotros.
Al cruzar las puertas congeladas, un viento gélido los envolvió. No era un viento normal: traía voces. Murmullos, sollozos, gritos antiguos. Ecos atrapados en el hielo.
Kael avanzó primero, su espada lista, pero ni siquiera su determinación podía ocultar la inquietud en su mirada.
—Manténganse juntos. Si se separan, Skaden los tomará.
Las calles eran un laberinto de ruinas. A cada esquina, sombras fugaces se deslizaban bajo el hielo, y las esculturas de antiguos guerreros parecían girar lentamente la cabeza al paso del grupo.
Eira se detuvo frente a un edificio derrumbado. En las paredes, talladas con precisión casi ritual, estaban las mismas marcas que había visto en sus visiones: el círculo con tres líneas cruzadas, ahora cubierto por una capa de escarcha que destellaba a la luz del medallón.
—Aquí fue donde cayó el último bastión de los guardianes —dijo Darian con voz baja y amarga—. Yo era joven cuando el hielo comenzó a moverse por su cuenta. Nadie sobrevivió.
De pronto, un sonido sordo retumbó bajo el suelo. La nieve se agrietó, y una corriente de aire helado surgió desde las profundidades. Eira retrocedió, pero el medallón se iluminó, respondiendo a algo que emergía del subsuelo.
Entre el hielo, un cuerpo comenzó a tomar forma. No era del todo humano: su piel era transparente, sus ojos opacos, y su voz era un susurro arrastrado por el viento.
—¿Por qué… has vuelto?
Eira se quedó inmóvil. El ser tenía su mismo rostro, congelado en una expresión de dolor y vacío. Era como mirarse en un espejo hecho de cristal muerto.
—No puede ser… —murmuró Kael, preparándose—. Es una ilusión.
—No —corrigió Darian, retrocediendo un paso—. Skaden está viva. Y está recordando a través de ella.
El doble de Eira sonrió con una lentitud inquietante.
—Tú… eres la llave. Pero yo… soy la que se quebró primero.
Antes de que pudieran reaccionar, el suelo tembló y la imagen se desintegró en miles de fragmentos de hielo que volaron en todas direcciones. Las llamas del refugio interior se apagaron de golpe, y la oscuridad se cerró sobre ellos.
El medallón volvió a brillar con fuerza, marcando un único camino entre las ruinas.
—Nos está guiando —dijo Eira, con la voz temblando entre miedo y determinación—. El Guardián Perdido está aquí… y Skaden no quiere dejarlo ir.