Capítulo 30:
El rugido del Devorador de Estaciones quedó ahogado por el silencio que siguió a las palabras del Rey de la Noche Blanca.
Nadie se movió.
Ni los guerreros de la Orden.
Ni Kael.
Ni Liora.
Era como si el tiempo hubiera decidido esperar.
El Rey dio un paso al frente.
La nieve comenzó a caer dentro del Santuario una vez más, aunque sobre sus cabezas seguía habiendo un techo de piedra.
—Hace mil años —dijo con serenidad— también fui llamado monstruo. También me dijeron que el equilibrio era un pecado.
Su mirada permanecía fija en Eira.
—Y cuando me negué a elegir entre el fuego y el hielo… me traicionaron.
El líder de la Orden del Alba Negra apretó con fuerza su lanza.
—¡No escuches sus mentiras! Él fue quien provocó la Guerra de las Cuatro Estaciones.
El Rey sonrió con tristeza.
—Eso es lo que escribieron los vencedores.
Eira sintió un dolor agudo en el pecho.
El medallón ya no existía. En su lugar, sobre su piel, había aparecido un símbolo brillante: un círculo atravesado por cuatro líneas que se extendían hacia los cuatro puntos cardinales.
Darian lo vio y perdió el aliento.
—El Sello Primordial...
El Rey asintió.
—Ya no necesitas el medallón. El poder ahora vive en ti.
Kael se acercó a Eira, aún con el brazo cubierto de escarcha.
—No importa lo que diga. No sabes si puedes confiar en él.
—¿Y puedo confiar en ustedes? —preguntó Eira sin apartar la vista del Rey.
El silencio respondió por todos.
Liora bajó la cabeza.
Darian cerró los ojos.
Kael fue incapaz de responder.
El Rey extendió lentamente una mano.
—Ven conmigo.
Al instante, el Santuario desapareció.
No físicamente.
Solo para Eira.
Se encontró de pie en un inmenso jardín cubierto por nieve y flores al mismo tiempo. Árboles de cristal crecían junto a ríos cálidos. El invierno y la primavera convivían en perfecta armonía.
—¿Dónde estamos?
—En un recuerdo.
El Rey caminó entre las flores.
—Así era el mundo antes de que el miedo dividiera las estaciones.
Eira observó maravillada el paisaje.
Por primera vez desde que comenzó su viaje, el frío no dolía.
El fuego no quemaba.
Todo existía en equilibrio.
—¿Es real?
—Lo fue.
El Rey levantó una pequeña flor azul que brotaba entre la nieve.
—Y puede volver a serlo.
De repente...
La flor se marchitó.
El jardín comenzó a agrietarse.
Las flores se congelaron.
Los árboles de cristal explotaron en miles de fragmentos.
El recuerdo desaparecía.
—Alguien destruyó este equilibrio —dijo el Rey con voz grave—. Y la historia culpó al hombre equivocado.
Antes de que Eira pudiera preguntar quién había sido...
Una flecha atravesó el pecho del Rey.
El paisaje se hizo añicos.
La visión desapareció.
Eira volvió al Santuario.
El Rey seguía de pie...
Pero ahora una flecha de luz dorada sobresalía de su pecho.
Todos levantaron la vista.
En lo alto de las ruinas, una figura cubierta con una armadura blanca y una capa dorada sostenía un arco gigantesco.
Su presencia irradiaba una autoridad abrumadora.
—La conversación ha terminado.
Su voz resonó como una campana.
—Rey de la Noche Blanca... tu condena jamás fue revocada.
El Rey arrancó la flecha de su pecho sin mostrar dolor.
Por primera vez...
Sonrió.
—Llegas tarde, viejo amigo.
La figura del arquero descendió lentamente entre haces de luz.
Al posar los pies sobre el suelo, incluso los guerreros de la Orden se arrodillaron.
El líder inclinó la cabeza.
—Gran Maestre...
El recién llegado clavó su mirada en Eira.
Y pronunció unas palabras que helaron el alma de todos:
—Ella no es la elegida.
Ella es el error que jamás debió nacer.