Capítulo 32:
La niña permanecía inmóvil junto al inmenso Árbol del Equilibrio.
El viento jugaba con su cabello blanco mientras sostenía entre sus manos un pequeño colgante de cristal. Sus ojos, de un azul tan intenso como un glaciar bajo la luna, se posaron sobre Eira con una serenidad imposible para alguien de su edad.
Nadie se atrevía a hablar.
Kael dio un paso al frente, pero el Gran Maestre levantó una mano.
—No intervengas.
La niña sonrió.
—Ha pasado mucho tiempo... —dijo con una voz dulce que, sin embargo, parecía contener siglos de recuerdos.
Eira sintió un nudo en la garganta.
—¿Quién eres?
La niña inclinó ligeramente la cabeza.
—Esa no es la pregunta correcta.
El silencio volvió a caer sobre el valle.
Las hojas del Árbol del Equilibrio comenzaron a moverse, aunque no soplaba el viento.
—La pregunta correcta es... ¿quién eres tú?
Antes de que Eira pudiera responder, el paisaje cambió.
El cielo se oscureció.
Las flores comenzaron a marchitarse.
La nieve cayó sobre el valle mientras una grieta inmensa atravesaba la tierra.
De aquella grieta emergieron cuatro figuras envueltas en luz.
Una llevaba una corona de hielo.
Otra, una armadura hecha de hojas vivas.
La tercera irradiaba llamas doradas.
La última vestía un manto color cobre cubierto de hojas secas.
Los Cuatro Guardianes de las Estaciones.
Se colocaron alrededor del Árbol del Equilibrio como protectores de un secreto sagrado.
La niña caminó hasta el centro.
—Ellos juraron proteger el equilibrio.
Su voz perdió toda inocencia.
Ahora sonaba antigua.
Casi eterna.
—Pero incluso los juramentos pueden romperse.
Uno de los guardianes, el del fuego, desenvainó una espada brillante.
Los demás hicieron lo mismo.
No apuntaban a un enemigo.
Apuntaban a la niña.
Eira dio un paso adelante.
—¡No!
La niña levantó una mano.
—No puedes cambiar un recuerdo.
Las cuatro espadas descendieron al mismo tiempo.
La luz envolvió el valle.
Cuando el resplandor desapareció...
La niña había desaparecido.
Solo quedaba el colgante de cristal sobre la hierba.
Eira cayó de rodillas.
Aunque sabía que era un recuerdo...
Sintió aquella pérdida como si hubiera ocurrido frente a ella.
El Gran Maestre habló con una tristeza que nunca antes había mostrado.
—Ese fue el día en que murió la Primera Heredera del Equilibrio.
Darian quedó sin palabras.
Liora llevó una mano a su boca.
Kael miró a Eira.
Ella seguía observando el colgante abandonado.
Entonces ocurrió algo imposible.
El colgante comenzó a brillar.
Y una voz, apenas un susurro, cruzó el tiempo:
"Si estás viendo esto... significa que volví."
El Gran Maestre abrió los ojos con sorpresa.
—Eso... nunca había pasado.
Eira sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo.
Porque aquella voz...
Era exactamente la suya.