Capítulo 46:
El latido volvió a escucharse.
¡BUM!
Toda la Biblioteca de los Ecos tembló.
Los puentes de cristal se balancearon.
Miles de esferas luminosas comenzaron a girar sobre sus estantes como si una fuerza invisible las estuviera llamando.
Las doce figuras seguían arrodilladas.
Ni una sola levantaba la cabeza.
El Archivista apoyó lentamente una mano sobre su pecho.
Su respiración era pesada.
La Bibliotecaria cerró los ojos.
—Después de mil años...
...ha vuelto a despertar.
Eira sintió que la marca de la corona ardía sobre su muñeca.
Cada latido hacía que el dolor aumentara.
El Rey de la Noche Blanca dio un paso hacia ella.
—No dejes que el miedo decida por ti.
Antes de que Eira pudiera responder, una voz resonó en toda la Biblioteca.
No provenía de ningún lugar.
Y de todos al mismo tiempo.
Era profunda.
Serena.
Tan antigua que parecía haber existido antes de las palabras.
—Levántense.
Las doce figuras obedecieron al instante.
Una luz comenzó a reunirse en el centro del Salón de los Nombres Perdidos.
No formaba un cuerpo.
No tenía rostro.
Era una silueta hecha de miles de recuerdos flotando al mismo tiempo.
Dentro de aquella luz podían verse batallas.
Reinos.
Niños riendo.
Ancianos llorando.
Bosques.
Océanos.
Todo el mundo parecía existir dentro de aquella presencia.
Kael bajó la espada sin darse cuenta.
Liora olvidó respirar.
Darian inclinó la cabeza con respeto.
Incluso el Rey de la Noche Blanca parecía incapaz de sostenerle la mirada.
La voz volvió a hablar.
—Han pasado demasiados inviernos.
Eira sintió que aquella presencia la observaba.
No con sus ojos.
Con su alma.
—Acércate.
Por primera vez desde que había iniciado su viaje...
Eira dudó.
La Bibliotecaria quiso detenerla.
—No...
Todavía no está preparada.
Pero la voz respondió con tranquilidad.
—Nadie lo está.
Eira avanzó.
Cada paso hacía aparecer pequeñas flores de hielo bajo sus pies.
Cuando estuvo frente a la silueta luminosa...
La luz extendió una mano.
No parecía una amenaza.
Parecía una invitación.
—Dime tu nombre.
Eira respondió sin vacilar.
—Eira.
La presencia guardó silencio.
Después negó lentamente.
—Ese es el nombre que recibiste.
No el nombre con el que naciste.
El corazón de Eira comenzó a latir con fuerza.
—Entonces...
¿Quién soy?
La figura permaneció inmóvil.
Durante unos segundos nadie habló.
Finalmente respondió:
—Esa respuesta...
No me corresponde darla.
Un murmullo recorrió el salón.
Hasta el Rey de la Noche Blanca pareció sorprendido.
La presencia continuó.
—Porque la verdad...
Fue dividida en cuatro.
Y cada estación guarda una parte.
Solo cuando las cuatro sean reunidas...
Conocerás tu verdadero nombre.
Entonces la luz comenzó a desvanecerse.
Antes de desaparecer por completo, dijo unas últimas palabras.
—Busquen al primer guardián.
Él aún espera...
...en la Ciudad de Cristal.
El latido cesó.
La luz desapareció.
La Biblioteca quedó en silencio.
Las doce figuras también habían desaparecido.
Solo quedó una pequeña pluma blanca flotando lentamente hasta caer en las manos de Eira.
La Bibliotecaria la observó con incredulidad.
—La Pluma del Fundador...
Nunca antes había sido entregada a nadie.
Eira la sostuvo con cuidado.
En cuanto la tocó, una imagen cruzó su mente.
Una ciudad gigantesca cubierta de hielo transparente.
Y, en el centro de ella...
Un hombre encadenado a un trono de cristal.
Cuando levantó el rostro...
Sonrió.
Como si hubiera estado esperando a Eira durante mil años.