El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

Los Hijos del Exilio

Capítulo 70:
El cielo de la Ciudad sin Nombre se había abierto.
No como una tormenta.
No como una grieta entre nubes.
Era como si alguien hubiera rasgado la realidad con las manos.
Desde aquella abertura descendía la figura.
Alta.
Demasiado alta.
Su cuerpo parecía hecho de oscuridad líquida, pero no tenía rostro. Solo dos ojos blancos observaban desde el vacío.
Eira permaneció inmóvil.
Su marca ardía.
—Aurelia... —repitió la criatura.
Esta vez, su voz no sonó como una palabra.
Sonó como un recuerdo.
Como si miles de voces hubieran pronunciado aquel nombre al mismo tiempo.
Aster desenvainó su espada.
—Todos atrás.
Kael se colocó frente a Eira.
Liora levantó su bastón.
Darian abrió su libro, aunque sus manos temblaban.
El Gran Maestre miró al cielo.
Y entonces ocurrió algo que nadie esperaba.
Cael cayó de rodillas.
—No...
Aster lo miró.
—¿La conoces?
Cael negó lentamente.
—No.
Su mirada estaba clavada en aquella figura.
—Pero sé lo que es.
La criatura levantó una mano.
Las casas abandonadas comenzaron a vibrar.
Las paredes mostraron recuerdos.
Personas corriendo.
Niños llorando.
Familias abrazándose mientras la ciudad era arrancada del mundo.
Miles de rostros.
Miles de vidas.
Y entonces Eira comprendió.
Aquellas personas no habían muerto.
Habían quedado atrapadas.
—Los hijos del exilio... —susurró Cael.
El Gran Maestre lo miró.
—¿Qué significa eso?
Cael se levantó lentamente.
—Cuando la Ciudad sin Nombre fue expulsada, nosotros no desaparecimos.
Señaló las paredes.
—Nuestros antepasados quedaron atrapados entre mundos. Algunos sobrevivieron durante generaciones.
Hizo una pausa.
—Pero ya no éramos completamente humanos.
Darian frunció el ceño.
—¿Qué les ocurrió?
Cael bajó la mirada.
—El exilio nos cambió.
El silencio cayó sobre el grupo.
—Aprendimos a vivir entre recuerdos. Entre lugares que ya no existían. Entre mundos que no querían recibirnos.
Eira observó las figuras que aparecían en las paredes.
Ahora podía verlas con claridad.
Niños.
Ancianos.
Guerreros.
Madres.
Todos pertenecían a la misma ciudad.
Todos habían sido olvidados.
—Por eso me llamaste heredera del último pacto —dijo Eira.
Cael asintió.
—Nuestros ancestros dejaron un pacto.
—¿Con quién?
Cael levantó la mirada hacia la criatura.
—Con aquello que vivía aquí antes de nosotros.
Aster endureció el rostro.
—La conciencia.
Cael asintió.
—La misma que enseñó a Aren.
El nombre pareció alterar el aire.
La criatura abrió lentamente su mano.
La montaña entera tembló.
—¡No! —gritó Cael.
Todos lo miraron.
—¿Qué pasa?
—No está aquí para ayudarnos.
Cael miró a Eira.
—Nosotros creíamos que quería devolvernos al mundo.
Su voz se quebró.
—Pero estaba esperando algo.
Eira sintió que la marca de su mano comenzaba a iluminarse.
—¿Qué?
Cael respondió:
—A Aurelia.
La criatura volvió a pronunciar el nombre.
—Aurelia.
Eira dio un paso adelante.
—Yo no soy Aurelia.
Los ojos blancos se clavaron en ella.
Por primera vez, la criatura pareció reaccionar.
El cielo comenzó a llenarse de sombras.
Y una nueva voz apareció dentro de la mente de Eira.
No.
Tú eres lo que quedó de ella.
Eira sintió un escalofrío.
—¿Qué dijiste?
Pero nadie había hablado.
Solo ella había escuchado aquellas palabras.
La pluma del Fundador comenzó a vibrar.
Una grieta apareció sobre ella.
CRACK.
Aster la miró con alarma.
—Eira...
La pluma se abrió.
De su interior salió una pequeña luz.
Y dentro de aquella luz apareció una imagen.
Aurelia.
Sosteniendo a la niña.
Aurelia lloraba.
Pero esta vez no estaba mirando al Fundador.
Miraba directamente hacia Eira.
—Si algún día escuchas su voz —dijo Aurelia—, no respondas.
La visión se desvaneció.
Eira quedó paralizada.
Cael se acercó.
—¿Qué viste?
—Una advertencia.
—¿De quién?
Eira levantó lentamente la mirada.
—De Aurelia.
La criatura descendió un poco más.
Y las sombras comenzaron a cubrir la ciudad.
Aster levantó su espada.
—Tenemos que irnos.
—¿Adónde? —preguntó Kael.
Cael señaló una estructura al fondo de la ciudad.
Era un edificio que nadie había visto antes.
Una torre completamente blanca.
Sin puertas.
Sin ventanas.
En su parte superior había cinco símbolos.
Cuatro brillaban.
El quinto estaba destruido.
—Al Palacio del Último Pacto.
El Gran Maestre se quedó inmóvil.
—Ese lugar no aparece en ningún registro.
Cael respondió:
—Porque los registros fueron creados después de nuestro exilio.
Miró a Eira.
—Allí está escrito quién hizo el pacto.
Eira cerró el puño.
—Entonces iremos.
Aster negó con la cabeza.
—Eira, no sabemos qué encontraremos allí.
Ella lo miró.
—Precisamente por eso debemos hacerlo.
La criatura volvió a pronunciar una sola palabra.
—Aurelia.
Y esta vez, toda la ciudad respondió.
Miles de voces surgieron de las paredes.
Aurelia.
Aurelia.
Aurelia.
Cael palideció.
—Nos ha encontrado.
Darian cerró su libro.
—¿A nosotros?
Cael negó.
Miró a Eira.
—A ella.
La quinta puerta, en algún lugar lejano, comenzó a abrirse.
Solo un poco.
Pero fue suficiente.
Porque detrás de ella...
algo respiró.
Y en la Ciudad sin Nombre, después de mil años de silencio, los hijos del exilio comenzaron a despertar.




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