El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

Ecos de una Verdad Rota

Capítulo 33:
El valle desapareció como un reflejo sobre el agua.
Las montañas, el Árbol del Equilibrio y la figura de la niña fueron consumidos por una niebla dorada que envolvió a Eira y a sus compañeros.
Cuando la luz se disipó, volvieron a encontrarse en las ruinas del Santuario de las Llamas.
El silencio era tan profundo que nadie se atrevía a romperlo.
Fue Eira quien habló primero.
—Esa niña... ¿quién era realmente?
El Gran Maestre permaneció inmóvil unos instantes.
Sus ojos reflejaban un cansancio que parecía haber sobrevivido a los siglos.
—La historia la conoce con muchos nombres. Algunos la llamaron la Primera Heredera. Otros, la Hija del Equilibrio. Pero su verdadero nombre... se perdió hace mucho tiempo.
Kael frunció el ceño.
—¿Entonces todo lo que vimos fue real?
El anciano respiró hondo.
—Fue un recuerdo.
Hizo una pausa.
—O al menos... mi recuerdo.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
Liora dio un paso al frente.
—¿Qué quieres decir con "tu recuerdo"?
El Gran Maestre bajó la mirada.
—La memoria también puede ser herida. Después de mil años, incluso los recuerdos pueden cambiar. Lo que les mostré es la verdad... tal como yo la viví.
Darian cruzó los brazos.
—Eso significa que otra persona podría contar una historia diferente.
—Exactamente.
Eira sintió un escalofrío.
Si el pasado dependía de quién lo contaba...
¿En qué podía confiar?
En ese momento, una risa suave resonó entre las columnas derrumbadas.
Todos giraron al instante.
No había nadie.
Solo el eco.
El Rey de la Noche Blanca apareció caminando entre la niebla, como si hubiera estado allí todo el tiempo.
Los guerreros de la Orden levantaron sus armas.
El Gran Maestre dio un paso al frente.
—No deberías haber regresado.
El Rey sonrió con serenidad.
—Escuché tu versión de la historia.
Sus ojos se posaron sobre Eira.
—Ahora merece escuchar la mía.
El ambiente se tensó.
Kael desenvainó su espada.
Liora preparó un sello de protección.
Pero el Rey no hizo ningún movimiento hostil.
Solo levantó una mano.
El aire frente a ellos comenzó a ondular.
Poco a poco apareció la imagen de una ciudad gigantesca, construida con torres de cristal y canales de agua que reflejaban las cuatro estaciones al mismo tiempo.
Eira quedó maravillada.
—¿Qué lugar es ese?
El Rey respondió sin apartar la vista del recuerdo.
—La primera capital del mundo.
Guardó silencio unos segundos.
Y luego añadió:
—El lugar que el Gran Maestre olvidó mencionar.
El rostro del anciano cambió por primera vez.
No era ira.
Era preocupación.
Una preocupación tan profunda que incluso Darian la notó.
El Rey dio un paso más.
—Si quieres conocer la verdad, Eira...
—...deberás escuchar a quienes sobrevivieron.
La imagen de la ciudad comenzó a desvanecerse.
Antes de desaparecer por completo, una bandera ondeó sobre la torre más alta.
No mostraba el símbolo del invierno.
Ni el del fuego.
Mostraba un emblema que Eira nunca había visto:
Un árbol con cuatro raíces entrelazadas y un ojo abierto en el centro.
El Rey susurró:
—Ese símbolo fue borrado de la historia.
Y alguien hizo todo lo posible para que nadie volviera a recordarlo.




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