Capítulo 49:
La sombra permanecía inmóvil al otro lado del puente.
Sus palabras seguían resonando en la mente del Gran Maestre.
"Hermano... ¿por qué tardaste tanto en volver?"
El anciano dio un paso al frente.
Su respiración era agitada.
Por un instante, sus ojos dejaron de reflejar confusión.
Mostraban tristeza.
Una tristeza nacida hacía mil años.
—Yo... te conozco...
La figura sonrió con melancolía.
No era una sonrisa de alegría.
Era la sonrisa de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando.
—Claro que me conoces.
Hicimos un juramento bajo el Árbol del Equilibrio.
Prometimos proteger la Ciudad de Cristal hasta nuestro último aliento.
El Gran Maestre llevó ambas manos a su cabeza.
Fragmentos de recuerdos comenzaron a aparecer.
Una espada alzada hacia el cielo.
Cinco jóvenes guerreros formando un círculo.
El Fundador observándolos con orgullo.
Y una voz pronunciando unas palabras solemnes:
"Mientras uno de nosotros permanezca en pie... el Equilibrio jamás caerá."
El recuerdo desapareció tan rápido como había llegado.
El anciano cayó de rodillas.
Eira corrió a sostenerlo.
—¡Maestro!
Él respiraba con dificultad.
—Lo recuerdo...
Muy poco...
Pero lo recuerdo.
El Rey de la Noche Blanca cerró los ojos.
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Sabía que algún día volverían.
Kael lo observó.
—¿Quiénes?
El Rey levantó la vista hacia las estatuas del puente.
—Los Guardianes del Primer Juramento.
Liora recorrió el puente con la mirada.
Entonces lo comprendió.
Había cinco estatuas.
No cuatro.
No seis.
Cinco.
Y cada una sostenía una espada diferente.
Una de hielo.
Una de fuego.
Una cubierta por raíces.
Una de cristal.
Y la quinta...
Estaba rota.
Su espada yacía hecha pedazos a sus pies.
Darian murmuró:
—Falta un guardián...
El viento dejó de soplar.
Las Almas Errantes comenzaron a desaparecer lentamente.
Solo permaneció la figura que había hablado con el Gran Maestre.
Antes de desvanecerse por completo, levantó una mano y señaló el horizonte.
Entre la nieve comenzó a distinguirse una inmensa cordillera de cristal que reflejaba la luz del amanecer como si estuviera hecha de diamantes.
La sombra susurró:
—Apresúrense...
Él está perdiendo las fuerzas.
Y cuando el Primer Guardián caiga...
Nadie podrá impedir que el último sello se agriete.
La figura desapareció.
El puente dejó de brillar.
Las estatuas volvieron a quedarse inmóviles.
Como si nunca hubieran despertado.
El grupo cruzó en silencio.
Nadie se atrevía a hablar.
Todos entendían que el tiempo ya no estaba de su lado.
Mientras descendían por la ladera de la montaña, Eira notó algo extraño.
La Pluma del Fundador comenzó a girar lentamente dentro de su bolsillo.
Como si señalara una dirección distinta al camino.
Sacó la pluma.
Esta apuntaba hacia un bosque cubierto por árboles de cristal azul.
Kael frunció el ceño.
—Ese no es el camino a la ciudad.
El Rey de la Noche Blanca observó la pluma durante unos segundos.
Después respondió con una seguridad inesperada.
—No...
Pero es el camino que el Fundador quiere que recorramos.
Eira respiró hondo.
Miró la cordillera.
Luego el bosque.
Y tomó una decisión.
—Confiemos en la pluma.
El grupo cambió de rumbo.
Sin saber que, ocultos entre los árboles de cristal, unos ojos dorados los observaban en silencio.
No eran los Vigilantes del Olvido.
No pertenecían al Círculo del Vacío.
Eran mucho más antiguos.
Y habían esperado ese momento desde antes de la caída de Valkaria.