El silencio de los Olvidados 2 los hijos del hielo

El Sendero de las Almas

Capítulo 48:
Las puertas de la Biblioteca de los Ecos se cerraron tras ellos con un estruendo profundo.
Por primera vez en muchos días, el grupo volvió a contemplar el cielo.
La nieve caía lentamente.
El viento silbaba entre las montañas.
Todo parecía tranquilo.
Demasiado tranquilo.
Eira guardó la Pluma del Fundador dentro de su capa.
Al instante, la pluma emitió un leve resplandor y el cristal de eco que llevaba en el cinturón respondió con una luz tenue.
La Bibliotecaria tenía razón.
Ambos objetos estaban conectados.
Kael caminaba unos pasos por delante, atento a cualquier movimiento.
Liora observaba el paisaje con asombro.
El Gran Maestre avanzaba despacio, apoyado en su bastón, mientras Darian permanecía a su lado.
Solo el Rey de la Noche Blanca parecía inquieto.
Miraba constantemente hacia las montañas del este.
Como si esperara encontrar algo.
Eira se acercó.
—¿Qué ocurre?
El Rey tardó unos segundos en responder.
—Este camino ha cambiado.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque hace mil años...
Se detuvo.
—...yo lo recorrí.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Eira no insistió.
Sabía que el Rey todavía escondía demasiadas heridas.
Tras varias horas de marcha, el sendero desapareció.
En su lugar apareció un inmenso puente de piedra suspendido sobre un abismo cubierto por niebla.
El puente estaba agrietado.
Viejas estatuas de guerreros custodiaban ambos extremos.
Cada una sostenía una espada apuntando hacia el suelo.
Liora pasó la mano sobre una de las estatuas.
La piedra estaba helada.
Pero no era hielo común.
—Esto... está vivo.
Darian asintió.
—Es cristal antiguo.
Una piedra que conserva los ecos de quienes la tocaron.
Entonces, una voz suave recorrió el puente.
No parecía una amenaza.
Más bien un susurro.
"Solo quienes acepten su pasado podrán cruzar."
Kael llevó la mano a la espada.
—¿Quién habló?
Nadie respondió.
El puente comenzó a brillar.
Las estatuas levantaron lentamente la cabeza.
No estaban vivas.
Pero sus ojos sí.
Uno a uno, observaron al grupo.
Eira sintió que el cristal de eco vibraba en su cintura.
La Pluma del Fundador también comenzó a iluminarse.
El Rey de la Noche Blanca dio un paso al frente.
—No desenvainen sus armas.
Kael lo miró sorprendido.
—¿Por qué?
—Porque este no es un puente para la guerra.
Es un puente para la verdad.
El viento aumentó de intensidad.
La niebla que cubría el abismo empezó a elevarse.
Dentro de ella aparecieron figuras.
Eran sombras con forma humana.
No atacaban.
Solo caminaban lentamente hacia el puente.
Liora dio un paso atrás.
—¿Quiénes son?
El Gran Maestre observó aquellas siluetas con una extraña tristeza.
Aunque no las recordaba...
Su corazón sí parecía hacerlo.
Darian susurró:
—Son las Almas Errantes.
Los viajeros que intentaron llegar a la Ciudad de Cristal...
Y jamás regresaron.
Entonces una de las sombras levantó el rostro.
Miró directamente al Gran Maestre.
Y con una voz quebrada dijo:
—Hermano...
¿Por qué tardaste tanto en volver?
El anciano se quedó inmóvil.
Una imagen cruzó fugazmente su mente.
Un campo cubierto de nieve.
Un grupo de guerreros.
Y una promesa que había olvidado.
Llevó una mano a su cabeza.
Un nombre estuvo a punto de escapar de sus labios.
Pero volvió a perderse entre el silencio.
Eira corrió hacia él para sostenerlo.
El Rey de la Noche Blanca observó la escena sin decir una palabra.
Sabía que el viaje hacia la Ciudad de Cristal no solo pondría a prueba el cuerpo de sus compañeros.
También obligaría a cada uno a enfrentarse a las heridas que llevaba escondidas en el alma.
Y el puente...
Apenas era el comienzo.




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